Me voy de vacaciones y, entre maletas, crema solar, el libro que pretendo acabar pero seguramente no lo haré, y todas esas cosas que una hace antes de salir de casa, entonces… me acordé de la planta.
Mi planta de la fortuna.
He tenido otras. No quiero hablar mal de las que ya no están, pero digamos que mi historial como cuidadora de plantas tiene algunas bajas. Esta, en cambio, ha aguantado mucho. Le tengo cariño. Está bonita. Sigue viva. Y precisamente por eso pensé: ¿Y ahora con quién dejo la planta?
Porque dos semanas sin agua son dos semanas sin agua y, por muy de la fortuna que sea, tampoco es de hacer milagros.
Pensé en una vecina. Está de vacaciones. Pensé en otra. También está fuera. Empecé a repasar mentalmente personas, llaves, distancias, fechas y posibilidades hasta que me descubrí sintiendo algo que conozco bastante bien.
Esa especie de soledad práctica que aparece cuando necesitas resolver una cosa muy concreta y no sabes inmediatamente a quién llamar.
No hablo de sentirse sola en el sentido dramático de la palabra. No es “nadie me quiere”, “a nadie le importo” ni hace falta que empiecen a sonar violines mientras miro por una ventana empañada.
Es otra cosa.
Es darte cuenta de que eres una adulta responsable de tu propia vida y que no existe un teléfono rojo al que llamar para que vengan los rescatistas. No existe ni el teléfono ni los rescatistas.
Tú tienes el problema. Tú buscas la solución.
Y mientras veía mi planta pensé que esa sensación ya la había tenido antes.
La primera vez que me sentí sola en Barcelona

La primera vez fue mucho más dramática, porque todavía no había aprendido a reírme de ella. Aunque, sí se me salió la lagrimita.
Acababa de llegar a Barcelona y alquilaba una habitación en el piso de una chica mexicana en Creu Coberta, en Sants, muy cerca de plaza Espanya. La ubicación era maravillosa. Mi habitación, no tanto.
No tenía ventanas ni luz natural. Tenía una cama individual, una silla y un mueble que hacía de armario. No tenía ni dónde colgar la ropa, toda debía ir doblada. En el refrigerador me tocaba una bandeja y en el baño, un pedacito para el shampoo y el acondicionador. Ese era mi territorio.
Pero yo acababa de llegar y esas cosas ni me importaban. Cuando te mudas a otro país con una maleta y un plan bastante así como que al aire, primero aterrizas y después ya ves.
Con la chica tampoco llegué a hacer mucha vida. Las dos éramos mexicanas y ahí estaban nuestras coincidencias. Éramos de regiones distintas, teníamos vidas distintas, horarios distintos y, además, solo viví allí un mes. No hubo tiempo -ni demasiado interés por ninguna de las dos partes, supongo- para convertir aquella convivencia en otra cosa.
Y entonces me enfermé.
Una gripe. Fiebre. Nada grave.
Pero es que yo no me enfermo mucho y todo lo arreglo con té de manzanilla con limón y miel. Pero una noche me puse súper mal. Sudaba y estaba bien madreada metida en aquella habitación sin ventanas, a miles de kilómetros de mi familia, sin conocer a nadie en Barcelona.
Y ahí mi cerebro decidió que una gripa era un material narrativo insuficiente y escribió una película completa.
Me voy a morir aquí.
Nadie se va a enterar.
Nadie va a saber dónde estoy.
Si me encuentra la roomie, no sabrá a quién llamar. ¿Qué hará? ¿Hablar a la policía? ¿Cómo sabrán quién soy?
¿Quién va a encontrar mi cuerpo y qué harán con él durante todo el tiempo que tome saber quién soy?
¿Quién va a venir por mí? ¿Y si no me pueden regresar a Tijuana?
¿Terminaré en el SEMEFO español? ¿También aquí tendrán un SEMEFO bien jodido donde no cabe nadie y yo estaré entre otras personas desconocidas de dudosa procedencia como yo?
No mames.
Probablemente necesitaba paracetamol, agua y dormir ocho horas. Pero yo estaba resolviendo la repatriación de mis restos mortales.
A la mañana siguiente seguía viva.
Pero recuerdo perfectamente aquella sensación.
No era exactamente miedo a estar enferma ni a morirme, que lo tuve. Era darme cuenta de que no tenía a nadie que apareciera con un caldo de pollo o uno de mollejas de la comida china.
Y un caldito puede parecer poca cosa hasta que no tienes quién te lo haga, te lo compre o, de plano, te lo deje en la mesita de noche.
Con el tiempo, pues obvio, construí una vida aquí. Llegaron amistades, trabajos, relaciones, rutinas, lugares conocidos. Dejé de ser aquella persona que acababa de aterrizar -aunque a veces todavía lo parezco- y no sabía ni dónde comprar un termómetro.
El máster ayudó muchísimo.
Éramos un grupo de gente llegada de todas partes: Venezuela, Ecuador, Serbia, Perú, Italia, distintas ciudades de España… Muchos y muchas estábamos más o menos en la misma situación. Éramos recién llegados que estábamos estudiando, queríamos conocer la ciudad y, aunque no fuéramos íntimos amigos y amigas, nos hacíamos compañía.
Durante un tiempo todo eso funcionó como una pequeña red.
Hasta que se acabó el máster.
Y entonces todo el mundo empezó a irse

Y pasó una cosa bastante normal pero jodida: la vida.
Unos volvieron a sus países. Otros se mudaron. Otros encontraron trabajo. Otros construyeron nuevas relaciones. Algunos se quedaron en Barcelona pero empezaron otra etapa. Con algunos mantuve la amistad y todavía hoy son personas a las que quiero muchísimo.
Pero recuerdo una época en la que parecía que todo el mundo se iba.
Y luego están los mexicanos y mexicanas que iba conociendo en el camino.
Ay no, son los peores. Conocía mexicanos y se iban. Llegaban otros y se iban. Hacía amigas y se iban.
Hubo un momento en el que pensé: ya estuvo, no voy a volver a hacer amistades de México porque no duran nada. Se les acaba la beca y se van, terminan la chamba y se van… y claro, no era cosa de ellos.
Es Barcelona.
Es una ciudad a la que llega muchísima gente para estudiar, hacer unas prácticas, probar suerte, vivir un año fuera, acompañar a una pareja, trabajar una temporada. La amiga de alguien que acaba entrando en tu grupito y, cuando empiezas a agarrarle cariño, anuncia que en septiembre se regresa a su país.
O de pronto te vas quedando sin grupito. No duran aquí. Porque una extranjera, ¿a quién conoce? Pues a más personas extranjeras.
Cuando eres de fuera, la red no viene incluida
Cuando eres de fuera hay una parte de la red que nunca viene incluida.
No están las amigas de la escuela. No está tu prima. No está la amiga de tu mamá. No está esa persona que conoces desde los diecisiete años y a la que puedes escribirle simplemente: “Oye, ¿estás en tu casa?”.
Todo eso tienes que construirlo.
Y reconstruirlo.
Porque también hay amistades que cambian, parejas que desaparecen, grupos que se transforman, gente que se muda y etapas en las que personas que antes formaban parte de tus contactos recientes dejan de estar ahí.
Supongo que hacerse adulta también consiste un poco en eso: descubrir que las redes o los grupitos no son permanentes., a veces duran como un amor de verano.
Y ser migrante le añade su toque picante, porque muchas veces estás construyendo esa red mientras aprendes también dónde estás tú.
¿Y ahora con quién dejo la planta?

Por eso, tantos años después de aquella gripe en Sants, una planta consiguió devolverme durante unos minutos a la misma sensación.
¿A quién llamo?
La diferencia es que esta vez no monté una película sobre mi muerte.
Bueno, sobre la de la planta quizá un poco. La imaginé seca, desplomada sobre la maceta mientras yo volvía de vacaciones bronceada y feliz para encontrarme con la prueba definitiva de mi irresponsabilidad.
Pero lo resolví.
Claro que tengo a quién dejarle la planta.
Y quizá precisamente ahí está la diferencia entre aquel primero año donde casi muero por una gripa en Barcelona y ahora.
Entonces no sabía a quién llamar. Hoy tuve que pensarlo.
Parece poca cosa, pero no lo es. Porque después de tantos años aquí sigo sin tener algunas de las redes que habría tenido si nunca me hubiera ido. Hay cosas que todavía tengo que resolver de otra manera. Hay momentos en los que ser de fuera vuelve a aparecer, aunque lleves media vida en el mismo sitio.
Pero también hay personas que antes no existían y ahora sí.
Amigas que llegaron después. Vecinas. Gente que se quedó. Gente que quizá no lleva toda la vida conmigo, pero ya forma parte de ella.
Hace catorce años me dio una gripe y pensé que si me moría nadie sabría ni a quién llamar.
Hoy me voy de vacaciones y, después de darle unas cuantas vueltas, encontré a quién confiarle mi planta. No parece la gran cosa, pero cuando has tenido que construir tu grupito desde cero, y varias veces, sabes que sí lo es.
La planta, por cierto, ya está en casa de mi amiga. Esperemos que sobreviva.


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