¿Qué es el hogar?

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Reflexión sobre el hogar desde la perspectiva de una migrante.

El hogar, puede ser para muchos, un espacio físico. Un lugar con un techo, paredes, ventanas, un patio o balcón, y esa sensación de seguridad que te envuelve al cerrar la puerta tras un día largo: Tú hogar. Pero para mí, migrar me llevó a cuestionar esta idea. Me tomó tiempo, pero con los años entendí algo crucial: el hogar soy yo.

El hogar está donde decido estar, donde me siento querida, segura, amada y aceptada. Quizá esta última sea la más importante para mí: saber que, pase lo que pase, sin importar el momento, el qué y el cómo, estoy siendo aceptada. Esa sensación es la que, al final, me hace sentir en casa, porque en mi casa me querían a pesar de todo. 

Durante mucho tiempo, creí que mi verdadero hogar estaba en Tijuana, ese espacio territorial que siento mío, donde mi lenguaje más personal fluye sin pensar, donde soy yo, sin más. Pero al mismo tiempo, reconozco que ya no soy la misma Arlene que vivía allá. La vida me ha cambiado, y con el tiempo he aprendido que el hogar no es un lugar fijo, sino un espacio que se construye y reconstruye constantemente.

Virginia Woolf escribió una vez: «No se puede encontrar la paz evitando la vida». Y creo que lo mismo aplica al hogar. No es algo que simplemente te espera intacto, como si el tiempo no hubiera pasado. Es algo que cambias y que te cambia. En mi caso, no fue hasta que me desarraigué de mi hogar original que entendí que no estaba perdiendo nada. En realidad, estaba ganando una nueva oportunidad para construir algo más, aunque al principio no lo supiera y me costara trabajo entenderlo.

Hoy, especialmente desde que soy mamá, mi hogar se ha transformado. No es un lugar físico, sino una sensación emocional. Mi hogar es donde estoy con ellos, donde estamos los tres juntos. Es dormir en la misma cama, es pasar la Navidad solos pero acompañados por el aroma del pozole, pintando, cocinando bizcochos, leyendo cuentos, construyendo casas o paseando en bicicleta. No hay lugar más amoroso e íntimo que eso.

El hogar, ahora lo entiendo, es como un libro con muchas ediciones. La primera edición es especial, cargada de inocencia y recuerdos de la infancia, como una hoja en blanco que se llena sin esfuerzo. Pero con los años, vamos escribiendo nuevas versiones, adaptando las páginas a las personas que nos convertimos y a los lugares que habitamos.

Leer «La casa de los espíritus» de Isabel Allende me ayudó a entender esta dualidad. En sus páginas, el hogar no es solo una casa, sino un espacio impregnado de las historias, las memorias y los espíritus de quienes lo habitan. Lo mismo siento yo: mi hogar está lleno de fragmentos, voces y momentos que me han formado, que me siguen acompañando incluso a miles de kilómetros de distancia.

Hablar con amigos/as mexicanos/as en Barcelona o escuchar a Café Tacuba o Los Tigres del Norte en concierto me hace sentir que por un momento la distancia desaparece, que por unos instantes vuelvo a estar en casa. Pero también he aprendido a dejar que esa nostalgia no sea una cadena. Comparar Tijuana y Barcelona es inevitable, pero no lo hago para elegir entre ellas. Lo hago para valorar más tanto el «allá» como el «aquí». ¡Y es una sensación muy chingona! 

Migrar me enseñó que el hogar no es estático. Es como un río: fluye, se adapta, encuentra nuevas formas de avanzar. Al principio, yo no sabía cómo manejar esa corriente. El desarraigo me dejó flotando, sin anclas. Me tomó tiempo darme cuenta de que no se trataba de perder, sino de aprender a nadar en aguas nuevas. Me tomó tiempo entender incluso, que estaba migrando, que estaba cambiando de casa a miles de kilómetros. 

Hoy puedo decir que mi casa no tiene dirección postal. Es un lugar donde el amor y la aceptación siempre están presentes. Es un espacio interno que llevo conmigo y que construyo en cada momento. Mi casa somos los tres, las risas que compartimos, el pozole y los canelones en Navidad.

El hogar, como todo en la vida, evoluciona con nosotras. Quizá todos llevamos más de un hogar dentro, lugares que construimos, sensaciones que aprendemos a reconocer. Al final, creo que el hogar no es algo que buscamos afuera. Es algo que construimos con lo que llevamos dentro. Y supongo, espero, seguir construyendo mi propio concepto. Después de todo, un hogar siempre es más bonito si sabe a amor y a guacamole.

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