Me lo han preguntado. En serio.
Más de una vez.
¡No es broma!
Hablar español fuera de México a veces se convierte en un juego de adivinanzas, donde todos creemos que usamos el mismo idioma… hasta que abrimos la boca.
Pensamos que compartir lengua es compartir entendimiento. Pero no. Hablar español no siempre significa lo mismo, ni suena igual, ni se entiende igual.
A veces lo que tú dices con cariño, otro lo oye con grosería. Y lo que allá es simpatía, aquí es exceso. Y así…
Lo descubrí en viajes, lo confirmé viviendo en Barcelona. Y lo revivo cada vez que alguien me visita, o simplemente me pregunta cosas como si no supieran en qué continente está México. ¿Ya les conté que soy sudaca? Sí, sí, lo dejaré para otro texto.
Al principio me frustraba. Hoy, la verdad, ya me río porque… pues.
¡Les cuento!
Madrid, verano de 2009

Era mi primer viaje a España. En un bar, frente a la residencia donde me hospedaba, alguien se me acercó con copa en mano y miradita coqueta. Empezamos a platicar, que tú, que yo, que esto y lo otro, y en eso me pregunta:
—¿Dónde aprendiste a hablar español?
—Soy de México.
—¿Ahí lo aprendiste?
—Ahí nací. Hablamos español. ¿Tú eres español, no?
—Sí, soy de aquí de Madrid.
Lo juro, eso ocurrió. Había testigos. Había alcohol, sí, pero no tanto como para justificar eso. Me reí. Pero era esa risa que te pone la cara chueca, como taco mal servido a las 4 a.m. Te lo tragas, pero se te atora.
Bilbao, otoño de 2013
Estábamos comprando entradas para el Cirque du Soleil. Nos piden una identificación, saco pasaporte…
—¿Tijuana está en México?
—Pensé que estaba en Texas.
Dijo la chica de las entradas. Miré a mi acompañante. Nos alejamos y le digo: No tengo ni una pizca de acento estadounidense. ¿Sabrá que Texas está en Estados Unidos? No entendíamos qué había pasado. Pero bueno, la frontera lo confunde todo: en los mapas, y en algunas cabezas.
Barcelona, otoño de 2014
Una reunión de conocidos. Tapas, vino, ambiente.
—¿En qué llegaste a España?
—¿Cómo que en qué?
Risas.
—¡En patera, gilipollas! —dice alguien.
Puse cara de idiota y pregunte: ¿Patera?
Me tomó unos segundos entenderlo. ¿Una lancha?
Ante sus ojos, soy una inmigrante más. Pero… ¿en lancha desde México?
Barcelona, invierno del 2015
Un día en el metro, un hombre me dice:
—No pareces mexicana.
Yo, ya entrenada, le devuelvo la pregunta:
—¿Y cómo somos los mexicanos?
Se queda pensando.
—No sé… más morenos, más… no sé, “latinos”.
—¿Y tú sí pareces español?
Silencio.
Puedo seguir. Como aquella vez que me dijeron lo mismo, que no parecía mexicana pero bueno, que mi nariz me delataba.
Me río o me enojo o contesto o me quedo callada

El prejuicio también tiene cara de espejo. Porque a veces asumimos que hay moldes para las identidades. Que se puede “parecer” a algo sin saber muy bien a qué.
Y así, en medio de viajes, conversaciones y choques culturales, entendí que hablar español es solo la superficie. Como una cara que parece o no, mexicana. Lo que hay debajo son siglos de historia, miles de kilómetros, y formas distintas de mirar el mundo.
Cuando esos códigos no se comparten, toca traducirse.
O reírse.
O ambas.
Hoy ya no se me escapan, pongo cara de pendeja pero para que sigan hablando. Me da material. Me da historias. Me da preguntas que se responden solas:
—¿Dónde aprendiste a hablar español?
—En México. ¿Dónde aprendiste tú?


Deja un comentario