Es agosto en Barcelona y el bar de la esquina luce el clásico cartelito de “cerrado por vacaciones”. Otro más. Y otro. Y aunque ya me acostumbré, me acuerdo de mi yo recién llegada en 2012: ¿y ahora dónde compro ?
A estas alturas ya debería estar curtida, pero agosto siempre me agarra en curva. He visto playas llenas, playas “secretas” que ya salieron en tres blogs y en chorrocientos mil reels. Y aun así, cada año me recuerda la misma coreografía: persianas abajo, calles medio vacías, bares cerrados… y la ciudad poniéndose chanclas para caminar más despacio.
Fue un shock. Calles enteras cerradas. ¡¿Todo el mes?! En mi cabeza mexicana brincaban preguntas:
—¿Pero cómo que cierran treinta días seguidos?
—¿Y la crisis, joven? ¿No se supone que hay que vender, vender, vender?
—¿Hay un permiso especial para sobrevivir agosto o me lo perdí?
La ciudad no contestó. Sólo cerró. Lentamente. Cruelmente.
La pregunta del millón: “¿Y tú a dónde te vas?”

Desde junio empieza la pregunta del verano: ¿y tú a dónde te vas?
Yo contestaba con ingenuidad: “¿Irme? ¡Si estoy en Barcelona! Tengo la Costa Brava, la Dorada y si quiero hasta la Azul en coche. Yo quiero quedarme aquí de vacaciones.”
Hasta que entendí el código: agosto es para escapar. Porque si vives en una ciudad turística, al principio eres turista… y un día te gradúas. Buscas otros pueblos, otras playas, otro aire. Ya no sales del barrio: sales de la ciudad. Y justo en agosto.
Si te quedas, aprendes a jugar al escondite: bares de barrio, rutas alternativas y el lujo máximo de encontrar una mesa libre en la terraza.
La doble cara de agosto

Lo más loco es la convivencia: barrios con persianas abajo y un silencio bonito… y, tres paradas de metro después, caos absoluto. El desmadre de una de las ciudades más visitadas del mundo.
En mi calle el eco de los pasos suena fuerte porque la frutería, la papelería y la pelu de Juani están cerradas. El vecino del segundo dejó sus plantas con una maceta automática que gotea como metrónomo. Hasta una hoja seca cruza la plaza sin que nadie la pise. Un silencio raro: no de abandono, de pausa.
Pero vete a Plaza Cataluña, Paseo de Gracia, camínale tantito y… ¡valió madre todo! Maletas chocando, grupos con gorras idénticas, banderitas de guía ondeando y restaurantes hasta la madre. Huele a crema solar mezclada con paella de foto. Agosto en Barcelona es eso: en un barrio, calma de martes cualquiera; a diez minutos, la marabunta.
Ahora entiendo por qué los locales evitan el centro. Te pones de los pelos con tanto zombie… digo, turista. Porque además caminan como pollos sin cabeza. Pero bueno, ese es otro tema, porque al final todos somos turistas.
Agosto, carísimo de París

Agosto en Barcelona te pone a jugar a la ruleta rusa con la tarjeta del banco. En julio ya lo avisaban: inflación al 2,7%. El pan subió, el aceite subió, la cerveza subió… y el ticket del súper parece recibo de boda.
¡Neta!
Más de una vez he salido de la frutería y lo primero que hago es mandarle un audio a mis amigas como buena señora, contando lo que compré y lo que me costó. Dos tres cosillas… y madres.
Salir en agosto por España es más caro que un boleto de avión para Los Ángeles. Los hoteles, por ejemplo: de 150 € pa’rriba la noche. La paella que en mayo costaba 18 € en agosto vale 24 €, el helado de pistacho pasa de 3,50 a 5 €, y una sombrilla con dos hamacas en Sitges te sale más cara que un circuito de spa por Groupon. Wey, ya.
Siempre que puedo, viajo fuera de temporada. Así que, todos mis veranos en Barcelona aplico más o menos la misma estrategia: en vez de gastarme más de mil euros en hospedaje por una semana, mejor me lo gasto en el día a día aquí. Comer fuera, actividades, todo eso que cuando viajas se siente “extra” porque ya soltaste un dineral en avión y hotel. Está cabrón, pero así hasta parece lujo quedarte.
El club de “ni me voy, ni vivo en el centro, ni tengo negocio”

Soy del club criaturas raras: no me voy, no vivo en el centro y no tengo negocio que cerrar. Agosto en Barcelona es un limbo: todo más caro, menos gente, y calor que obliga a cocinar solo con la tostadora. Ni glamour de Menorca ni drama turístico.
Pero no está mal: fiestas de barrio (Gràcia, Sants, Poblenou, Horta, la Mercè), gimnasio vacío, sombra en la piscina municipal, paseos tranquilos, la compra sin fila, está a toda madre. Agosto también tiene sus privilegios escondidos. ¡Y a mí comer fuera todos los días me parece un lujazo! O ir a museos que por lo general están atascados y donde hasta foto sin gente detrás.
¿Cómo se dan el lujo? (con lentes mexicanos)
Aquí entra mi vena mexicana: allá cerrar un mes es suicidio financiero. Aquí es derecho. ¡Lo dan por hecho! Históricamente la industria cerraba en bloque, y la costumbre se mantiene: agosto es sagrado. Vacaciones pagadas, sueldo que entra y la certeza de que descansar es parte de trabajar. Está súper interiorizado.
Con mis lentes mexicanos parece otro planeta. Allá todo 24/7; aquí, pausa colectiva. Y aunque cada vez más comercios rompen la tradición, todavía hay barrios que en agosto parecen maquetas: bonitas, pero sin figuritas. Recordemos que en este país las vacaciones son de casi 30 días. ¡30 días de vacaciones al año! Pero no ha sido gratis, lo pelearon.
Aprender a hablar agosto

Después de años, ya entendí el idioma de agosto. Sé qué peluquería no cierra, qué bares no aplican “suplemento agosto” y a qué hora ver las calles decoradas de Gràcia sin acabar atrapada en la verbena o el desmadre. Y obvio, tengo mis playas, mis zonas donde quiero volver cada verano o aquellas que quiero seguir descubriendo. ¡No soy de aquí, no dejo de conocer nuevos lugares!
Y aunque mi yo mexicana siga sin acostumbrarse, me gusta este ritmo raro. Porque agosto en Barcelona no solo baja la persiana: te invita a bajar las revoluciones.
Bonito, ¿no?
Como se dice aquí: ¡Es lo que hay!


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