Desde que tengo memoria, cada vez que cumplía años le preguntaba a mi mamá:
—¿Ya estoy grande?
Y ella siempre respondía lo mismo:
—¿Comparada con quién?
Su respuesta me frustraba. Me dejaba igual, sin certezas. Nunca decía que sí, nunca decía que no. Y yo solo quería una afirmación clara, una validación.
Pensaba: “¡Pues con los de mi salón! ¡Con los de la tele! ¡Con quien sea! Solo dime que sí, que ya soy grande”.
Pero no lo decía.
Y ahora… ahora tengo 35. Treinta y cinco años.
Entiendo que ya estoy grande —al menos en teoría—. Soy adulta, eso dicen. Pero a veces me sigo haciendo la misma pregunta. Y la respuesta de mi mamá, tantos años después, sigue teniendo sentido.
Me sorprende mi edad. Porque sí, estoy grande, pero me siento de 28. Llevo años sintiéndome de 28. ¿Será el síndrome de Peter Pan? ¿O simplemente costumbre? ¿Será que pertenezco a esa generación que esquiva la adultez como quien esquiva un charco en la acera? Que se autodefine por lo que no tiene: no hipoteca, no hijos, no corbata, no plan de pensiones.
Todavía no me siento adulta. Ni completamente responsable, ni autosuficiente. Voy por la vida.
No tengo hijos. No sé si los tendré. Tampoco me lo pregunto tanto, aunque la presión social existe, y claro que la siento. A veces viene en forma de mirada. A veces en forma de chiste. A veces en forma de silencio. Alex no me dice nada. Y yo, por ahora, tampoco.
Hay días en los que la idea me enternece. Otros, en los que la libertad de no tenerlos me hace respirar hondo.
No es que tenga un plan. No lo tuve a los 20, ni a los 30, y claramente tampoco lo tengo ahora. Solo sé que quiero vivir muchas vidas en una.
Y que, por ahora, la que tengo me sigue quedando cómoda, aunque a veces me apriete en los hombros.


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