Siendo sincera, nunca me he considerado patriótica. No sé qué me pasa con el patriotismo, pero hay cosas que me pican. Por ejemplo: cuando llegué a Barcelona me traje una bandera, de esas de tela, de esas que todo mundo en España pone en el balcón. Nunca la he sacado. Es más, sigue conmigo a donde voy, pero siempre está guardada.
No me pongo camisetas de la selección mexicana cuando viajo. Ni cargo salsas en la mochila. Soy mexicana, me encanta mi mexicanidad, pero si me preguntan, yo me siento tijuanense, norteña. (Sí, ya sé: «te adoctrinaron los catalanes», dirán).
Cuando viví en Ciudad de México, uno de los efectos más chingones que me pasaron fue descubrir las cercanías de vivir en el centro. Viajé un chingo por el país, conocí pueblos y ciudades que ni sabía que existían y otros que no sabía lo que me estaba perdiendo. Y esa mexicanidad me encantó, pero también sentí que eso no era del todo mío. Lo mío era otra cosa. También mexicana, pero distinta.
Todo esto lo cuento porque así soy yo: doy introducciones eternas, déjenme.
Y porque a veces, hablar de identidad no empieza con una bandera ni con una receta. A veces empieza con una duda chiquita, una conversación random o una observación absurda que te hace decir: oye… ¿y esto de verdad es nuestro?
La sospecha: ¿y si no es tan nuestro como creemos?

El pan de muerto viene de un ritual católico europeo, la horchata es valenciana (y sin arroz, por cierto), y los alebrijes no son prehispánicos, aunque muchos lo juren. Lo nuestro, lo muy nuestro… tiene pasaporte múltiple.
Quiero hablar de esa sensación rara —a veces chistosa en plan risa nerviosa, a veces dolorosa— de darte cuenta, mientras viajas, de que lo tuyo no es tan tuyo como pensabas. Como cuando estaba en el País Vasco y me enteré que hay una ciudad que se llama como mi apellido: Orduña. O viajando por mi querida y bella Baja California, descubrí por qué hay tanto apellido inglés en el norte, como mi Bayliss. Y me pregunté: “¿Indígena maya no soy… entonces qué chingados soy?”
Uno de los regalos más grandes que me ha dado la vida es terminar viviendo en España. Porque —y aquí viene lo bueno— aquí fue donde entendí que soy una mexicana que no podría existir sin la llegada de los españoles.
Sí, sí. Ya sé. Respiren hondo. Me explico.
Porque claro que el México antiguo es nuestra raíz. Pero el México que hoy vivimos —ese que canta, come, reza y se viste con todo el dramatismo del mestizaje— no existiría sin el desmadre de la conquista.
Sin la mezcla forzada, pero también inevitable, de dos mundos que chocaron, se resistieron, se impregnaron y terminaron, como buenos exes, compartiendo casa, sazón y apellidos.
¿Y si nada de lo que creemos mexicano es realmente mexicano?

Tacos al pastor: shawarma con pasaporte mexicano. Llegaron con los inmigrantes libaneses y hoy son el desayuno, comida y cena de media nación. Si esto no es integración, no sé qué lo sea.
Tacos al pastor: shawarma con pasaporte mexicano.
Llegaron con los inmigrantes libaneses y hoy son el desayuno, comida y cena de media nación. Si esto no es integración, no sé qué lo sea.
Un descubrimiento doloroso, absurdo y sabrosamente inevitable.
No sé en qué momento empecé a sospechar. Tal vez fue en un viaje. Tal vez fue en una conversación con una española que me dijo que los churros eran suyos. Yo, con mi dignidad por delante, le dije que claro que no, que en México los comíamos con cajeta, y que eso ya los volvía mexicanos por derecho constitucional. Pero algo me picó. Y desde entonces, empecé a preguntar.
Porque resulta que los churros son españoles.
Las piñatas son chinas.
Y los arcos coloniales que tanto nos enorgullecen… sí, romanos.
¿QUÉ CLASE DE SIMULACIÓN ES ESTA?
Mi identidad entera, construida con micheladas, papel picado y alebrijes fluorescentes, empezó a tambalear. Y decidí hacer una lista. Una lista para comprobar que, en efecto, todo lo que creía firmemente mexicano… resulta que viene de otro lado.
Y ahí me salió otra parte de mi mexicanidad: la del orgullo. La del “¿cómo chingados que no?”
Y no lo digo con rencor. Lo digo con una mezcla de risa, crisis existencial y antojo de flan napolitano (romano, francés, español… y luego ya sí, mexicano).
La lista de la decepción (y el orgullo disfrazado)

Más mestizo que esto, imposible.
El traje charro viene de Andalucía, los bordados tienen alma barroca y la música lleva cuerdas europeas… pero el zapateado, ese sí, retumba con sabor a México.
Más mestizo que esto, imposible.
Aquí te va una muestra de mis hallazgos, todos verificados bajo el método científico de “lo leí en algún lado” y “me lo dijo un señor de un museo”:
- Los tacos al pastor vienen del Medio Oriente.
- La Virgen de Guadalupe tiene acento extremeño.
- La horchata es valenciana (y a parte, no lleva arroz).
- El tequila se fermentó primero con técnicas traídas por los españoles. Leyeron bien, sin españoles no tendríamos tequila.
- El mariachi toca guitarras que llegaron en barco desde Europa.
- El papel picado hizo escala en China antes de decorar nuestros altares.
- Las enchiladas suizas… se llaman así por el queso, ¿necesito decir más?
- El albur viene del barroco español. Me explico: No lo inventaron los españoles, pero viene de una tradición barroca heredada: juegos de palabras, retruécanos y dobles sentidos que en el Siglo de Oro eran el pan de cada día. Nosotros lo llevamos al extremo, le metimos picante y lo convertimos en arte callejero. Porque sí: decir “¿me das chance?” con triple intención es patrimonio nacional no reconocido por la UNESCO… pero debería.
- La rosca de reyes viene con muñeco desde España, no desde Aguascalientes.
- El bolillo, es pan francés infiltrado.
- El flan napolitano jamás pisó Nápoles, pero claramente nunca fue idea nuestra.
- La Catrina es una señora europea disfrazada de sátira nacional.
- La quesadilla tiene nombre español —viene de “quesada”— pero se volvió algo totalmente mexicano: tortilla doblada, relleno caliente y un debate nacional sobre si debe o no llevar queso. (¡Obvio lleva!)
- Los tacos dorados, el pan de muerto, el traje de charro y las serenatas… todos traen influencias coloniales, cortesanas o fritas en aceite europeo.
¿Y entonces qué nos queda?
¿Significa esto que no soy mexicana?
¿Que todo fue un espejismo patriótico condimentado con salsas ajenas?
¿Que mi país entero es una especie de remix barroco con cumbia y aguacate encima?
Pues… sí. Pero también no.
Porque si algo descubrí viajando, preguntando y viviendo fuera de México, es que ser mexicano no es tener un recetario puro ni una arquitectura 100% original. Ser mexicano es mezclar, transformar, agarrar lo ajeno, ponerle sazón y hacerlo nuestro sin pedir permiso.
Los diseños urbanísticos de las ciudades coloniales como Aguascalientes o Guanajuato son herencia española, sí, pero ese color, ese aroma, esa enjundia… ¡Es nuestra!
Llegué a un país donde tuve que explicarme a mí misma desde cero.
Donde descubrí que las tortillas son otra cosa, y hacer de tripas corazón cuando escucho que a los totopos les dicen nachos, que las fiestas patronales tienen otro ritmo, y que nadie sabe qué hacer con una piñata.
Y ahí, entre la confusión y la nostalgia, entendí algo: mi mexicanidad no se fue, se me volvió más clara.
La neta es que no importa si el pan de muerto viene de un ritual español, o si mis tacos tienen alma de no sé dónde chingados: los como en la calle, los comparto en familia, lo celebro con música y lo vivo con todo el corazón.
Así que sí: tal vez nada es 100% mexicano.
Pero lo mexicano, al final, soy yo.
Aunque viva fuera del país, y eso, nada ni nadie, por más que me digan que ya no estoy, que yo esto o lo otro… ni madres. Soy tan mexicana como los tacos del Frank.
Y eso sí: no soy patriótica, pero me sé el himno nacional entero, el juramento a la bandera y todo lo que se dice y se canta en misa. ¡Amén!
P.D. ¿Te quedaste con la duda de alguno? Si quieres saber cómo llegó ese algo a México, dime en los comentarios y te lo cuento rápido. Todo tiene historia.


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