Estoy en un momento de mi vida que no me gusta. Algo dentro de mí está en ebullición, como si todo lo que creía sólido estuviera agrietándose. No es la primera vez que me pasa. Pero esta vez siento que llevo mucho tiempo cuestionándome, demasiado. Y está bien. Crecer es también preguntarse. Pero cuando no estás del todo bien, cuando arrastras un pie para avanzar, cuando cada paso se siente como un forcejeo con el tiempo, no tienes perspectiva para responder a todo lo que se agita en tu cabeza.
Sigo sintiendo la necesidad de decir algunas cosas que ya he dicho. Me leo y veo que estoy como en bucle con los mismos sentimientos. Supongo que no los entiendo del todo y que le estoy buscando tres pies al gato.
Este 2025 cumplí 10 años de casada. ¡Y es un chingo de tiempo! No es una fecha que sea tan protagonista en mi vida; lo es más la fecha en que nos conocimos, y de eso hace 13 años. Pero aun así, hay algo en estos números que me confronta. Porque también hace 16 años que dejé Tijuana. Y no sé qué hacer con esa información. No sé cómo conciliar o asimilar esa distancia con la persona que soy ahora. Es como si dentro de mí hubiera una resistencia a aceptarlo, porque en el fondo quiero todo. Quiero estar aquí, pero quiero estar allá. Quiero ir a Tijuana mucho más, es como una necesidad de ir por fuerzas. Lo de ir cada dos años no está cool, y que pasaran cuatro años sin ir entre pandemia y embarazo, peor aún. Es como si el hilo que me une a Tijuana se hubiera aflojado, como si ya no lo sintiera tan tenso en mis manos.
Tijuana es mi fil vermell

Hace unos días fui a ver la obra de teatro infantil El fil vermell, el hilo rojo que une a las personas o a todo aquello que amas y que siempre vivirá en ti. Y pensé en Tijuana. Pensé en todas las veces que me han hecho sentir que ya no soy de ahí. Pero no: sigo sintiéndome parte. Sigo sintiendo que es mi casa. Aún con sus cambios, aún con las transformaciones que he visto desde lejos.
Porque esa es otra: todo este tiempo fuera me ha tocado ver cómo cambia mi Tijuana en la distancia. Siempre ha sido una ciudad importante para México, pero ahora el crecimiento ya no es solo de mexicanos; hay desde haitianos, hasta estadounidenses y sudamericanos. Hay más gente, más caos, más historias superpuestas. El Cecut sigue siendo el Cecut, pero ahora es más Cecut que nunca, con más festivales, más cultura. La Revu no deja de transformarse. Tijuana justo cuando me fui vivía el boom de la cerveza artesanal y del Valle de Guadalupe. Lo que antes veía en partys caseros con amigos que llevaban sus cheves experimentales, ahora lo veo convertido en marcas, bares y tours con influencers nacionales e internacionales paseando por calles que eran mías. Mías.
Y luego está la parte personal. Siempre que voy, me encuentro con menos personas en la calle. Antes, tenía la impresión de que conocía a toda Tijuana. Iba a cualquier parte y me topaba con alguien. Esa sensación, wow, la extraño un chingo. Eso pura madre me pasa en Barcelona. Ni me pasó en Mexicali ni en Ciudad de México. Solo me pasa en Tijuana. Pero ahora me pasa menos. Hay más gente, y mi gente ha seguido su vida sin mí, obvio. Pero duele un poco ver todo en la distancia.
La última visita, estaba en una cena y una amiga me preguntó: ¿Qué es lo que más extrañas? Y sin pensarlo, respondí desde el corazón: A ustedes. ¡Esto! Estar juntos, salir con gente con la que conecto, con la que puedo ser sin filtros. Sentirme en casa. Y sí, la distancia también nos ha dado otro nivel de amistad, de cariño. Nos hizo más conscientes de lo que somos, porque hay amistades que no se deshacen, solo aprenden a existir en la ausencia.
Antes hablaba diario o cada semana con unas cuantas. Ahora, a veces pasan meses. Hace poco me escribió un vecino. Años sin hablar, y no fue para ponerse al día, sino para pedirme el teléfono de mi mamá. Su vecina. Es curioso cómo, desde la distancia, parezco más accesible que alguien que sigue viviendo ahí.
Esta dualidad me recuerda a Tijuanenses, de Federico Campbell. En el libro, Tijuana es un personaje vivo, siempre en movimiento, en constante transformación. Así me siento yo. Aunque llevo más de una década en Barcelona, donde me siento parte y tengo a mi propia familia, en Tijuana mi identidad más profunda simplemente es. Ahí no necesito cambiar el chip, ni adaptar mi lenguaje, ni explicar mis chistes. Formo parte. Y aunque cuando voy me digan cosas que me hacen sentir ajena, ¡ni madres!
«Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos», dice Juan Villoro. Y en esta idea encuentro un poquito de respuesta. Quizá no se trata de conciliarlo todo, de pelear con el tiempo o de encontrar una lógica en la distancia. Quizá simplemente soy una viajera con dos lugares en el corazón. Una que lleva Tijuana donde sea, aunque a la Tijuana al que regrese nunca sea la misma que dejé.
No me arrepiento de mis decisiones. De hecho, en el top de mis decisiones está haberme subido al avión en marzo del 2012. Fui muy valiente, impulsiva y estaba llena de energía para vivir, como si fuera el primer día del gimnasio. Y ahora me pregunto si seguiré aquí en 10 años más. ¿Seguiré sintiendo esta dualidad? ¿Seguiré buscando respuestas a preguntas que tal vez no las tienen? ¿Todas estas preguntas me las haría si me sintiera en un mejor momento?
Y mientras tanto, aquí sigo, con una maleta medio hecha en la cabeza, con una lista de tacos pendientes y con la certeza de que Tijuana, aunque a veces me haga dudar, nunca me suelta del todo. Y qué bueno, porque todavía me faltan muchos viajes de regreso, aunque sea solo para comprobar que sigo siendo de ahí, aunque me toque preguntar dónde está el nuevo lugar de moda para comer birria.
Y quién sabe, quizá un día, entre taco y taco, me descubra diciendo «ahorita vengo» y esta vez, en serio, no tarde otros 16 años en darme cuenta del paso del tiempo.


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