Fiestas de Gràcia, un clásico de verano en Barcelona

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Calle decorada durante las Fiestas de Gràcia en Barcelona

Decía en otro texto que agosto me confunde, que nunca termino de acostumbrarme. Pero luego creo que no es cierto, que ya estoy más acostumbrada de lo que creo, que incluso ya tengo mis propios rituales veraniegos. Y si hay algo que no falla son las Fiestas de Gràcia.

Porque hay tradiciones que una adopta casi sin pensarlo. Desde que vivo aquí, creo que solo un par de veces no he ido. Ni siquiera estoy segura. Seguramente fue uno de esos años pospandémicos que borraron nuestra noción del tiempo.

Al principio las vivía como tiene que ser: de noche, con el pinche calorón, una cerveza en una mano y el abanico en la otra, con amigos y amigas por todos lados. A veces ni veía con tanto detalle las decoraciones; simplemente caminaba platicando, riendo, bailando… en el desmadre.

Tengo recuerdos de esas noches que todavía me dan risa: las calles llenas hasta tarde, la música saliendo de todos lados, el calor pegado al cuerpo y esa sensación de que durante una semana todo el barrio había decidido salir de su casa al mismo tiempo.

El vasito conmemorativo del bicentenario de las Fiestas de Gràcia lo tiré hace un par de años porque de plano ya se le habían borrado las letras, pero lo tuve durante años con cariño.

Pero a mí también se me han borrado cosas.

Antes entrabas y salías libremente de las calles decoradas. Después empezaron con que por aquí entras y por acá sales. Luego llegaron las filas, los sentidos únicos, los controles de aforo. Y ahora, no manches, el año pasado vi una cola de casi tres calles para entrar a una.

¡No pos a esa no entré!

Desde hace unos años tampoco voy de noche. Ahora casi que madrugo y ya tengo hasta mi propia fórmula: el primer sábado de fiestas por la mañana. Las decoraciones todavía están enteras, hay tres personas menos y hace medio grado menos de calor. Un lujo.

Además, ya se convirtió en tradición con mi hijo. Llegamos, buscamos las calles, caminamos, paramos a comer, vamos por un helado, retomamos las que nos quedaron pendientes y al final nos pasamos prácticamente el día ahí porque además, ponen una feria. Si todavía tuviera 30, seguramente alargaría una cosa con la otra y me quedaría hasta la noche. Pero pues no.

Este año nos paramos en una mesa de Casa Vicens donde tenían un taller para pintar y hacer tu propio tres en raya. Mientras mi hijo pintaba, yo estaba a su lado dándole aire con el abanico. En eso me ve la chica y pone cara de: míralo, recibiendo airecito.

Y yo: En otra época venía con una cerveza en la mano. Ahora mírame, a su merced.

La china se ríe. Yo sigo dándole aire al rey mientras pinta y pienso que, si me esfuerzo poquito, puedo ver perfectamente a mis dos versiones en la misma calle: la de hace años, cerveza en mano, buscando dónde seguía la fiesta, y la de ahora, frente a una mesa cuidando que al heredero no le dé un golpe de calor.

Quién me viera… La cerveza desapareció. El abanico sobrevivió.

Porque no son cuatro cartones colgados

Decoraciones de las calles durante la Festa Major de Gràcia en Barcelona

La gracia —nunca mejor dicho— está en caminar las calles. Cada una tiene una temática y ahí cabe prácticamente todo.

Este año, otra vez, caí en cuenta de que las decoraciones también hablan mucho de cómo es el barrio. Siempre hay alguna calle reivindicativa, mensajes feministas, política, naturaleza, cine, nostalgia, cultura popular, cosas muy catalanas y otras que simplemente son una locura.

Y luego está la caca.

Porque claro que puede haber una calle con cacas. Estamos en Cataluña. Después de tantos años aquí, una ya ni pregunta.

Pero eso es parte de lo divertido. Algunas temáticas las entiendes en cuanto entras y en otras vas caminando pensando: a ver, ¿esto qué pex? Lo que sí tienen en común es que no son cuatro adornos colgados. Hay calles en las que de verdad parece que entras a otro mundo. Hay cosas arriba, abajo, en las fachadas, alrededor. Durante unos metros la calle deja de ser la calle de siempre.

Y detrás de todo eso hay grupos de vecinos que llevan meses pensando, juntando materiales, cortando, pegando, pintando y construyendo algo que va a durar una semana.

Una semana.

El año que las fiestas cumplieron 200 años

Celebración de los 200 años de las Fiestas de Gràcia en Barcelona en 2017

El bicentenario, en 2017, lo recuerdo perfectamente, pero por una razón completamente distinta.

Estaba llegando a Gràcia y esperaba para cruzar un semáforo cuando empecé a notar algo raro. Una persona veía su celular y hacía una cara. Otra también. Alguien decía algo. La gente empezó a reaccionar a mi alrededor.

Y yo: ¿qué pedo, qué pedo?

Crucé la calle y saqué el celular. Mi sentido reporteril se activó porque estaba clarísimo que algo estaba pasando y yo quería saber qué onda.

Y así fue.

Atentado en la Rambla de Barcelona.

En cuestión de minutos el plan dejó de ser entrar a las fiestas y pasó a ser: ¿cómo chingados regreso a mi casa?

Cerraron estaciones de metro y recuerdo volver en bus.

Las fiestas no se cancelaron, pero dejaron de sentirse como fiestas. Se suspendieron los conciertos nocturnos y algunas actividades. Al día siguiente volví a Gràcia para ver las calles decoradas. Las recorrí, sí, pero sin música, sin desmadre.

Y justo ese año cumplían 200 años.

Yo todavía tenía mi vasito conmemorativo y había algo en ese número que me impresionaba muchísimo: estas fiestas habían empezado a celebrarse décadas antes de que existiera Tijuana.

Mi ciudad se fundó oficialmente en 1889. No manches.

Una villa que terminó dentro de Barcelona

Vecinos compartiendo una comida en una calle decorada durante las Fiestas de Gràcia
Las calles decoradas siguen siendo también un lugar de encuentro y convivencia entre vecinos

La Fiesta Major de Gràcia es de 1817. De cuando Gràcia ni siquiera era un barrio de Barcelona. Era una villa que había crecido fuera de la ciudad, llegó a ser municipio independiente y terminó anexionada a Barcelona en 1897.

Por eso todavía se habla de la Vila de Gràcia. No es nada más una manera bonita de llamar al barrio. Hubo una villa de verdad.

Y saberlo ayuda a entender muchas cosas: esa sensación tan fuerte de ser “de Gràcia”, las familias que llevan generaciones viviendo ahí, la cantidad de asociaciones, la vida en las plazas y también que su fiesta mayor siga girando alrededor de las calles y de quienes viven en ellas.

La tradición de decorarlas fue creciendo y a principios del siglo XX ya existía el concurso. Hoy la lógica sigue siendo parecida: los vecinos se organizan por calles, eligen una temática, construyen sus decoraciones y compiten.

Sí, compiten.

Hay jurado, premios y una calle ganadora. En las últimas ediciones han participado más de veinte calles y espacios. Y la cosa va tan en serio que desde 2024 retrasaron la entrega de premios hasta después del primer fin de semana, porque anunciar antes a las ganadoras provocaba todavía más aglomeraciones.

Obviamente quieren ganar. Pero a mí me parece mucho más chingón todo lo que ocurre antes del premio: conseguir que un grupo de vecinos pase meses trabajando juntos para hacer algo que va a durar siete días.

Eso es hacer barrio. Gente dedicándole horas, fines de semana y un chingo de trabajo a algo que nadie les obliga a hacer, simplemente porque forma parte del lugar donde viven y de una tradición que quieren mantener.

Los que estaban, los que llegamos y los que pasan

Arlene Bayliss durante las Fiestas de Gràcia en Barcelona

Y claro, un barrio con tanta historia tampoco se quedó congelado en el tiempo.

Hay familias que llevan generaciones en Gràcia. Sin ir más lejos, tengo una amiga catalana que ha vivido ahí toda su vida. De esas personas que conocen el bar, la farmacia, al vecino, al hijo del vecino y probablemente se acuerdan de qué había antes en ese local donde tú acabas de descubrir una cafetería instagrameable.

Gràcia conserva unas raíces catalanas muy fuertes. Se escucha mucho catalán, hay estelades en los balcones, carteles reivindicativos, asociaciones, causas sociales, feminismo, política. Tiene una personalidad bastante marcada y no parece tener muchas ganas de disimularla.

Al mismo tiempo, vive cada vez más gente llegada de otros lugares.

Y ahí pienso que hay una diferencia interesante entre los que estaban, los que llegamos y los que pasan.

Porque llegar de otro lugar no significa necesariamente quedarte siempre fuera. Puedes acabar haciendo vida, teniendo amistades, comprando el pan, conociendo las costumbres y, sin darte mucha cuenta, incorporando algunas a las tuyas.

Durante las fiestas esa mezcla se hace todavía más evidente. Para bien y para mal.

Lo que pasó en Verdi

Reconstrucción de la calle Verdi tras el incendio durante las Fiestas de Gràcia
Vecinos de otras calles aportaron elementos de sus propias decoraciones para reconstruir la entrada de Verdi tras el incendio. Foto: Àngela Recorda.

El año pasado fui temprano, como hago ahora. Una de las calles que recorrimos fue Verdi. La temática era una selva maya y de pronto, entre todo aquello, vi un calendario azteca.

Obviamente me detuve.

—¡Eh! ¡El calendario azteca!

Porque una tiene estas cosas cuando vive fuera: puedes llevar años en Barcelona tranquilamente y de pronto ves algo mexicano en mitad de una calle y automáticamente sientes que te están hablando a ti.

Le hice una foto a mi hijo ahí. La calle me gustó y seguimos caminando.

A la mañana siguiente desperté y tenía un mensaje mi amiga Jess que vive en Gràcia. Se había quemado la entrada de Verdi.

El incendio había empezado de madrugada y había destrozado buena parte de esa entrada que yo había visto apenas unas horas antes, recién terminada.

Y me dio un chingo de tristeza.

Porque ya no estaba viendo “una decoración que se quemó”. Estaba pensando en toda la gente que había pasado meses cortando, pegando, pintando, consiguiendo materiales y montando aquello para que finalmente estuviera listo… y les había durado un día.

Pero entonces pasó. Las otras calles empezaron a llevar cosas. Pedazos de sus propias decoraciones, materiales, figuras. Y con todo eso fueron cubriendo la parte quemada de Verdi.

Lo que quedó en la entrada ya no pertenecía solamente a esa calle. Había pedacitos de las demás puestos ahí casi como una ofrenda.

Y pensé: oh, qué bonito. El barrio te respalda.

Cuando tu fiesta se vuelve demasiado famosa

Pintada de “Tourists go home” en el barrio de Gràcia de Barcelona
El turismo forma parte de las contradicciones de un barrio que cada año recibe a más visitantes.

Y quizá justamente porque hay algo tan especial detrás de estas fiestas, cada vez quiere verlas más gente.

Yo lo noto año con año. En los comercios. En las colas. En la gente que va de una calle a otra siguiendo el mapa. En el inglés que escuchas por todas partes.

No sé si es bueno o malo. Probablemente sea las dos cosas.

Yo misma soy parte de esa transformación: no soy de Gràcia, no soy catalana, no nací en Barcelona y llevo años apareciendo religiosamente cada agosto. Así que tampoco me voy a poner a decidir quién puede ir y quién no.

Pero sí hay una diferencia entre que un barrio reciba gente y que poco a poco empiece a transformarse para quienes vienen de fuera.

Y entonces entiendes mejor las filas, los sentidos únicos, los controles de aforo, los cambios en los horarios y también esas pintadas de Tourists go home que aparecen en balcones y paredes.

Las Fiestas de Gràcia han tenido tanto éxito siendo una fiesta de vecinos que ahora tienen que buscar maneras de seguir siendo una fiesta de vecinos.

En 2024 probaron por primera vez la nit tranquil·la, una noche sin música amplificada ni grandes conciertos, pensada para bajar el ruido, reducir la cantidad de gente y recuperar un poco la convivencia vecinal. Funcionó y decidieron mantenerla.

Y qué curioso, ¿no? Una fiesta que empezó reuniendo a los vecinos de una villa terminó convirtiéndose en una de las celebraciones más conocidas de Barcelona. Ahora llegas a la ciudad en agosto, buscas qué hacer y tarde o temprano alguien te manda a Gràcia.

Sepas o no sepas de qué se trata, vas. A ver las calles, a tomar fotos, a escuchar música, a echarte una cerveza, al desmadre.

Hasta que son tantos los que van al party que el barrio tiene que reservarse una noche para decir: Bueno, ahora bájenle poquito, que aquí también vive gente.

Y a pesar de las colas, el turismo, los cambios y todo lo que se ha ido transformando alrededor, yo sigo volviendo.

Creo que ahí está la respuesta a eso que decía al principio, sobre si ya me acostumbré o no a agosto. Quizá no del todo. Pero después de tantos años resulta que ya tengo cosas que espero de él.

Y una es esta. Que lleguen las Fiestas de Gràcia.

Supongo que así se hacen las tradiciones. Primero vas. Luego vuelves. Y un día ya ni te preguntas si vas a ir.

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