Cosas que me hacen sentir millonaria:
Tomarme un café en la terraza.
Tomarme un vermú en la terraza.
Sin prisa. Sin mirar el celular. Solo estar ahí, al sol, como quien ha conquistado el mundo. Como quien no tiene que pasar facturas a fin de mes.
No me refiero a cafés de especialidad en lugares de diseño donde te sirven la leche con forma de hoja. No. Me refiero a ese café de cada día. El de la cafetería de la esquina. El que pido con mis palabras bien ensayadas: “un cortado, con la leche caliente pero que no esté hirviendo”. Y me lo sirven como si me conocieran de toda la vida, aunque no sepan mi nombre.
Lo tomo como a las nueve pasadas de la mañana. Cuando el día ya empezó, pero aún estoy fresca como lechuga.
Y cuando me siento, esos diez o veinte minutos, siento que todo está ok. Que no necesito nada más. Ni una casa más grande, ni ropa más cara, ni otro lugar donde estar. Solo mi tacita, el solecito y la sensación de que, por un ratito, pertenezco. Y ya si se atraviesan unos vecinos y nos ponemos a platicar, ¡nombre!
Y luego está el vermú

¡Qué preciosidad de momento! O sea, un vermú para mí, que además, me encanta comer, y que, el vermú es, la introducción. Es el hacer hambre, como si lo necesitara. Pero que ahora la necesito siempre en mi vida.
El vermú, ay, el vermú. Esa pausa gloriosa que no se improvisa y que se da justo cuando ves el reloj y ya son las 12 h. En mi caso, solo ocurre los fines de semana. Y casi siempre es fuera, claro está, en una terraza. Con sol si puede ser, sombrilla pero con sol. Pero fuera.
En Cataluña, fer el vermut no es una bebida. Es una institución. Una pausa colectiva donde todo se ralentiza. Se hace con amigxs, con familia, con niñxs que corretean entre mesas. Con suegrxs, con desconocidos en la mesa de al lado que brindan como si te conocieran.
Es pedir vermú y algo para picar: olivas, gildas, patatas. Yo soy más de gildas. Y de olivas. Y si puedo, las dos. Pero las gildas me matan.
Mi lugar favorito para hacer el vemú son las bodegas. Ahí el vermú me sabe mejor. Siempre hay un señor con sombrero leyendo el periódico y una pareja de jubilados que se piden vermú con sifón. En más de una ocasión, me he sentado sola, con mis gafitas y me pido mi vermú. Y miro mientras doy un sorbo. ¡Qué momento! Y mucho más ahora que los momentos de soledad los atesoro. Y pensar que cuando era MÁS jóven, eso de sentarme sola en un bar o restaurante era impensable. Señora, pues.
Al principio no entendía por qué hacían tanto alboroto con el vermú. ¿Una bebida con hielo y olivas? ¿Ese era el plan? Pero me bastó una vez. Bastó sentarme en una plaza un domingo, ver cómo se llena de gente a mediodía, cómo las conversaciones bajan el tono pero suben de sabor. Y empezar a picar. Como buena golosa, yo ya estaba en el vermú comiendo y pidiendo más tapas, hasta que entendí que no, que no es la comida, es el previo, comiendo sí pero solo picando. ¡Y entonces mi cerebro hizo clic: no es lo que tomas, es cómo lo tomas!. La pausa previa.
También hay días en los que no hago ni café ni vermú. Y todo va rápido, todo pasa corriendo, incluso yo. Y al final no sé si viví o solo reaccioné. Por eso estas pausas me salvan. Son mi manera de recordarme que sigo aquí.
Si el vermú existiera en México, seguro vendría con chicharrón, cueritos y cacahuates con chile. Y las patatas sería tostitos. Alguien pediría salsas y más limones, y el vaso tendría borde de Tajín. Y aunque no fuera lo mismo, sí lo sería. ¿Será que una michelada a medio día puede hacer la función del vermú? Lo que pasa es que en México somos bien atascados, ni madres podríamos tomar solo una y luego irnos. Hasta el café parece que lo venden por litro. Aquí el café parece que estás jugando a las tacitas.
Y así, entre semana con mi café y los fines de semana con mi vermú, se me va la vida. Pero se me va bien. Con gusto. Con sol. Y con pausa. Con mis aires de vida millonaria que me hacen sentir que todo va bien. Aunque al final del día esté echando madres. Pero hay lujos que no se compran. Y yo, cuando tengo una taza o una copa en la mano, al aire libre y sin apuro… Me siento millonaria y me siento bien aguuuuusto.
Y claro que, cuando tengo visitas, siempre les hago vivir este ritual. Y hasta la fecha: sin quejas.


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