Estaba deprimida y no me di cuenta

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Entendí lo que era la depresión cuando me alejé y miré hacia atrás. No lo sabía, pero estaba deprimida y no me di cuenta.

Pasé años luchando contra ella, sin saber cómo ni cuándo iba a escapar de ese hoyo en el que me sentía, a veces como en un desierto o bajo una tormenta. Dentro de esa oscuridad, algo no andaba bien, pero nunca pensé que estaba pasando por una depresión.

Mis treinta fueron como navegar en un mar tormentoso. Los cumplí sentada en la playa de la Barceloneta, con menos de un mes de haber llegado a Barcelona.

En ese momento, me sentí más empoderada que nunca: independiente, libre, sin ningún tipo de ataduras, o eso pensaba. Ese año estuvo lleno de contrastes, descubrimientos y desconciertos. Al terminarlo, volví a mi casa, pero luego regresé a Barcelona para hacer prácticas. Volví a Tijuana. Podría haber sido el regreso definitivo, pero algo en mi corazón quería volver a la Ciudad Condal. No había un plan concreto, solo una inquietud que seguí.

Dejé todo atrás y comencé de cero, sin entender bien lo que la decisión significaba, casi a ciegas entregándome a que la vida me sorprendiera, y pensando, «¿Por qué no? ¿Qué puede pasar?».

Hoy veo que las consecuencias emocionalmente han sido duras, como caminar descalzo en una playa de piedras. Perdí mi red de soporte emocional. Poco a poco empecé a perderme en un lugar donde mi forma de hablar y mis expresiones ya no tenían sentido. Tuve que dejar de usar palabras como «curada», «no seas mamón», «me lleva la chingada», porque dificultaban la comunicación, y además, en Barcelona se habla catalán.

Las diferencias culturales son un reto constante, como aprender a bailar a un ritmo completamente desconocido. A veces encontraba momentos enriquecedores, pero otras me sentía fuera de lugar, como un cactus en la nieve. No estaba preparada para los cambios climáticos, los veranos húmedos o los inviernos tan fríos. Mi estatus social cambió y lo peor fue no encontrar un grupo al que pertenecer.

No entendía por qué era tan difícil hacer amigos. Todo era complicado, hasta mi aspecto físico. No parecía mexicana pero tampoco española, y soy una mexicana que además, no habla como en las telenovelas, así que los comentarios de mi acento eran una constante.

Las etiquetas me picaban y empezaron a ahogarme, como si caminara por La Rambla en agosto, llevando puesto un abrigo.

Mis primeros años en Barcelona fueron como navegar en un mar en calma que de repente se transforma en un oleaje tempestuoso. Mezclé adaptarme a la cultura, con un poco de vida loca, lo que me llevó a no dormir, comer mal, aislarme y descuidarme. 

En el trabajo tampoco la cosa iba bien. Me vi enfrentando la cruda realidad de ser adulta, de tener que abrirme camino en un mundo nuevo, sin nadie conocido, sin amigos de amigos, ni nadie que me echara una mano.

Recién egresada de un máster, mis opciones parecían limitarse a ser mesera o cajera. Opté por el trabajo freelance, aunque la soledad de freelancear es devastadora. Mi autoestima no estaba en su mejor momento para afrontar el desafío del trabajo independiente, pero, paradójicamente, fue lo único que mi autoestima me permitió emprender en aquel entonces.

Perdía el tiempo porque no sabía cómo aprovecharlo. Estaba confundida sobre lo que quería. Me auto-saboteaba, como si una parte de mí deseara tocar fondo o, quizás, esperara ser rescatada.

Comencé a dudar de mí misma, a tratarme mal. Si creía saber lo que quería, ¿por qué no pasaba a la acción? ¿Por qué seguía dudando? ¿Era esto solo una etapa? ¿Cuándo acabaría? No entendía qué me estaba pasando, pero deseaba que terminara. Sin embargo, salir de esta situación no era tan sencillo como cambiar de habitación; me encontré atrapada en un círculo vicioso que solo me hundía más y más.

Había días buenos, pero eran efímeros comparados con la constante sensación de duda y estancamiento. Empecé a experimentar palpitaciones aceleradas, como si mi corazón quisiera escapar de mi pecho. Comencé a sudar frío, una sensación helada que recorría mi espalda aún en los días de verano. Mi voz, tanto la exterior como la interior, empezó a apagarse poco a poco.

Me sumergí en un mar de indecisiones, dudando de todo, desde la elección de mi ropa hasta si debía o no dar mi opinión. Y cuando consideraba hablar, me asaltaba el temor de no ser comprendida o de que mis palabras no resonaran en los demás como yo esperaba.

Era como estar atrapada en una neblina de incertidumbre, donde cada paso y cada palabra parecían estar en constante juicio. 

La ansiedad irrumpió en mi vida sin que supiera qué era. La sentí y la viví de manera intensa y aterradora. Mi mente parecía haber creado una realidad en la que me convertí en una piedra inmóvil en medio de un bosque, incapaz de moverme o cambiar mi entorno.

Además, cada vez que la única persona importante en esta nueva etapa de mi vida salía de casa y tardaba en volver o no llegaba, mi mente se inundaba de pensamientos catastróficos.

Temía perderla constantemente, y esa preocupación me hacía llorar, imaginando escenarios trágicos. El miedo a perderle, sumado a experiencias previas con la muerte repentina, hizo que el fantasma de la pérdida acechara sobre mí como nunca antes lo había vivido, aumentando mi ansiedad y mis temores.

En una ocasión, fue a la tienda y tardó en regresar, quizá diez o quince minutos. Empecé a dar vueltas en el piso, caminando de un lado a otro, a sentir el corazón, salí al balcón y miraba a todos lados con la esperanza de verle. Cada minuto que pasaba, mi corazón latía más rápido y la ansiedad crecía. Lloré a lágrimas porque ya me veía en el funeral.

Tuve otro momento, cuando nos cambiamos de piso. Una noche, fue a terminar de limpiar el piso que dejábamos. Yo me quedé en el nuevo piso y me dormí, pero desperté de madrugada y él no estaba. Le llamé al celular al menos veinte veces y nada. Asustada y con la ansiedad en su máxima potencia, llamé a mi cuñado y a la policía, sólo para descubrir que se había quedado dormido y su teléfono estaba en silencio.

Estuve a punto de llamar a los hospitales para buscarlo. La incertidumbre y la preocupación me envolvían completamente en esos momentos.

Lo más difícil era navegar en la incertidumbre, no entender qué tormentas internas azotaban mi ser.

Perdida en mis propios pensamientos, no supe cómo pedir ayuda, cómo ser mi propio faro en esa niebla. La ansiedad que me embargaba, incluso ante algo tan simple como responder una llamada, era en realidad un grito desesperado de mi cuerpo, una señal de auxilio para prestar atención a las turbulentas aguas que se agitaban en mi interior.

Ahora, mirando hacia atrás, comprendo que me moví en su totalidad, física y emocionalmente. Aquel desajuste, ese rompecabezas de piezas mal encajadas en mi alma, me hizo tambalear y caer.

Recuerdo hablar con un amigo sobre la depresión de alguien más y, le confesé que creía haber atravesado por una depresión. Él, intentando consolarme, dijo: ‘Lo bueno es que a ti eso no te hace.’ ¿No me hace?

Internamente, deseaba hablar de ello, no con él, sino conmigo misma. En aquel entonces, empecé a reconocer los síntomas, las situaciones que me rodeaban, a mirarme con otros ojos y a aceptar que, efectivamente, estaba o había estado sumergida en una depresión.

Hoy lo sé, y también entiendo que hay más trabajo por hacer, más capas de mi ser que explorar y comprender. Todavía me falta descubrir y poner en palabras todas esas emociones que surgieron en este gran viaje.

No tengo claro cómo salí de aquella profunda oscuridad. Simplemente, continué, y un día, al mirar atrás, pude ver todo lo que había atravesado.

Comencé a cultivar encuentros con amigos y amigas que, con el tiempo, se convirtieron en amistades verdaderas, como delicadas flores que brotan en un jardín que había estado descuidado. Aprendí que todo proceso lleva su tiempo, que no hay atajos para el crecimiento personal. Los cambios, especialmente aquellos que te llevan fuera de tu zona de confort, tienen un efecto profundo y complejo, un mosaico de experiencias que seguramente seguiré descifrando y apreciando.

Avanzar me permitió implementar pequeños pero significativos cambios en mi vida. Aprendí a valorar mis diferencias, a abrazar a quienes me ofrecían su cariño y a decidir qué soltar y qué mantener cerca de mí. A buscar la paz mental, a defenderla por mi bienestar. Sigo siendo yo, pero transformada, evolucionada.

Mi esencia sigue fluyendo como un río que, aunque cambia su curso, no pierde su fuerza. Ahora me siento más adaptable, más resiliente.

Tal vez fue el amor propio lo que me ayudó a emerger de la depresión, o quizás fue el abrazo cálido del amor que poco a poco fui cosechando en este país.

No lo sé con certeza, no sé cuándo se cierra el capítulo de una depresión, o si existe un interruptor mágico para ello. Solo sé que mi día a día es distinto, es mejor, y que puedo hablar y entender, un poco más, una etapa que veo atrás, y que fue una depresión. 

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