Acabo de cumplir 43 y me gusta detenerme a mirar hacia dentro. Este año, soplé las velas de mi pastel (que yo misma hice) con un bebé en brazos y cuatro niños alrededor. Bueno, cuatro veces, porque ya saben cómo va eso cuando hay niños: una vez no basta y todos y todas quieren soplar. Y pues… evitemos dramas.
A los 43, no tengo todas las respuestas. Pero tengo muchas más preguntas. Y yo pensé que a los 43 tendría menos, pero parece que la cosa no mejora con el tiempo. Al menos tengo la certeza de que cada vez estoy más cerca de mí. Aunque sigo igual de perdida por la vida.
Cuerpo, salud y gym sin culpa
Estoy yendo al gimnasio. Voy a las siete de la mañana y, aunque a veces me cueste salir de la cama, lo que más disfruto es salir de ahí recién bañada, cambiada y lista para el mundo. Pero ya no voy por vanidad, sino por salud. Quiero estar fuerte, entera. Le tengo mucho miedo a la muerte. Quiero vivir mucho, sí, pero bien. No a medias. Y estoy el uno de los mejores países para hacerme vieja, así que… vamos a aprovecharlo.
Ya tomo café sin azúcar. ¡Señora, pues!
Y aunque sigo disfrutando el vino, ahora prefiero el blanco, seco, suave. Menos azúcar, más ligereza. La cerveza me empanza. Salvo que haya comida mexicana, claro. Ahí sí: una Pacífico o una michelada, por favor, y bien fría.
Cambios de alimentación y cocina con amor
Ando muy cocinitas. Aunque sigo pidiendo el pozole porque no me atrevo a hacerlo, o las carnitas y las salsas para los tacos, cada cierto tiempo ya es costumbre hacer bizcocho —nuestro pan de plátano que también puede ser un pastel. Sin azúcar, con dátiles, y en vez del betún de arriba, le pongo fresas o plátano con cacao. Hago lo que puedo por comer mejor, y para que en casa también nos cuidemos. Luego salimos y comemos postre, claro que sí, pero la cosa es encontrar un equilibrio más amable.
Sigo desayunando huevitos con jamón, queso fresco y aguacate, a veces más con pan artesanal de masa madre que con tortillas… pero en la casa, tortillas nunca faltan.
La niña interior, los límites y la paciencia
Estoy más consciente que nunca de mi niña interior, de mis heridas de infancia, de mis traumas, terapia le dicen. He vivido muchos años buscando amor y reconocimiento fuera de mí, pero empiezo a entender que afuera no voy a encontrar quién ni qué llene los vacíos que yo misma puedo y debo abrazar para avanzar.
Solté a personas que estuvieron décadas en mi vida. No porque no las quiera, sino porque hoy ya no caminamos al mismo ritmo. Me gusta hacer valer lo que siento. Si alguien no puede empatizar con eso, ¿por qué forzar?
Mi gran reto ahora es la paciencia. Entiendo su valor, sé que no la tengo. Y aunque a veces no quiero, ahí estoy, trabajando en ella todos los días. ¡Y está muy pero muy cabrón tenerla! Sí es una virtud.
Las canas y otras conversaciones con el tiempo
Las canas… Ay. Este año salieron con fuerza. Ya no son una que otra, ya están por todas partes. Hace más de 15 años que no me pinto/tiño el cabello. No sé si lo haré de nuevo. No es vanidad, es más bien una conversación con el tiempo, con lo inevitable.
Ahora parece estar de moda dejárselas. Veo mujeres con canas hermosas, orgullosas, luminosas. Y sí, me inspira. Pero una cosa es lo que está de moda, y otra lo que una quiere o está lista para adoptar. Las canas no solo hablan de edad, también hablan de cambios, de ritmo, de aceptación. Me debato entre el deseo de dejarme ser y el miedo de no reconocerme. No he decidido qué haré porque no soy una cabeza blanca. Pero lo pienso. Lo miro. Me lo pregunto.
La maternidad sin red: criar lejos de casa
Mi vida es muy sencilla. Trabajar por mi cuenta y tener a la familia lejos tiene sus ventajas: hay muchos compromisos que ya no están en mi cotidianidad. No hay comidas familiares cada domingo, ni compromisos sociales impuestos, ni fiestas que en realidad no quería. Pero también tiene sus desventajas: estás más sola que un pato en un lago. No puedes ni ir al cine porque no tienes abuelos o abuelas que te cuiden al crío, ni tienes posadas, ni quedadas de cumpleaños de compañeras de trabajo. ¡Porque no tengo compañeros ni compañeras de trabajo! A veces eso da libertad. Y a veces, pesa.
Sigo leyendo menos de lo que me gustaría, pero leo más que nunca los cuentos de mi hijo cada noche. Y le leo en español, en inglés y en catalán. ¡Qué bonito! Ahí la llevo con el catalán, tengo que llegar a ser bilingüe.
A principios de 2025 tuvimos muchos cumpleaños, con todo lo que eso implica: fiestas, pasteles, incluso piñatas. Incluida la de mi hijo, que dice “cagar la piñata”. Me encanta esa frase. Me estremece. Porque es él siendo él, hijo de una mexicana y un catalán, mezclando mundos, inventando el suyo propio.
Por cierto, este año me regalaron tres masajes de cumpleaños. No sé si me vieron muy jodida o si saben, como yo, que un masaje es bienestar. Sí, señora.
Tijuana como brújula
Sigo sufriendo cuando pasa mucho tiempo sin ir a Tijuana. El año pasado tocaba. No fuimos. Este año toca. No sé si iremos. Que si queremos comprar casa, que todo está muy caro, que si vamos, gastamos como si fuéramos ricos. Y así…
Pero ir es como una necesidad física y emocional. Es tocar tierra para poder seguir. Es llegar al puerto para volver a zarpar. Necesito verla, olerla, sentirla. Solo así mi brújula vuelve a funcionar.
Privilegios, culpas y pertenencias
A los 43 creo que soy más consciente de mis privilegios. Relativizo mis problemas. Y a veces me invade esa culpa: estoy mejor aquí que allá y, si por mí fuera, me traería a toda mi familia y amistades para que también estén mejor. Pero luego entiendo que cada quien vive su vida, que mi mirada es solo mía.
¡Siempre me quedarán las visitas! Me dan tanta vida.
Sobre el apellido, el orgullo y la identidad
Invertí mis apellidos. Me hacía mucho ruido ver en mi hijo un apellido que no me representaba, mientras el que sí, el que me conecta con mi raíz, no estaba. El día que lo cambié, supe que no solo no me había equivocado, sino que me había tardado. Estoy profundamente orgullosa de eso. Lástima que sea el apellido de mi abuelo y no el de mi abuela, pero es que el de mi abuela es de su papá… ya saben, las mujeres no tenemos apellidos.
De coches, mareos y resistencias
Me sigo resistiendo a sacar el carnet de conducir o la licencia de manejar. Sé que ya debería, sé que para ciertas cosas es más cómodo moverse en carro pero me gusta tanto no tener esa responsabilidad. Y me gusta tanto moverme en transporte público.
Lo malo es que ahora, cuando ando en coche… como señora de 43, me mareo.
Un sueño llamado librería
Y a veces, sueño con abrir una librería. En mi barrio no hay una. La imagino con una zona infantil, cuentacuentos invitados, presentaciones de libros, charlas, cafetería, plantas por todas partes, tal vez hasta plantas a la venta. Una esquina de coworking. Un espacio vivo, amable, con olor a café recién hecho y a papel. Esa sería mi respuesta a la pregunta qué harías si no necesitaras dinero.
Preguntas, certezas y una vela encendida
Viajo menos. Pero viajo más de forma sencilla. Tomando un café sola, caminando por Barcelona o cuando me siento en el parque. A veces, sentarme en un banco sin prisa es más transformador que una semana en cualquier destino. Pero tuve la suerte de hacer un viajesote de cuatro semanas en coche desde Barcelona hasta Lisboa y a recorrer el sur. En Portugal yo sí viviría, ¡qué país tan bonito, qué bonito idioma, qué amable es la gente, ¡qué rica comida!
Como dijo Joan Didion:
«La vida cambia en un instante. El instante en que uno se sienta a cenar. Y la vida tal como la conocías se acaba. La cuestión del autoconocimiento no es si lo tienes o no. Es qué haces con él una vez que empieza a doler.»
Pues eso. Soplando velas.


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