La ciudad ya no es tuya: gentrificación en CDMX, Barcelona y Tijuana

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Cactus en primer plano como símbolo de resistencia en entornos urbanos

Un día despiertas en tu calle de siempre, pero todo suena diferente. El pan ya no huele igual. El bar de la esquina ahora es un local con lámparas industriales. Tu cafetería ahora sirve flat whites en vasos minimalistas y se pide todo por QR. El mesero habla en inglés con acento italiano o colombiano. La renta del departamento del vecino se duplicó. Y las maletas con ruedas pasan día y noche, como si vivieras en una terminal de aeropuerto.

Tú, que llevas años ahí, comienzas a sentirte como turista accidental en tu propia ciudad.

Eso es lo que vive Barcelona, Tijuana y Ciudad de México. Eso es gentrificación. Y cuando llega, no toca el timbre: entra sin avisar, se instala en la esquina, y te mira como si fueras tú quien sobra.

CDMX no se vende (pero se renta en dólares)

Persona sostiene cartel con el mensaje "Pay taxes. Learn Spanish. Respect my culture" durante una protesta contra la gentrificación en Ciudad de México, rodeada de manifestantes.
Manifestación contra la gentrificación en CDMX, junio de 2025. Foto: Getty Images

En junio de este año,  la Ciudad de México vivió una gran marcha contra la gentrificación. “CDMX no se vende”. “La ciudad es para quien la habita”.

Se alzó la voz por tanta gente que ha tenido que irse del centro y de colonias como la Roma, la Condesa, Juárez, San Rafael o la Doctores. Barrios que fueron hogares y ahora son vitrinas. Donde lo que antes costaba 10.000 pesos (unos 530 euros o 580 dólares), hoy se alquila en 25.000 pesos (unos 1.300 euros o 1.400 dólares). Y si puedes pagar seis meses por adelantado, mejor.

Y no solo son gringos con sueldos tech. También son mexicanos con ventaja. 

Cuando yo me fui a vivir a la Condesa, en 2010, ya se notaba algo. El barrio olía a jacarandas, pero también a transición. A brunch y a desarraigo. Yo llegué feliz, pero también como parte del problema. Sin saberlo, ocupé el sitio de alguien más.

La gentrificación no siempre empieza con una mudanza. A veces empieza con una idea: la de que ciertos barrios merecen “mejorar”. Pero, ¿mejorar para quién? ¿A costa de qué? ¿Y quién decide qué es “mejor”?

Barcelona: lo que sube… seguirá subiendo

Fachadas de edificios residenciales en Barcelona con balcones cerrados y persianas bajadas, reflejo de la crisis de vivienda y la gentrificación urbana
En Barcelona, más de 10.000 viviendas siguen vacías mientras el precio del alquiler se ha duplicado en la última década (Ajuntament de Barcelona, 2023). La gentrificación vacía edificios… y también vacía barrios.

Cuando llegué a Barcelona en 2012, alquilé una habitación por 300 euros. Era pequeña, sin ventana, con un hueco en el refrigerador, un cajón en el baño y una balda para mis cosas.

Diez años después, esa misma habitación no existe. Bueno, sí existe… pero cuesta el doble, o el triple. Y hay lista de espera. Y tienes que tomar la decisión en la visita porque, si no, hay diez más detrás. Como si buscar hogar fuera hacer checkout de una oferta de vuelo.

Yo pasé de pagar 600 euros a 780, luego 850 y más tarde 1.000 por el mismo tipo piso. Todo subió: la luz, el gas, el pan, el alquiler… y mejor ni hablamos del precio de la fruta.

Lo único que no subió fue el sueldo. Y claro, el que no sube, se queda atrás. O se va.

Muchos amigos y conocidos de aquí, de los de toda la vida, para cuando rondaban los 30 o 35 años ya se habían mudado: Mataró, Rubí, Vilassar de Mar, Masnou, Sant Feliu de Llobregat, Castelldefels…

No es que se fueran por gusto o por moda. Se fueron porque allá podían acceder a viviendas más amplias, con más luz, más metros cuadrados, más condiciones dignas. Y con una red de cercanías que, al menos todavía, funciona. Aquí todo está cerca. Desde Playas a la 5y10 haces media hora. De la Condesa al Zócalo, lo mismo. Y en Barcelona, ese mismo tiempo te alcanza para cruzar la ciudad y llegar a otro municipio.

Sí, Barcelona sigue siendo una ciudad preciosa… pero cada vez más cara, más difícil, más pensada para quienes llegan que para quienes ya estaban. Y ojo, que yo también llegué. Pero llegué en otro momento, con otras reglas, cuando aún se podía, y ya era difícil.

Sobre todo cuando se tienen hijas, hijos, cuando se quiere formar familia, cuando ya no basta con resistir en el barrio de siempre: hay que buscar una vida posible. Y esa vida, cada vez más, está fuera.

Los barrios cambiaron. Las tiendas cambiaron. Las panaderías de siempre se convirtieron en concept stores. Los bares con mantel de papel y olor a fritura desaparecieron. En su lugar, espacios con brunch, plantas colgantes y precios de aeropuerto. Todo parece sacado de Pinterest, pero lo que se pierde no se puede guardar en ninguna carpeta: se pierde el alma del barrio.

Una parte de mí se siente como señora mayor, de esas que se quejan del precio de las tortillas. Pero es que… no es nostalgia: es lucidez. Es preocupación por una ciudad que se vuelve inhabitable para quienes la habitan. Llámese Tijuana, Ciudad de México o Barcelona, porque son las ciudades en las que he vivido y he visto y formado parte de la gentrificación.

¿Si esto es evolución, por qué se siente como expulsión?

¿Puede una ciudad sobrevivir cuando vivir en ella se convierte en un lujo?

¿De qué sirve una ciudad preciosa si nadie puede envejecer en ella?

¿La gentrificación es solo urbanismo o es una forma de clasismo con fachada de progreso?

¿Queremos que nuestra ciudad termine como Venecia, donde los vecinos son una especie en extinción?

El brunch más triste (y ridículo) del mundo está en Barcelona

Plato de brunch con huevos, café y pan en un local moderno de Barcelona con decoración minimalista, símbolo de la transformación de los barrios tradicionales.
Brunch bonito, barrio caro: este tipo de locales se han convertido en emblema de la gentrificación en Barcelona. Comida bonita pero muchas veces, insípida. |Foto: Trópico

Hace poco fue el cumpleaños de una amiga. La invité a desayunar, luego iríamos al spa y remataríamos con una comida rica. Plan de reinas. Elegí un sitio bonito, céntrico, que nos permitiera movernos a pie: Trópico, se llama. Suena a paraíso. Pues no.

Desde que entras, ves que todo está pensado para la foto. Mesas diminutas, decoración neutra con toques selváticos, camareros que parecen modelos y que están más pendientes del QR que de ti. Pedimos por QR —todo de golpe— y al final… ¡paga en caja! Nos reímos por no llorar.

Todo llegó junto: café, huevos, pan, postre. Tibio, sin orden. Aquí no se come por tiempos, se come…y no precisamente bien. A nuestro lado, una chica comía arepas rellenas de huevo revuelto.. No me aguanté: le recomendé un sitio de arepas venezolanas en el Born. Pero también pensé: ¿no quieres probar comida catalana?

Como este local, muchos, antes fueron un bar de abuelos. Vermú, croquetas, tele a todo volumen. Bocatas de tortilla, pan con tomate, una mesa fija para jugar dominó. Hoy es un escenario. Un decorado con wifi.

Y yo no estoy en contra del brunch, ¿eh? Soy fan de desayunar huevito, pero estoy en contra de que todo sea brunch. De que cada barrio se parezca al siguiente. De que puedas estar en Lisboa, Tulum, Berlín o Barcelona y no sepas en qué ciudad estás… hasta que miras la cuenta.

Pagamos más de 30 euros entre las dos. El cortado costaba lo mismo que tres en el bar de mi calle. Ese con mantel de papel y café de cafetera. Ese donde te saludan y te preguntan cómo va la semana. Ese que también podría desaparecer.

Porque eso también es gentrificación:
Cuando los sabores cambian.
Cuando los precios suben.
Cuando el barrio ya no alimenta a sus vecinos, sino a su escaparate.

Quizá habría que dejar de preguntar “¿quién vino?”  Y empezar a preguntarnos “¿quién ya no puede quedarse?”

Y no solo pasa en Barcelona. En la Ciudad de México también hay locales con lámparas colgantes, menú vegano, sillas de ratán y precios en dólares. Muy nice todo… hasta que sales y te tropiezas porque no hay banqueta. O te cae una gota de la fuga del vecino de arriba porque el edificio tiene más años que el Porfiriato. Se come bien, sí, pero ¿qué ciudad se está cocinando?

Tijuana también tiene sus versiones: restaurantes en zonas con baches lunares, cafés de especialidad a 5 minutos de una colonia sin agua. Se pone bonito por dentro, pero ¿y lo demás?

Porque si lo aspiracional se construye sobre lo inhabitable, ¿no estaremos disfrazando precariedad de lifestyle?

El problema no son (solo) los que llegan, sino los que ya no pueden quedarse

La gentrificación no es solo un cambio de estética urbana. Es una forma lenta de desalojo. Un despojo envuelto en papel celofán de “mejora”. Es cuando la ciudad te sonríe con marketing y te susurra: “Gracias por participar, pero ya no eres el perfil que buscamos”.

El problema es pensar que esto va solo de personas extranjeras. Que todo empezó cuando llegaron los estadounidenses con sus sueldos tech y sus cafés helados. 

Pero no.

Esto no va (solo) de ellos.
Se trata de un modelo de ciudad que convierte la vivienda en activo financiero.
De gobiernos que legislan tarde y mal.
De plataformas que monetizan lo común.
De vecinos que suben el precio porque “ya que estamos…”.
De nosotras también, las que llegamos con ventaja.
Las que, sin querer, ocupamos el lugar de alguien más.

Si seguimos hablando de gentrificación como si fuera una invasión extranjera, solo estamos poniendo parches al ego. No al sistema. Y ese sistema —el que convierte el derecho a la ciudad en un privilegio para pocos— seguirá funcionando. Con o sin gringos.

Porque una ciudad no se debería medir por estrellas en Booking ni estrellas Michelin, sino por los nombres que se saludan desde el balcón o de carro a carro. Por las caras conocidas en la tienda. Por los niños y niñas que aún pueden crecer en el barrio donde nacieron. Porque una, como sea… ¿pero y las criaturas?

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