Todo lo que se mueve cuando voy a México

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Mujer frente a un mapa de México, imagen de regreso al origen y reflexión sobre identidad migrante

Aparece la fecha. Parece una tontería, pero para quienes vivimos lejos siempre hay una fecha de viaje que es como un temblorcito que empieza a sentirse desde el momento en que compras los boletos. Tu cabeza se adelanta y entra en ese estado que yo llamo modo avión.

Ni estoy aquí, ni estoy allá.

Mientras más se acerca la fecha, todo me distrae. Me vuelvo medio inútil para todo. Quiero, pero no puedo. Mi cuerpo ya va en camino aunque mis pies sigan en Barcelona. Y no es solo ansiedad —bueno, también—; es una mezcla rara: nostalgia anticipada, memoria muscular, ese instinto migrante que sabe que pronto tocaré tierra emocional.

Luego vienen las decisiones pendejas. Los impulsos. Esa etapa en la que el modo avión interno ya tomó control y yo, básicamente, me abandono a mis propias ocurrencias. 

Me corté el cabello para irme guapa, y fue una verdadera catástrofe. Pagué por selección de asiento, se me olvidó que lo había hecho y terminé pagándola dos veces. De repente hago compras sin sentido: una botella “emocional” de agua por si acaso, un cargador extra cuando ya tengo tres, una crema que no necesito “porque es tamaño viaje”… y uno que otro capricho absurdo que no tiene ninguna explicación. 

Es como si mi cerebro dijera: No estás nerviosa… solo estás gastando a lo pendejo para sentir que tienes el control. Y además, me da por no poder hacer planes. Esa sí que es ansiedad disfrazada de minimalismo emocional. No puedo comprometerme a nada: ni a un café, ni a una cena, ni a un paseo. 

Quiero no tener planes para no pensar en nada que no sea mi viaje. Pero la verdad es que hay algo dentro de mí que necesita una agenda vacía antes de volar, como si el silencio previo también fuera parte del ritual. 

Un día antes de la fecha mi mente se vuelve logística pura:  maletas, documentos, cables, regalos, horarios,  “no olvides esto”,  “acuérdate de aquello”. Hago mis listas, voy tachando, haciendo nuevas, volviendo a tachar y así. Ese día no pienso en nada más que en mañana.

Mañana vuelo. Mañana cruzo.  Mañana algo en mí vuelve a su origen y, al mismo tiempo, se desacomoda.

Mis regresos a México: viajes que marcan etapas

Ingredientes frescos sobre una mesa: col, rábano, cebolla y limón, preparación de comida mexicana en casa
Tijuana también vive en la mesa.

Porque cada regreso a México siempre ha tenido un algo. Ningún viaje ha sido igual. Cada uno ha marcado una etapa distinta. El que parecía definitivo, el que duró cuatro meses,  el que fue despedida, el que fue bienvenida, el que me cambió la identidad, el que me cambió el cuerpo, el que cambió mi vida. 

La primera vez que regresé creí que estaba volviendo a una Navidad en Tijuana, pero viajaba con novio catalán, así que fue la novedad. Para mi familia y hasta para mí. Y aunque me resistía, el siguiente año también volvió conmigo. Migrar también es negociar con lo que una se dice para sentirse segura.

Después tuve un viaje que fue el último de una de mis tías. Luego otro que fue el último de mi abuela. Vino uno más que fue por amor, una boda. Otro que fue el último de otra de mis tías. Después vino el primero de mi hijo. Y así: cada viaje ha tenido un tono distinto. Duelo, descubrimiento, amor, despedida, maternidad, renacimiento. Postales vivas que se pegan a mi historia y me siguen moldeando.

Nunca he pasado más de cuatro años sin ir. Y fueron cuatro porque se atravesó una pandemia. Por lo general voy cada dos, porque también entendí que no podía tener vacaciones y solo viajar a Tijuana. Hay un mundo allá afuera y también quiero verlo. 

Siempre voy al menos un mes. Este año no. Voy quince días, y eso significa que, todo lo que me mueve tendrá que ocurrir en versión condensada. Pero este año era eso o no era nada. Porque también asumí que mi vida en Barcelona ya tiene su propio peso, su rutina, sus rituales, sus cosas que cuidar. Y porque —además— ya aprendí que soy yo la que está de paso. 

Las personas que amo tienen su vida, su trabajo, sus posadas, sus amigos, su familia, sus tiempos. Yo soy visita. Todo se coloca en otra perspectiva.

El amor que me recibe antes de aterrizar

Señal urbana en Tijuana que indica el inicio de la ruta, calle principal de la ciudad
Aquí empieza todo. Y aquí siempre vuelvo.

Y hay algo más que siempre me pasa cuando ya tengo el boleto comprado y empiezo a avisar que voy: la maquinaria del amor se activa. Pocas veces he tenido que pedir, porque en cuanto digo“voy a ir”, empiezan a llegar mensajes:

—¿Ya tienes carro para moverte?
—Ya te conseguí sillita para el niño.
—¿Dónde te vas a quedar?
—Yo voy por ti al aeropuerto.

Todo se empieza a resolver alrededor de mí, como si una red invisible se tensara para sostenerme antes incluso de despegar. Ese cariño práctico, silencioso, profundamente de Tijuana, me hace sentir vista, amada, esperada. Es un sentido de pertenencia que no necesito reclamar: simplemente aparece. No tengo que abrir la boca.

En Barcelona no me pasa así, pero no porque nadie me quiera. Es otro ritmo, otra cultura, otro tipo de afecto. Aquí la vida es más individual, más autosuficiente, más de “cada quien resuelve”. Y está bien. Lo entiendo. Lo vivo. Lo agradezco.

Pero allá… Allá me esperan, me preparan el terreno, me ofrecen casa, me piensan, se organizan para recibirme, me recuerdan que pertenecezco. Y siempre me hacen preguntas en seco directo a la yugular: ¿Sí te vas a quedar allá? ¿Neta, no extrañas? ¿Ya te sientes española? ¿Sí te gusta? ¿Y no te dan ganas de venirte una temporada? 

El aeropuerto, los rituales y la ilusión de control

Cuando se acerca el viaje, necesito aferrarme a lo que sí puedo ordenar.  A lo práctico. A mis rituales. Soy de las que, si hay que llegar entre una y dos horas antes, llega dos horas y media antes. No quiero correr, no quiero estrés, yo quiero ir tranquis. 

En el fondo quiero disfrutar; para eso necesito la sensación —mínima— de control. Preparo documentos. Mochila con lo básico y un huequito para compras de último momento. Bolsa pequeña a mano con pasaportes, cartera y celular. En el aeropuerto no hago fila si no es necesario. Me espero. Me acomodo. Observo. Tengo asiento. No pasa nada.

Y cuando aterrizamos tampoco soy de las que se levantan en cuanto suena el pitido ese de que te puedes desabrochar el cinturón. No me aviento al pasillo como si se acabara el mundo. Espero. Me dejo llevar por el ritmo de un vuelo largo, que también tiene su propia sabiduría. 

En los vuelos largos he visto de todo. El hombre que salió del baño en bóxers con el pantalón en la mano. La mujer en pantuflas caminando como si estuviera en su casa. Gente lavándose los dientes, las morras que se ponen mascarillas… La humanidad se afloja a 10.000 metros. Se vuelve doméstica, íntima, ridícula y humana. 

Y ahí me doy cuenta de que mi modo avión no es solo una función del móvil: es un estado emocional intermedio, un pasillo donde existen todas mis versiones al mismo tiempo.

Porque no solo se mueve el avión: me muevo yo por dentro

Migrar también es mezclar(se): identidad, acento y pertenencia

Ahí siento mi dualidad con más nitidez. Durante años me resistí a perder mi acento. A soltar palabras. A adoptar otras. Tenía miedo de diluirme. Tenía miedo a dejar de sonar tijuanense. De que, al mezclarse mi voz también se mezclara mi identidad.  Luego voy y mis amigos me reciben con madrazos amorosos —chancla incluida— recordándome lo obvio: he cambiado, es normal, es inevitable. 

Y entonces ya: me vale madre. No voy a dejar de ser de Tijuana porque se me escape un “vale”. Ni voy a dejar de ser de acá porque me salga un “arre” o un “no mames”. La mezcla no me borra. La mezcla me amplía. Esa es, quizá, la parte más luminosa de migrar: descubrir que no tienes que elegir un solo territorio emocional. Que puedes habitar varios. Que puedes ser todos sin traicionarte.

Que sirvan de algo los años, ¿no? 

Aterrizar en México: el encuentro con todas mis versiones

Persona frente al paisaje costero en México, momento de llegada y reconexión con el entorno
Aterrizar no es solo llegar.

Cuando el avión empieza a descender, siempre me pasa lo mismo: una respiración profunda que me acomoda el pecho y me dice “ya casi… ya llegaste… ya puedes volver a conectar”. 

Se desactiva el modo avión externo. El interno tarda un poco más. Aterrizar en México siempre me mueve. No solo porque regreso a mi origen, sino porque cada vez lo hago siendo otra. 

Otra yo que aprendió, que cambió, que se mezcló, que se expandió. 

Volver es reencontrarme con la versión que fui y ajustar la versión que ahora soy. Porque lo que se mueve cuando vuelvo a Tijuana no es solo el avión. Soy yo. Enterita. En tránsito. Y, de alguna forma hermosa, siempre volviendo.

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