Vivía en Mexicali y por azares del destino me invitaron a trabajar en la Ciudad de México. En el mismo momento que me lo preguntaron respondí. Sí. No tenía nada que pensar, ni consultar, ni pedir permiso. La sensación que me generó la pregunta me hizo ver la respuesta casi instantáneamente. Cómo cerrarle la puerta a una de las ciudades más locas y extraordinarias del mundo.
Me fui.
Y vivir en la Ciudad de México fue un posgrado de vida. Pero también me fui de la ciudad a otra y creo que la huella que dejó aún la siento, y también la extraño.
Por ello le propuse a Matador en español:
La cruda de la Ciudad de México

Algo hay en la Ciudad de México que invita a caminar, a perderse en sus barrios llenos de rincones, banquetas bordeadas de árboles, paseos peatonales adornados con monumentos y fuentes, y edificios imponentes. Me resulta imposible no añorar esos paseos sin rumbo por Paseo de la Reforma, el Centro Histórico, la Condesa, Chapultepec, la Roma, Coyoacán…
Y luego está ese acento cantadito, ese diminutivo que lo adorna todo en la ciudad. «Claro que sí señito, lo que guste». Aunque intentes resistirte, algo de ese acento, por lo menos una expresión, se te pega para siempre.
Coyoacán, por su parte, es una experiencia en sí misma. Sus mercados de artesanías, los churros, la plaza, la iglesia, la Casa Azul, las tostadas del mercado, y hasta el olor a garnacha de sus calles. Coyoacán deja una huella imborrable, un lugar donde dedicas tardes enteras, ya sea sola, acompañada, o mostrándole a las visitas.
La Ciudad de México es un hervidero de eventos culturales y artísticos: conciertos, festivales, exposiciones de primer nivel. Vivir aquí significa tener un calendario siempre lleno y una lista interminable de cosas por hacer y ver.
Los tacos al pastor son un símbolo de la ciudad. No importa dónde estés, la hora o el día, siempre encontrarás unos tacos al pastor cerca, listos para saciar cualquier tipo de hambre.
Y no puedo olvidar a los viene viene, esos personajes únicos de la ciudad que con su servicio hacen la vida un poco más fácil. A pesar de que pagar por estacionarse en la calle puede ser un dolor de cabeza, terminas extrañándolos cuando te vas.
La energía del Estadio Azteca es algo aparte. Cada partido de fútbol allí es una experiencia única, un ambiente que supera cualquier expectativa. ¡No he vuelto a vivir una esa energía en ninguna otra parte del mundo!
La diversidad de la comida mexicana en la Ciudad de México es otro souvenir, pero de los que sólo te puedes llevar en al memoria del paladar. Puedes emprender un viaje culinario por todo México sin moverte de la ciudad. Tlacoyos, tacos de canasta, tortas de chilaquiles… la lista es interminable, y bien sabrosa.
Y finalmente, las amistades chilangas. Puedes escuchar muchas cosas sobre los capitalinos, pero en esta ciudad te haces de amigxs inolvidables. Cultxs, trabajadores, conocedores de cada rincón de la ciudad, siempre dispuestxs a echarte una mano. Cuando te vas de la Ciudad de México, también extrañas a esas amistades que hiciste en uno de los lugares más increíbles del mundo.
Cuando te vas, no solo dejas atrás una ciudad, sino un mosaico de momentos que se entretejen en tu alma. Los recuerdos de la Ciudad de México no se llevan en la maleta, se llevan en el corazón. Se llevan en las mezcalerías, en las cantinas, en los puestos de la esquina, en las risas compartidas con amigxs en un café escondido, en el eco de esa música que sólo sus calles saben tocar.
Vivir en la Ciudad de México, es como una buena cruda, de esas que no se olvidan.


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