Aquí no fluye el dinero, ¿por qué, España?

Published by

on

Aquí no fluye el dinero | Ahorita Vengo


Navegar en el mercado laboral de España es como intentar surfear en un océano donde apenas hay olas y, cuando aparecen, son difíciles de cabalgar. La ola a la que te subes apenas alcanza para mantener la tabla a flote. Aquí, el trabajo no es un fruto que abunde en los árboles, ni puedes simplemente inventar un empleo.

Lo que sobra son trabajos en el campo, detrás del volante de un camión o en la barra de un bar. Y si aspiras a roles como jardinera o panadera, necesitas un papel que certifique tus habilidades. Reinventarse aquí implica, literalmente, volver a nacer: estudiar de nuevo y luego retomar la odisea laboral y con suerte, encontrar trabajo, pero mientras tanto, ¿cómo remas en este mar?

Recuerdo el shock al conocer a compañeras de máster en Barcelona, cobrando el paro pero estudiando de nuevo, como si el estudio fuera un refugio seguro frente a la tormenta del desempleo. Me encontré con gente armada hasta los dientes con doble titulación, dos o tres másteres y políglotas en busca de un puerto seguro donde atracar su barco laboral. En México, nos damos por bien servidos con el inglés, en Barcelona además de ser bilingües desde la cuna, escuchas muchísimos idiomas a tu alrededor. Me sentía, pues, un poco como un pez fuera del agua, nadando a contracorriente en un mar de idiomas porque, además, descubrí que yo no hablaba español, sino mexicano, y que en Barcelona no se habla castellano, sino catalán. Y por varias razones que no voy a contar ahora pero que todxs sabemos, el mexicano tiene menos valor que el francés, o el alemán.

Mi tabla de surf de pronto empezó a encogerse. Quizás, en un país desarrollado, donde las necesidades básicas de la mayoría están cubiertas, hay menos trabajos disponibles; puede que por eso sea tan difícil encontrar empleo. Encontré un dato que me llamó mucho la atención: Según Asempleo de 2021 , las personas en situación de desempleo tardan 11,6 meses de media en encontrar trabajo en España.

La situación es compleja y es un conjunto de factores pero lo que yo percibo es que, aunque hay muchísimos empleos en turismo, estos suelen estar mal pagados, dejando poco margen de ofertas en otros sectores. Además, se valora mucho tener estudios o experiencia muy específicos para ciertos trabajos, lo que deja fuera a quienes no cumplimos con esos requisitos exactos. A esto le sumamos que la crisis económica que empezó en 2008 dejó secuelas duraderas, como menos trabajo disponible y harta competencia por los puestos que hay. Y bueno, los salarios, ese es el otro gran problema.

Ser extranjera añade una capa extra de desafío en la ya complicada tarea de encontrar trabajo. No solo enfrento el reto de entender un sistema laboral diferente, sino que también me topo con barreras lingüísticas y culturales que a veces parecen inaccesibles. Por ejemplo, el simple acto de redactar un currículum adecuado a las expectativas locales o entender las sutilezas del proceso de entrevista puede sentirse como descifrar un código secreto. Tengo unas cinco versiones diferentes de mi CV. A esto se suma la sensación de que mi acento o mi forma de expresarme delatan mi origen y que eso me coloca instantáneamente en una categoría distinta antes incluso de demostrar mi valía. En un entorno donde las redes de contactos y el «quién conoce a quién» juegan un papel crucial, sin esos vínculos previos, es como intentar surfear sin tabla.

Reacia a conformarme con trabajos que no hacían eco en mi formación y experiencia, opté por la ruta de la autonomía, alimentada por la esperanza de que, tal vez, podría destacar como la espuma en la cresta de la ola. Me convencí de que algo iba a surgir, ¿cómo no iba a ser así? Sin embargo, aquí, el viaje tomó la forma de un constante ejercicio de equilibrio, similar a mantenerme firme en la tabla de surf mientras las olas, ya sea por su fuerza o por su ausencia, amenazan con tumbarme. La inestabilidad se ha convertido en mi compañera inseparable.

Cuando llegó la pandemia, fue como un gran tsunami que detuvo todas las olas, dejándome flotando en mar abierto. Mientras tanto, mi pareja, con sus herramientas de mecánico, se convirtió en el navegante esencial capaz de mantenernos a flote. Mis títulos y cursos, en este mar Mediterráneo, pesaban más que ayudaban a mantener el equilibrio.

Mi fuerza de mujer independiente y segura, esa que me hacía sentir capaz de todo, empezó a tambalear como si estuviera sobre una tabla de surf en medio de un mar revuelto. Mis piernas, que siempre fueron mi soporte, comenzaron a flaquear, cansadas de tanto esfuerzo físico y emocional por mantenerme de pie. Adaptarme al trabajo y a la vida aquí ha sido como enfrentarme a un gigante que no para de empujarme hacia abajo, pegándole duro a mi autoestima. Mis habilidades y toda mi experiencia, de las que siempre me sentí tan orgullosa, parecían desaparecer, como si se las tragara el mar al intentar traducirlas al catalán.

Empecé a preguntarme si realmente había comprado un boleto para un viaje que prometía más de lo que puede ofrecer, donde el costo de la libertad y el ejercicio de mi profesión supera lo que había imaginado. Este proceso me hizo abrir los ojos a los privilegios que daba por sentado en México que, en este nuevo contexto, han sido revolcados por una ola inesperada, desafiando cada suposición que tenía sobre mi lugar en el mundo. Y eso que mis sueños, aunque siempre ambiciosos, nunca los consideré imposibles, sino bastante realistas e incluso conservadores.

Este ir y venir laboral me ha hecho enfrentar la realidad de una forma dura, cruda. ¿Será que tenía expectativas demasiado altas sobre lo que podría conseguir aquí? ¿O subestimé lo complicado que sería hacerme un hueco siendo la nueva en un lugar tan distinto? Y encima, ¡voy sola en esta! Necesito reencontrar esa chispa, esa parte de mí que sabe cómo surfear las olas y también puede con los altibajos de la vida, ajustando mi equilibrio, y quién sabe, tal vez hasta el rumbo de mi vida laboral.

¿Será que mi carrera no es realmente mi camino? ¿Me he tragado el discurso de que debo ejercer sí o sí lo que estudié? El discurso de la profesionalidad que me inculcaron, ¿ha sido más un lastre que una brújula? ¿Es posible que haya más horizontes para mí fuera de los límites estrictos de mi formación académica?

En una charla con un colega, hablando del mercado laboral español, comenté que aquí el dinero no fluye, que siendo del supuesto tercer mundo, allí vivía con un estilo de vida más alto, allá circula el dinero, no falta el trabajo, y aquí, en el supuesto primer mundo, no sé dónde está y cuento los céntimos.

«Aquí lo que fluye es la estabilidad.» Me respondieron.

Eso me hizo recordar conversaciones con amigas reflexionando sobre cómo, a pesar de las dificultades, aquí tenemos acceso a servicios que en otros países latinoamericanos serían considerados lujos: seguridad social, transporte público, seguro de desempleo, jubilación, baja por maternidad, agua potable directamente del grifo, seguridad, infraestructura… incluso el simple acto de caminar se siente diferente.

Quizá la vida laboral que imaginé debo aceptarla como parte del duelo migratorio que no sé cuándo acaba. Por un lado, es imposible dejar de surfear las olas que vienen hacia mí y que debo seguir buscando; sin embargo, quizás sea hora de considerar cambiar de tabla, adornarla, buscar una nueva, o incluso, bajar a la arena para empezar desde cero. Lo importante no es con qué tabla surfeas, lo sé, sino cómo te mantienes a flote. Aunque, ¡no mames!, un poco de estabilidad no estaría mal; después de todo, una surfista también merece disfrutar de un buen día de playa de vez en cuando.

Deja un comentario

Descubre más desde AHORITA VENGO

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo