Piñatas: Del desmadre mexicano al orden europeo

Published by

on

Piñatas mexicanas, un ritual de identidad en México que también se vive en España

En México, decir “tengo una piñata” equivale a decir “tengo un cumpleaños”. Nadie menciona fiestas; hablamos de piñatas. Si una niña te dice que va a una piñata, ya sabes que habrá pastel, dulces y una buena dosis de caos organizado.

La piñata es el alma de cualquier fiesta. Imagínate el patio de una casa lleno de niños y niñas brincando como chapulines, mientras una piñata cuelga, balanceándose peligrosamente con cada tirón de cuerda. Los gritos suben como espuma al ritmo de la canción:
“¡Dale, dale, dale, no pierdas el tino!”

Y nada de pegarle con desorden, no. Hay que hacer fila por estatura, y poco a poco se va subiendo la intensidad, hasta que llegan los más grandes y la desmadran. Cada golpe es un poco de frustración acumulada y una explosión de esperanza, porque a veces no cae nada, pero otras veces caen dulces poco a poco. Y cuando finalmente la piñata se rompe y los dulces llueven, el patio se convierte en una batalla campal de carcajadas, confeti y codazos por los mejores dulces, que son enchilosos, claro. En México no se celebran cumpleaños; se celebran piñatas. Porque, al final, eso es lo que realmente importa.

Recuerdo mis piñatas de niña con mucho cariño; fui muy feliz en ellas. Era esa niña gandalla que estiraba todas sus extremidades para abarcar todo el espacio posible y, como barredora, traía todos los dulces hacia mí para guardarlos en mi bolsita. Porque en mis tiempos, te daban una bolsita para que guardaras los dulces de la piñata. Y antes de irte, te daban otra bolsita con más dulces, de un nivel más alto, tipo más chocolates o alguna sorpresa.

Ahora que lo pienso, no sé si me comía tanto dulce o si mi mamá los desaparecía… o se los comía ella.

Pero todo esto, en Europa no pasa. ¡Ah, el primer mundo!

Piñatas de hilos: el shock cultural más dulce

Piñata de hilos para tirar y romper.

Cuando llegué a Barcelona, me encontré con algo llamado piñatas de hilos. Sinceramente, quedé en shock. ¿Cómo que no hay palo? ¿Cómo que no se le pega? ¿Cómo que no hay canción? ¡No entiendo nada! ¿Qué patada es esta?

No sé para qué copian algo si lo hacen todo mal. Aquí las piñatas son más simbólicas: Para empezar, son de cartulina, no de cartón. Tiras de los hilos, hasta que mágicamente se abren y dejan caer los dulces. Esto dura a lo mucho cinco ridículos minutos. Esta versión políticamente correcta elimina los riesgos de un golpe accidental y promueve la paciencia. Ideal para el ambiente europeo, tan reglamentado y ordenado. Pero, para mí, esto no es una piñata; es un ejercicio de autocontrol… ¡y aburrido, además! 

Intenté adaptarme. Al principio observé, respeté las tradiciones locales y me reí en plan risa falsa de cordialidad, sin decir nada. Pero mi mexicanidad piñatera terminó por salir al quite. ¡Me quemaba por dentro!

En una fiesta, una mamá argentina me pidió ayuda porque no entendía cómo funcionaba la piñata. Ahí estaba mi oportunidad: organicé a los niños, canté el dale, dale y me aseguré de que el palo hiciera su debut en Barcelona. Desde entonces, me gané el título no oficial de “la señora de la piñata”. Bueno, el título me lo puse yo solita. 

Ahora, ni espero invitación formal; me convierto en la voluntaria metiche de las fiestas infantiles cuando hay piñata. Porque, claro, si hay algo que los mexicanos/as sabemos hacer bien es tomar las riendas cuando se trata de una piñata.

Los enredos culturales de las piñatas

En Tijuana preparando una piñata.
Esta soy yo en Tijuana en 2021, llegando de comprar la piñata para empezar a organizar el partyson.

Eso sí, he vivido momentos culturales dignos de carcajadas. Desde familias que compran piñatas vacías pensando que ya vienen llenas (como si fueran cajas mágicas), hasta quienes intentan meter juguetes gigantes por agujeros más pequeños que un cacahuate.

Pero lo mejor fue escuchar a mi precioso y hermoso hijo todo emocionado decir: ¡Vamos a cagar la piñata!.  ¡Ahí morí de ternura! Casi se me sale la lagrimita porque, ¡tiene todo el sentido! Pero es que además, es la mezcla perfecta de lo que es. Hijo de una mexicana y un catalán. Confundió la piñata con el Tió de Nadal, ese tronquito catalán al que literalmente haces “cagar” regalos a palazos, como a la piñata. ¡Cosita! 

Y aquí viene la ironía: aunque defiendo a capa y espada que la piñata es algo 100% mexicano, su origen está lejos de serlo. Las piñatas nacieron en China, donde figuras de papel se rompían al inicio de la primavera para atraer buena suerte. De ahí viajaron a Italia, luego a España, y finalmente aterrizaron en México, donde les dimos palo, canción y sabor. Lo que empezó como una tradición china es ahora un símbolo inconfundible de las fiestas mexicanas. 

Barcelona, piñatas y el toque mexicano

Admito que las piñatas de hilos puede que tengan su encanto. Son prácticas, seguras y, sobre todo, tranquilas. Pero nada supera el caos, los gritos y la emoción de una piñata tradicional. Por eso, en cada fiesta a la que voy en Barcelona, estoy lista para poner orden y agregar un toque mexican. 

Ahora soy la señora que cuando hay piñata, toma el mando. Organiza a los niños y niñas en fila, les enseña a cantar “dale, dale” con la entonación correcta, echa mirada matadora a los padres y madres para que aplaudan en la canción, y  da una clase exprés de cómo romper una piñata como se debe: con toda la fuerza del mundo y a palo limpio. ¡A huevo! 

Porque donde hay piñata, siempre manda el desmadre mexicano. ¿Orden europeo? Aquí no aplica, comper.

Deja un comentario

Descubre más desde AHORITA VENGO

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo