El otro día en el parque, hablando con una amiga, caímos en una de esas conversaciones que empiezan hablando del clima y acaban cuestionando el sentido de la vida. Confesé: “Hay cosas que tienen que cambiar. Yo, aquí, 10 años más, no me veo”. Ella me miró con sorpresa. “¿Pero cómo? ¿De vuelta a México?”
Me reí. No hablaba de México o de España. Hablaba de esta versión de mí, de este lugar en el que estoy plantada como un cactus que pide menos agua pero más luz. Su pregunta me dejó pensando. Siempre que hablo de cambios, las conversaciones con mis amistades, ya sea aquí o allá, tienden a tomar un giro inesperado y se habla del volver.
Pero, sinceramente, nunca me fui. No es un capricho el título de mi blog: Ahorita vengo. Cuando llegué a Barcelona, lo hice con la intención de estar un año. Nada más.
El tiempo: experiencia, no reloj

Nunca he medido mi vida aquí en años. ¿Cinco? ¿Diez? ¿Veinte? El tiempo, para mí, es una colección de vivencias, no una línea que marque la meta. ¡Tengo problemas con la realidad, afrontarla, entenderla y aceptarla. Con el tiempo o el paso de él, me pasa igual! Vine con un objetivo claro pero lo que me hizo quedarme no fue ese diploma, sino lo que encontré en el camino. Es como cuando sales al súper a comprar leche y vuelves con una bolsa llena de cosas que ni sabías que querías.
Al principio era todo nuevo, emocionante, casi mágico. Después, bueno… la vida empezó a parecerse más a la vida: con sus rutinas, sus lunes cansados y las batallas interminables para encontrar un buen aguacate en el mercado. Lo que al principio era un experimento, ahora es mi día a día. No soy tanto la extranjera que aterrizó en blandito, sino alguien que, sin darse cuenta, se instaló.
Vivir en lo inimaginable
Cuando llegué, vine con ideas vagas, casi caricaturescas, de lo que era España. Y acabé en Cataluña, un lugar que ni siquiera estaba en mi mapa mental. No sabía quién era Gaudí ni qué significaba el modernismo catalán, ni que se hablara catalán. Mi imaginario estaba lleno de tópicos y colores difusos. Lo que encontré fue otra lengua, otra cultura, otra forma de entender el mundo. Me vi explicando mis chistes… y eso es muy bizarro.
Es curioso cómo esas sorpresas son las que moldean más profundamente. Vine por el máster, sí, pero lo que me atrapó fue el constante descubrimiento. No había carreteras conocidas ni rutas familiares. Todo lo construí desde cero, y aunque al principio eso me hacía sentir vulnerable, ahora lo agradezco. Es una especie de superpoder: aprender a empezar, una y otra vez.
Del vacío a la intimidad
Recuerdo mi primer cumpleaños aquí. Treinta años, sola, en la playa. Ni amigos, ni pastel, pero abrazada por la sensación de que podía con todo. Me sentía ligera, como un globo que no teme perderse porque sabe que siempre hay una mano dispuesta a sujetarlo.
Con el tiempo, esa ligereza se transformó. Lo que al principio era un vacío incómodo se convirtió en una intimidad acogedora. Poco a poco, construí una red de personas, lugares y rutinas que ahora se sienten como un abrazo. Barcelona dejó de ser un lugar de paso y empezó a ser hogar.
La pregunta que pesa

Cuando mi amiga me preguntó si regresaría, algo en su tono me hizo detenerme. ¿Por qué asociamos los cambios con un regreso? Tal vez porque crecimos con la idea de que avanzar es construir en lo conocido, volver a lo familiar. Pero mi camino es diferente, menos colectivo y más personal.
¿Me veo aquí 10 años más? Pues qué crees, sí, me veo. Antes, el tiempo era como una nube gris que me susurraba: “En algún momento te vas a regresar.” Ahora es solo el eco de algo que ya no escucho. Estoy aquí, bajo el sol mediterráneo, viviendo una vida que nunca planeé pero que me gusta. ¿Y sabes qué? Lo hice por amor. Porque, sí, soy una romántica incurable, pero no de las que esperan príncipes; soy de las que incluso los rechaza. Eso sí, cuando tengo enfrente algo genuino, me entrego. ¡Y pierdo la cabeza porque soy puro corazón, y así fue!
La nueva ruta
Al mirar atrás, no puedo evitar sonreírle a esa versión de mí que, con miedo y valentía, se subió al avión sin saber bien a dónde iba. Si lo pienso, siento aún lo que sentía en ese momento. Ahora, al pensar en los próximos 10 años, siento lo mismo que aquel día en la playa: ligereza y ganas de seguir descubriendo. Porque es que además, aquí me convertí en mamá, como para no seguir descubriendo nuevas experiencias.
Antes, ser “de fuera” era un recordatorio incómodo, una etiqueta. Hoy lo llevo como una medalla. Mi identidad ya no cabe en un solo lugar; es una mezcla rica, como una buena salsita para los tacos. Y quizá ese sea el verdadero regalo de esta vida fuera de mi Tijuana preciosa: la oportunidad de seguir cuestionándome, creciendo y construyendo. Si hace 13 años no podía imaginar que estaría aquí, me emociona pensar en lo que me espera en 10 años más. Y decir: ¡No seas mamón!
¿Sabes? A veces, esas pequeñas preguntas al azar, como la de mi amiga, son como piedras que caen en un lago tranquilo. Al principio, solo son un sonido sutil. Pero si las dejas, esas ondas se expanden hasta tocar orillas que ni siquiera sabías que existían.
¿Dónde te ves en 10 años?
Vivir en el extranjero cambia nuestra manera de medir el tiempo y construir el hogar. Si alguna vez has dudado sobre regresar a tu país o encontrar tu lugar en el mundo, cuéntamelo en los comentarios. ¡Me encantaría saber tu historia!


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