Me encuentro en un punto similar al de cuando estaba a punto de cumplir cuarenta años, navegando en la incertidumbre de lo que realmente significa sumar años a la vida. Vivir, claro, pero aún me cuesta trabajo hacerme a la idea de haber cruzado la barrera de los cuarenta, y estos cuarenta y dos parecen ser la estampilla que confirma que, efectivamente, los cuarenta llegaron hace un par de años. No es la edad la que hace que me tiemblen las piernas, sino la idea de que el tiempo se me escape entre los dedos como arena al viento. Una parte de mí siente pánico al pensar en quedarme sin tiempo para vivir todas esas experiencias que aún tengo pendientes, para abrazar cada sueño y para soltar las risas que aún no he soltado. Es como si estuviera en una carrera contra el reloj, intentando absorber cada segundo antes de que se evapore. Porque, en el mejor de los casos y así lo deseo, estoy a la mitad de mi vida.
Y en este navegar por las aguas a veces turbulentas de la vida, también encuentro mis crisis. Lo mío son las crisis existenciales, esos momentos profundos de introspección en los que me detengo a cuestionarme sobre el camino que estoy tomando. Me pregunto si realmente me gusta el rumbo de mi vida, si me satisface. Es un proceso de indagación que me lleva a cuestionar no solo mis elecciones actuales sino también las posibilidades del futuro: ¿Estoy viviendo conforme a mis verdaderos deseos? ¿Qué es lo que realmente valoro en la vida? ¿Mis acciones reflejan mis convicciones más profundas o estoy simplemente siguiendo un camino trazado por las expectativas de otros? O peor aún, ¿voy en automático? Como dijo Anaïs Nin: «La vida se encoge o se expande en proporción al coraje de uno». ¿Del 1 al 10, con cuánto coraje estoy viviendo?
Sin embargo, en muchos aspectos, me siento plena. Creo que soy más libre. El haberme alejado de mi ciudad me ha ayudado, sin saberlo y a veces sufriendo un poco. Atrás han quedado muchos formalismos, obligaciones e incluso personas que estaban en mi vida por costumbre más que por elección. Me deshice de todo lo que, sin darme cuenta y sin luchar, me impedía ser yo misma y es curioso, ahora estoy quizá, más que nunca, reconectando conmigo para ser más yo. Si hay algo que he aprendido es la consciencia de mi propia existencia: de respirar, de mi cuerpo, de mis emociones, de mis traumas, y hasta de aquello que me molesta en lo cotidiano. Ahora tengo la fortaleza de decir «no» con mayor convicción. Aunque quizás tengo más preguntas que respuestas.
Escucho a una voz en mi interior que interroga mi pasado y mi presente: mi situación laboral, el saldo de mi cuenta bancaria, lo típico… qué tengo, qué desearía tener, qué soy, qué debo seguir trabajando. Y bueno, el peso del tiempo no lo veo de manera negativa, sino más bien desde una especie de incredulidad y una resistencia a aceptar la realidad. Es común sentirme escéptica, quizás un poco ingenua, y por momentos como una niña que no logra comprender el paso de los años. ¿Dónde quedaron los treinta? Cuando cumplí treinta y cinco, recuerdo decir más de una vez que me sentía de veintiocho. Ahora, me siento quizá más cerca de los treinta, pero es que los treinta y cinco ya están un poquito lejos.
No cabe duda que valoro lo que tengo: paz, tranquilidad, armonía, y me doy cuenta de que mi vida nunca ha sido tan sencilla y tranquila. Esto es algo inesperado, algo que quizás en otro momento no hubiera podido imaginar, porque asociaba el éxito o la felicidad a tener una vida ocupada, a andar en chinga, a «ser importante», tener un puesto de trabajo relevante, y que el éxito se notara en mi ropa, en el carro que manejaba o a dónde salía a comer o divertirme. Pero si algo tiene cambiar de país es que los códigos y los conceptos, como el de la calidad de vida, se transforman. Ahora sé que llevo una vida privilegiada, antes también, pero es en este país donde la he llevado a un nivel de tranquilidad que ni yo creía posible que me iba a gustar.
Pero claro que me doy cuenta que hay decisiones que hubiera cambiado. Algunas las tomé tarde, atrapada entre la indecisión y el temor; otras estuvieron guiadas por mi inseguridad, el temor al qué dirán, y la necesidad de aceptación. Pero al final, poco puedo hacer más allá de aceptar quien fui, ya que eso me ha moldeado en quien soy hoy. Y no es que ya lo haya aceptado del todo, pero al menos tengo más conciencia de que tengo que avanzar en esa dirección. Y así voy, paso a paso, sorprendiéndome y dejando que la vida me sorprenda. Sigo enfrentando asuntos pendientes, llorando en terapia al intentar reconciliar y sanar las heridas de mi infancia, lidiando con una relación complicada con mi mamá, un padre ausente, un padrastro fallecido y una hermana con la que la distancia se ha vuelto mucho más que física. Una familia que ya no tiene cabeza pero cuyos miembros están ahí, algunos más cerca que otros, abrazando a los que quieren abrazarme. Una familia que ahora yo construyo, quizá lejos de los ideales pero sincera, llena de amor y sobre todo, asegurándome que el día a día tenga risas, comida rica y momentos de parque.
Ahora mismo, mi gran desafío es la estabilidad laboral, pero no sé si a esa debería acostumbrarme en vez de quejarme, porque se ha vuelto una cotidianidad. O quizá, deba seguir buscando y entender que para eso, no hay edad. La idea de reinventarme en el trabajo me ronda constantemente, sembrando dudas sobre si debería seguir el camino ya trazado o aventurarme en nuevas direcciones que quizá desconozco. Es como si estuviera parada en una encrucijada, con múltiples caminos frente a mí, cada uno con su propio conjunto de retos y oportunidades, y me pregunto si tendré el valor de tomar uno menos transitado. Una vez escuché una frase que decía: «Esta vida es muy corta, pero se pueden tener muchas vidas». ¿Será que debo empezar una nueva?
Cerrando este círculo reflexivo, regreso a la esencia de mi viaje: la vida como un continuo aprendizaje y adaptación, un navegar por aguas conocidas y desconocidas donde cada año suma más que tiempo: suma experiencias, sabiduría y, sobre todo, la oportunidad de redescubrirme. A estos cuarenta y dos, sigo intentado ser arquitecta, consciente de que la verdadera brújula que guía mi viaje no está en las expectativas externas, sino en el valor de escuchar mi propia voz, esa que me invita a explorar, a cuestionar y, finalmente, a abrazar la vida en toda su complejidad. Porque lo gacho no es cumplir años, sino no cumplirlos.


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