Bajo el cielo de Tamaulipas 186,
las campanas suenan tres veces al día,
los perros de la vecina, guardianes cotidianos,
y la palmera danza viva al ritmo del viento.
La puerta del balcón se mece en armonía,
tacones matutinos, eco de la vida urbana,
y en la noche, tacos y más tacones,
ritmos distintos, pero siempre presentes.
Basura sin bote, desorden sin cajones,
la televisión en el suelo, bajo plástico protector,
cables en la cama, compañeros del almuerzo,
botes secos, observados por un cenicero solitario.
Cielos, a veces azules, a veces grises,
pero siempre cielo, inmenso y cambiante.
Un comedor sin vajilla,
pero vasos y toppers, charlando entre ellos, cubiertos de historias.
Sartenes, testigos de intentos culinarios,
una güera vecina, un mosaico de vidas.
Una actriz en el tercero, judíos al frente del sexto,
y en el primero, personajes únicos, locos y vivos.
Taxis, elotes, bicicletas,
cafés, bares, restaurantes:
un latido constante.
Librería con mercado, policía al acecho,
más viva de noche, que silenciosa de día.
En estas calles, cada paso cuenta historias,
ecos de pasos pasados y sueños por venir.
Es aquí, en Tamaulipas, donde el corazón late,
donde cada esquina, cada rostro, cuenta su propio relato.
Este barrio, un tapiz de vidas entrelazadas,
un caleidoscopio de esperanzas y rutinas diarias.
En su bullicio, encuentro mi tranquilidad,
en su caos, la melodía de mi nuevo hogar.
Así, en el vaivén de lo cotidiano y lo extraordinario,
Tamaulipas 186 se convierte en más que un lugar,
es un viaje, un constante descubrir,
una lección en el arte de vivir y reír.
Era yo en 2011, llegando a la Ciudad de México después de haber aceptado una propuesta de trabajo. El trabajo era lo de menos; lo más importante fue la ciudad y la experiencia de vivir en este barrio.



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