¡Rita, mira quién va a estar en Barcelona! Me soltó la noticia mi compa de Mexicali, aquel que compartió depa conmigo en la CDMX y ahora anda echando raíces en Berlín. «¿Vamos?», le respondí. “¡Arre!”, me dijo. Compré los boletos, se los mandé y marcamos la fecha en el calendario.
Llegó el día. Al acercarnos a la zona del concierto, comenzamos a empaparnos del ambiente. Sombreros, botas… pero nosotros, de pura cepa norteña, al estilo de los Tigres del Norte, ellos de Sinaloa y nosotros de Baja California, sentíamos un orgullo genuino al identificar cada sombrero que no era de la región, cada bota que no era mexicana. “La raza se disfraza”, soltó mi compa. “Simón”, le dije.
Poco a poco, nos dimos cuenta de que no íbamos a un concierto de un grupo del norte de México, sino a un grupo que representa a México. Fue como un recordatorio de que México está lejos y eran los Tigres quienes nos estaban acercando al país.

A las ocho ya estábamos instalados en nuestro lugar. A medida que se acercaba la hora del concierto, los videos de los Tigres del Norte inundaban la pantalla gigante y cada vez que iniciaba una canción, la raza se emocionaba. Banderas de Colombia, Honduras, Guatemala, Ecuador, Paraguay, Costa Rica, y, por supuesto, de México se veían en todo el auditorio. Fue una sorpresa descubrir la amalgama de culturas latinas, estaba lleno de «panchitos» como nos llaman en España, a veces con tono gracioso, a veces en tono despectivo. Pero en ese momento, la escena era más que apropiada entre botas, sombreros, ponchos y sarapes.
El concierto arrancó puntual a las ocho y media. Todos de pie y listos para dejarnos llevar por el acordeón. Y con la misma energía que empezaron acabaron. La banda no perdió ni un segundo. Canción tras canción, una tras otra, sin perder el tiempo nos sumergieron en un viaje lleno de historias, y así presentaban a las canciones: la siguiente historia…En más de una ocasión, Jorge Hernández, el líder del grupo, se convirtió en un poeta, recitando entre acordes de acordeón y guitarras con su voz envolvente.
Me di cuenta de que estábamos frente a un emblema viviente de la música, cuyas melodías han sido la banda sonora de muchas vidas, incluida la mía. Aunque no conocía todas sus canciones de memoria, sentía su esencia musical en cada nota, y eso era suficiente para querer bailar al ritmo de su música norteña.
La conexión entre Los Tigres del Norte y el público se sentía. Aunque muchas de sus canciones están centradas en la experiencia de los mexicanos en Estados Unidos, sus letras resonaban con todos los latinos presentes en el concierto que también vivimos lejos de nuestras raíces. Sentí que entendían la nostalgia, el esfuerzo, la lucha por abrirse camino en tierras extranjeras, y eso nos unía de una manera única. Nos estaban apapachando con su música.
Incluso, los corridos, se cantaban como si nosotros fuéramos parte de esos grupos de malandros. Escuchar entre el bajo y le acordeón unos balazos y al mismo tiempo el efecto de luces, me daba entre risa y vergüenza, ver cómo la narcocultura está presente y “tan normal”. Después de todo, los Tigres del Norte tienen narcocorridos que incluso han sido censurados en México pero que al mismo tiempo, tienen otros que los han hecho aún más famosos, como “El jefe de jefes”.
Cuando llegó el momento de los saludos, los Tigres del Norte mencionaron país por país de las banderas que veían, y había un chingo de gente de Honduras y en cambio, me dió la impresión de pocos mexicanos. Sin embargo, mi compa y yo nos sentimos representados cuando, de repente, un mariachi apareció en el escenario, seguido de adelitas y charros, mientras los Tigres interpretaban canciones de Vicente Fernández. “¡No mames, qué chingón!” le dije a mi compa. “¡Estos weyes vienen con todo!”, me responde.
Y en el momento álgido del mariachi, salió a escena una sevillana que se mezcla entre los charros, es decir, la música regional mexicana mezclada con mariachi y flamenco, una celebración de cómo las fronteras culturales pueden desvanecerse a través del arte y la música y coexisten. Después de todo, todos los latinos que estuvimos en el concierto éramos el ejemplo vivo. Supongo que, al ver a los Tigres del Norte en Barcelona no es lo mismo que verlos en México, la emoción es distinta, más intensa.
Estos batos son intensos. Tienen en su historial un chingo de películas, de discos, de premios, un MTV Unplugged, son nuestros Rolling Stones. Sentí orgullo de ser testigo de su cercanía, de su estilo único y, sobre todo, de su inigualable trayectoria y claro, ¡de que sean norteños!
Y mientras sonaban los últimos acordes, salen las adelitas y los charros con banderas latinoamericanas, y comienza la canción “América”.
Soy un gaucho al galope por las pampas
Soy charrúa, soy jíbaro otomano
Soy chapín, esquimal, Príncipe Maya
Soy guajiro, soy charro Mexicano
Si el que nace en Europa es Europeo
Y el que nace en el África, Africano
Yo que he nacido en América y no veo
Por qué yo no he de ser Americano
Porque América es todo el continente
Y el que nace aquí es Americano
El color podrá ser diferente
Más como hijos de Dios somos hermanos
No pues todo mundo se vino arriba. “Estos batos bien qué saben a dónde darle”, me dice mi compa. “Simón”, le respondí. Los Tigres del Norte en Barcelona no solo nos ofrecieron música, nos regalaron un pedacito de hogar en tierras lejanas, haciéndonos sentir parte de una gran familia latinoamericana que, aunque dispersa, está unida por la música, las tradiciones y una inquebrantable sensación de pertenencia. Y para muestra, salir del auditorio y que nos ofrecieran comida. ¿Hay algo más latino que eso?


Deja un comentario