El español es el mismo… hasta que cuentas un chiste

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Imagen con dos relojes mostrando la hora en Barcelona (14:00) y en Tijuana (06:00), con un mapa del mundo en el fondo en tonos neutros.

Tomó un ratito, pero al rato entendí que mi español tijuanense era un idioma aparte en Barcelona, es decir, no me entendían. Y es una sensación bien loca porque tú “hablas normal” y resulta que no te entienden. No solo es cuestión de acento, que siempre me dicen que no hablo como mexicana, a menos que diga wey, chingado, no manches y así… entonces ahí sí parezco.

Siempre respondo o cuento que soy del norte, que no hablo como en las telenovelas, con acento chilango. Pero ya me pasó en Mexicali o en Ciudad de México, las palabras locales no resuenan fuera de tu ciudad y para sentir esto hay que salir y vivirlo. Porque en cada lugar, las palabras cambian y el español o castellano se siente como una lengua infinita de pequeñas islas lingüísticas.

En Tijuana, si te encuentras a alguien, le dices “¿Qué onda?” o “¿Qué pex?”. En Barcelona te dicen “¿Cómo va?”.

Mi primera reacción fue un “¿Cómo va qué?”.

Porque en mi cabeza, eso necesita un complemento: ¿Cómo va el trabajo? ¿Cómo va tu vida? ¿Cómo va la dieta (mal, gracias por preguntar)? Pero no. Aquí “¿cómo va?” es un saludo autosuficiente. No necesita más contexto.

También está el clásico “¿Qué tal todo?”.

Al principio, yo me quedaba paralizada porque todo es demasiado. ¿Qué tal todo qué? ¿Mi trabajo, mi casa, mi estado emocional, la crisis mundial, el calentamiento global? ¡Definan “todo”, por favor!

Pero bueno, no es para tanto, es el qué onda español.

El maldito “luego”

Ilustración minimalista en tonos suaves de una mujer con cabello rizado, vestida de forma casual, sentada en una terraza en Barcelona. Mira su reloj con expresión de confusión, como si estuviera esperando a alguien. La imagen representa el choque cultural con la palabra “luego” y su diferente significado en México y España.
El español es el mismo en ambos lados del Atlántico, pero el tiempo y las palabras no siempre coinciden.

Esta me da mucha risa porque me mete en muchos problemas. Pero es que así como no dejaré de ser tijuanense nunca, el luego viene en mi ADN, además, es algo que parece que no tiene complicaciones, luego, ¿qué tiene de mexicano? Pues…

“Luego” significa para mí, después, pero en un tiempo indeterminado. Otro día, al rato, después de que pasen algunas cosas, no sé cuáles, pero luego… después de algunos momentos o situaciones.

  • Luego nos vemos → Nos vemos algún día, ya veremos.
  • Luego te aviso → No esperes noticias mías pronto, pero yo te aviso.

Pero aquí en España, “luego” significa inmediatamente, es lo que sigue después de lo que estoy haciendo.

  • Comemos y luego vamos a comprar → Después del café salimos a la calle a comprar. Es la acción inmediata.
  • Voy al baño y luego vamos → Al volver nos iremos a lo que sigue.

Imagínense el caos de comunicación.

Como aquella vez que me dijeron «luego nos vemos» y yo, tranquila, me fui a mi casa pensando que quedábamos otro día. Diez minutos después tenía cuatro llamadas perdidas y un mensaje de «¿Dónde estás?».

O la vez que alguien me dijo «voy luego» y me quedé esperando pensando que se refería a otro día, solo para ver que llegaba en cinco minutos.

Ya aprendí que el «luego» español es más rápido que el mío.

La palabra más peligrosa de todas

Ahorita.

No existe palabra más ambigua en la lengua española que “ahorita”.

Si digo “ahorita voy”, lo mejor que puedes hacer es sentarte y esperar sin expectativas. Puede ser en cinco minutos, en una hora, o en la próxima vida.

Pero en España, “ahorita” no existe. Para ellos, si dices “ahorita”, simplemente es el diminutivo de “ahora”. Y ahora significa ahora. Literalmente. Sin margen de interpretación.

El caos de los anglicismos

Y luego están todos esos anglicismos con los que he crecido y que aquí suenan raros.

Desde decirle “ache y eme” a H&M hasta decir “espiderman” a Spiderman, y pos no, no puedo. Una cosa es no soltar networking, branding, target, drinks, y derivados, y otra es decir mal el inglés.

Cuando yo salgo con mi inglés más masticado me miran raro, o sueltan risitas, es decir, me dan carrilla por el «acento», no manchen, acento, dicen.

Cuando hablar en otro país es como cambiar de idioma

A veces me pregunto si sigo hablando español o si ya aprendí otro idioma sin darme cuenta.

Porque antes decía cool, y ahora digo guay.
Antes decía simón, y ahora digo .
Antes decía ¿qué pedo?, y ahora digo ¿qué tal?.
Antes decía ok, y ahora digo vale.
Antes decía no seas mamón, y ahora digo ¿qué dices?.

Lo mismo con decir «ordenador» en vez de «computadora», «chándal» en vez de «pants», «ducha» en vez de «regadera», «servicios» en vez de «baños», «nevera» en vez de «refrigerador» o «coche» en vez de «carro». Y la lista sigue…

Y a esto hay que sumarle el catalán. Palabras que también entraron en mi vida para quedarse: merci, adéu, fins demà, de res, i tant, venga va.

Pero hay muchas otras expresiones que simplemente no puedo adoptar, como coger el bus, ven que te cojo, cógete fuerte… sigo usando el verbo agarrar.

Luego tienen sus cosas raras como subir para arriba y bajar para abajo. O el bocata vegetal cuando lleva atún y huevo. Ojalá le pusieran aguacate y la hacen torta. O a la regadera le dice alcachofa, sigo sin entenderlo.

El drama de los chistes que nadie entiende

Una cosa es que no me entiendan una palabra suelta, y otra muy diferente es que no entiendan una historia entera porque mi elección de palabras no tiene sentido aquí.

Ejemplo real:

  • Versión tijuanense: Iba caminando y de repente un wey en la calle me saludó bien compa. Me saqué de onda, pero luego vi que me estaba confundiendo con alguien y los dos agarramos cura del momento.
  • Versión internacional: Iba caminando y un chico me saludó como si me conociera. Me sorprendió, pero luego entendí que me había confundido con otra persona.

En la primera versión hay ritmo, hay sabor, hay chispa. En la segunda, parece que estoy explicando la escena de un documental.

Y eso es lo que más me frustra.

Porque explicar una gracia ya de por sí mata la gracia, pero tener que cambiar la forma en que lo cuento para que se entienda, le quita el alma.

¿Y qué hago con esto? Nada

Lo más gracioso es que ya llevo añales aquí y me sigue pasando. A veces me río sola, a veces me agüita.

Así que si un día me escuchas contar algo y luego empiezo a explicarlo mucho, no es que tenga vocación de Wikipedia, que bueno, estudié comunicación, no soy de pocas palabras, pero es que, entre traducciones internas y malentendidos, a veces hablo como subtítulo mal sincronizado. ¡Es lo que hay!

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