Soy latina y no me gusta la bachata

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Soy latina y no me gusta la bachata | Ahorita Vengo


Les invito a imaginar ser latina por un día. Estás en una fiesta en Barcelona, rodeada de gente nueva. La música está de fondo y comienzan las conversaciones. Se enteran de que eres latina, y empiezan las preguntas. Al principio todo va bien, con preguntas típicas sobre tu origen, cómo llegaste aquí y cuánto tiempo tienes en la ciudad. Pero después, las preguntas toman otro rumbo: «¿Es cierto que las mexicanas son muy apasionadas? Debe ser por el clima tropical», o «Seguro te encanta bailar, ¿nos enseñas unos pasos de bachata?». Y tú piensas: «Soy del norte de México, más desierto que trópico». Ahí te sientes como sacada de una película con un guión medio racista, reducida a un puñado de clichés. 

Ahora, en el trabajo, estás presentando un proyecto en el que has puesto mucho esfuerzo. Pero en vez de concentrarse en tu propuesta, un colega dice: «Me encanta cómo tu acento le da sabor a la presentación, es tan… exótico». Como si el «sabor» de tu acento tuviera algo que ver con la calidad de tu trabajo. O sueltas una palabra típica mexicana como «mande» y provoca risas, distrayendo a todos de lo importante.

Yo nunca me consideré «latina»; siempre digo que soy de Tijuana, México. Incluso dentro de mi propio país hay diferencias. Pero al llegar a una ciudad tan internacional como Barcelona, lo último que esperaba era enfrentarme a una realidad tan marcada por los estereotipos. Con el tiempo, he aprendido a identificar cómo nos ven a las mujeres latinas en el extranjero. Nos han metido a todas en un frasquito lleno de ideas vacías y bien pinche equivocadas. Dicen que somos «fogosas», buenas para bailar pegadito y unas leonas en la intimidad. Todo bajo un paraguas de que ser latina es sinónimo de calor, ritmo y pasión.

No es cuestión de negar las diferencias culturales. ¿Que somos más físicas y demostrativas? Puede ser. ¿Más abiertas y sociables? También es posible. Pero entre millones de latinas hay mil maneras de ser latina, y lo mismo aplica al revés. ¿Acaso todos los europeos son fríos? Porque mi pareja es catalán, y resulta ser más cariñoso y simpático que yo, ¡y también sabe bailar!

Estamos lidiando con un chingo de prejuicios y estereotipos. Nos meten a todas en el mismo saco, como si fuéramos personajes de una telenovela de Televisa o Univisión. Y lo irónico es que cuando las españolas viajan a Estados Unidos, ellas pasan a ser las «latinas» estereotipadas y curiosamente en México se cree que las europeas son más liberales, y con eso me refiero a «unas fáciles». Es un ciclo vicioso que varía según la nacionalidad, pero siempre terminamos perdiendo las mujeres extranjeras. 

La imagen distorsionada de ser latina no solo está equivocada, sino que también hace mucho daño. Nos reducen, pasando por alto todo lo demás que somos: nuestras ideas, capacidades y todo lo que aportamos con nuestra riqueza cultural. Somos personas, ante todo. Ser mexicana, a veces, he sentido que me estorba, que me ha puesto en desventaja porque no me ven como persona, sino por dónde vengo y todos los clichés que tienen en la cabeza, como si me colgaran etiquetas en la frente mientras más hablo. ¡Incluso se han dirigido a mí diciéndome «guacamole»! Ya ni siquiera «Adelita».

Estos clichés no surgieron de la nada. Se originan en los tiempos del colonialismo, cuando se empezaron a crear imágenes y narrativas sobre las mujeres latinas como algo exótico y deseable para el conquistador europeo. Desde entonces, la tele y el cine han mantenido esa tendencia, mostrándonos como si ser latina equivaliera a ser «fogosa» y fácil. La influencia de los medios es muy poderosa y peligrosa, han construido una imagen de la latina picante y con un cuerpo exuberante.

En el mejor de los casos, esta imagen simplificada podría parecer un halago, pero en realidad, es un obstáculo que impide a las mujeres latinas en el extranjero, ser valoradas. Que estos estereotipos persistan en los medios de comunicación no es casualidad; responde a estructuras de poder y prejuicios arraigados que nos relegan a papeles secundarios tanto en la ficción como en la realidad, marcando lo latino como de segunda clase.

Antes no entendía bien qué pasaba y por eso me reía. Ahora, cuando vivo situaciones donde la ignorancia de la otra persona se hace evidente, puede que tenga suerte y no me escuche hablar porque simplemente decido no continuar la conversación. Sin embargo, puede ser que ese día elija señalar que su comentario es prejuicioso.

«La única historia crea estereotipos, y el problema con los estereotipos no es que sean incorrectos, sino que son incompletos. Hacen que una historia se convierta en la única historia.»

Chimamanda Ngozi Adichie

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