Cuando era niña, en Tijuana, mi mamá me disfrazaba y nos subíamos al carro para ir a pedir dulces con mis primos, Karla y Yorshy. No nos quedábamos en nuestra colonia: nos íbamos a otras “más nice”, convencidas de que ahí los dulces serían mejores. Y a veces sí… pero te daban uno o dos. En cambio, en las “menos nice”, te daban puños. Era como un experimento social con envoltorios de colores. A mí lo que más me gustaba era que me dieran chocolates.
La verdad es que no recuerdo qué pasaba después con todos esos dulces. Tampoco que mi mamá me los racionara o me dijera “solo dos más y ya”. Pero sí tengo grabado el momento de volver a casa con la calabaza llena, el disfraz medio destrozado y la cara sudada, sobre todo cuando me ponía máscara de plástico. Esa mezcla entre cansancio y triunfo que solo se siente cuando tienes cinco, seis, siete años y el mundo se reduce a una noche de sustos y azúcar.
Cuando el Halloween cambió de forma (y de fondo)

Con los años, esos Halloween se convirtieron en fiestas. Pero yo casi no iba. En mi casa, salir de noche era tema de discusión, así que asistí a pocas. Las que sí, las recuerdo como un salto a otro universo: ya no había dulces, sino alcohol y música alta, y todo —absolutamente todo— era sexualizado. Catwomen, enfermeras, diablas y policías sexys.
Yo, acomplejada de mi cuerpo a los veinte, solía vestirme de negro, ponerme una peluca o unos colmillos y desaparecer un poco entre la multitud. A mi manera, seguía disfrazándome de lo que siempre había sido: alguien que observa más de lo que participa. Y ahora ya no eran chocolates, era cerveza.
Castañas, panellets y un niño que dibuja calabazas

Desde hace trece años, octubre huele a camote… digo, a boniato, y a castañas asadas. Huele a lluvia que se cuela por las baldosas viejas y, a veces, a vientos de Tramontana, que nada tienen que ver con los vientos de Santa Anna que cruzaban la frontera y llenaban de polvo nuestras ventanas en Tijuana. Allá el calor seco; aquí, el aire frío que despeina los árboles. Dos extremos de un mismo otoño.
Octubre en Cataluña tiene nombre propio: la Castanyada. Es una de esas tradiciones que parecen inventadas para que el frío se sienta menos. Se celebra comiendo castañas calientes, boniatos asados y panellets. No hay disfraces ni calaveras, solo ese olor a madera, azúcar y almendra. ¡Y con un vino… no, no, no!
Resulta que, hace siglos, los campaneros de las iglesias pasaban la noche de Todos los Santos tocando sin parar. Entonces se echaban sus castañas asadas, su vinito dulce… y cuál frío. Con el tiempo, la tradición se volvió algo más casera, más familiar, y los panellets llegaron a la mesa como el postre perfecto: dulce, pequeño y compartible. ¡Y que no falte el vino… o el cava!
Y qué cosa más curiosa son los panellets: bolitas hechas con almendra molida y boniato. Se cubren o rebosan de piñones, de coco o de cacao, pero ahora ya los he visto de fresa, de café, de limón… deliciosos.
Uno de mis primeros años, ingenua yo, fui a una de esas panaderías de Barcelona con más de cien años y tuve la osadía de pedir dos panellets de cada uno de los que tenían, para probarlos todos. Pues no les miento: me gasté casi cincuenta euros. No sé qué pensaba, pero sentí que pagué una millonada. Y es que, de empezar siendo para los campaneros, ahora ya son cosa más de burgueses.
Este año hice mis primeros panellets. Pero en vez de azúcar usé dátiles, porque ya estoy en esa etapa de la vida en que una se convierte en la señora que busca versiones saludables de todo. Quizá porque cuidar lo que comemos también es una forma de cuidar a quienes amamos.
Y mientras él, mi hijo, llega del cole con dibujos de calabazas, fantasmas y castañas, yo pienso en México. Porque mientras aquí se encienden velas por Todos los Santos el 1 de noviembre, allá se levantan altares con flores de cempasúchil, papel picado y fotos de quienes ya no están.
La mexicanidad de la frontera

Siempre que sale mi mexicanidad en el extranjero, saco pecho para decir que la mía es particular. Porque venir de una ciudad fronteriza no es lo mismo que venir de un pueblo mágico —y no hablo de Tecate—.
Mi acento no es el de las novelas, y aunque muchos lo esperan, tampoco hablo como Thalía. En mi casa no se hacían tamales los domingos ni teníamos altar de muertos. Y la cochinita pibil la probé de adulta, ya viviendo fuera.
En realidad, mi infancia fue otra: una mexicanidad pegada al muro, mezclada por el inglés, los comerciales de televisión de San Diego, los supermercados donde todo estaba “más barato” del otro lado y las fiestas donde sonaba tanto Selena como Nirvana. Siempre digo que mi mamá y yo, íbamos al otro lado a poner gasolina, a comprar dos galones de leche e incluso, a lavar la ropa en las lavanderías que ahora son vintage.
Mientras viví con mi mamá, nunca pusimos un altar de muertos, pero tampoco hacía falta: todos los de mi núcleo familiar más cercano —los de las comidas de domingo, los que llenaban la casa de gritos y desmadre — seguían vivos.
Hoy, con mis cuarenta encima, ya faltan varios. Personas que extraño y que, sin proponérselo, me enseñaron que la vida, las familias y las costumbres no son cosas fijas. Que se mueven, cambian, se desdibujan… y se vuelven a inventar.
Supongo que por eso, vivir lejos no me quitó lo mexicano, más bien me lo hizo consciente. Me hizo pensar en todo lo que damos por hecho hasta que ya no lo tenemos cerca: los olores, las palabras, la comida, los ritos.
Ser de frontera es estar siempre entre dos mundos, y cuando uno de esos mundos queda a miles de kilómetros, el otro —ese del que vienes— se vuelve más fuerte. Más tuyo.
Olores de Mixquic y altares nuevos

En 2011, mi amiga Normita me invitó a pasar el Día de Muertos en Mixquic. Todavía puedo oler las velas y el incienso, escuchar los mariachis mezclados con los tríos, las risas y las conversaciones entre tumbas. Esa noche entendí lo que significaba eso de que la muerte se celebra: no como algo oscuro, sino como una fiesta que se enciende cuando se va el sol.
Recuerdo caminar entre la gente, ver las ofrendas brillando, el humo del copal flotando entre las flores, y pensar que aquello parecía una fotografía de Graciela Iturbide o un mural de Diego Rivera. Una escena viva, llena de música y de memoria.
Y luego, llegaron Coco y James Bond. De pronto, el Día de Muertos se hizo global, exportable, con catrinas de pasarela y desfiles patrocinados. Me dio gusto —porque por fin el mundo miraba esa belleza—, pero también una especie de ternura: esa que sientes cuando algo tan tuyo se vuelve de todos pero solo para comercializarlo.
Pues tuvo que llegar el Día de Muertos de 2025 para poner mi primer altar. No el altar “de Pinterest”, sino uno hecho con lo que tenía a mano: velas, fotos, un poco de papel picado recortado torcido y unas flores de cempasúchil de papel que hice yo misma. Y para mi suerte, en la panadería de la esquina vendían pan de muerto que mezclé con panellets, tequila con vino tinto. Y fui a la florería y me traje los dos únicos ramilletes de cempasúchil que tenían.
Y sí, sentí lo que se dice que se siente: ese temblorcito entre tristeza y gratitud, entre ausencia y presencia. Ese momento en que recordar se vuelve un acto físico: enciendes una vela, acomodas una foto, respiras el olor del pan, y todo se vuelve un poco más silencioso y más vivo al mismo tiempo.
Lo que recordé frente al Altar de Muertos

Encendí las velas y miré las fotos que había colocado. Y entonces vinieron ellas, una por una. Porque mi altar, es femenino.
Mi tía Laura, con su risa tan libre, en la última Navidad que pasamos juntas. Le tomé una foto ese día sin imaginar que se volvería retrato. En la imagen aún se le nota la mirada brillante, la que usaba cuando tenía algo que contar.
Mi tía Fanny, rubia, alegre, viviendo en Hawái como si la vida hubiera sido escrita solo para ella. A veces pienso que su felicidad era una forma de rebeldía.
Mi tía Eva, con su voz fuerte, su carcajada. La última vez que la vi fue en Las Vegas: ella venía de Utah, yo de Barcelona. Nos reencontramos después de muchos años, y cuando la abracé fue como si el tiempo se encogiera. Todavía puedo escucharla reír en esa foto que le tomé jugando en el casino.
Y claro, mi abuela.
Tuve que respirar antes de poner su foto, porque escribir o hablar de ella todavía me desordena. Su partida fue un quiebre. Ella era el centro de todo: la mesa, las historias, la casa que siempre estaba llena. Cuando ella se fue, se fue también la sensación de que la familia era un solo cuerpo.
Al final, lo que hacemos no es tanto recordar a los que se fueron, sino acordarnos de lo que fuimos cuando estaban.
Un altar para él

Este año, el verdadero impulso para poner el altar fue mi hijo. Porque este año fue él quien perdió a su abuela. Y yo quería que, además de recordarla, entendiera lo que significa hacerlo: que no es solo nostalgia, sino una forma de mantener el amor en movimiento.
Me ayudó a colocar las flores de papel, las velas y las fotos. Le expliqué quién era cada persona, por qué estaban ahí. Y él, viviendo la experiencia con tanta naturalidad. Y claro, con sus ojitos de niño me dijo:
—¿Si no se lo comen… me lo puedo comer yo? ¿Y los panellets también?
Las flores de papel, las palabras, los sabores, los rituales… no son solo por mí, son por él Para que algún día, si se pregunta de dónde viene, tenga al menos una historia que contar y un aroma que reconocer. Y que es mitad mexicano, que no se nos olvide. ¡A huevo! ¡Viva México!


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