Pudor en el vestuario: la desnudez en los gimnasios de Barcelona

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Vestidor de gimnasio con lockers y bancos, un espacio común donde la desnudez es parte de la rutina en Barcelona.

La primera vez que entré al vestuario del gimnasio en Barcelona, me sentí como la única con ropa en una convención de nudismo. Mujeres desnudas por todas partes. Y yo, con mi bata de dignidad y mi alma mexicana pudorosa, a punto del colapso.

Cuando entré, parecía una escena de una película en la que yo ni siquiera era extra. Me dejó en estado de parálisis: mujeres desnudas por todos lados, de todas las edades y con todo tipo de cuerpos, platicando como si estuvieran en la sala de su casa, secándose el pelo, poniéndose crema, gesticulando con total naturalidad. ¡Desnudas!

Mientras tanto, yo, con mi cara de turista en territorio desconocido, entraba y miraba al suelo. No quería mirar, pero era inevitable; los espejos, los espacios, no había escapatoria. Pensé que tal vez, por error, había entrado a una comunidad nudista que, por alguna razón, entrenaba con pesas y máquinas de cardio. Recuerdo salir del gimnasio aquel día y mandarle un audio a una amiga en plan: «Wey, ¿qué crees que me pasó…?»

El pudor en México vs. la naturalidad en España

Escultura de una mujer desnuda, símbolo de la representación artística del cuerpo femenino a lo largo de la historia.

En México, el pudor es casi un deporte nacional. Para empezar, las pocas veces que fui a un gimnasio en Tijuana no me bañaba ahí, me iba a mi casa. Pero acá la infraestructura es otra y le agarré el gusto a bañarme en el gimnasio porque sales lista para el mundo y… pues… aquí es diferente. Al principio me llevaba mi bata o albornoz, como le dicen en España, que ya la palabra me hace sentir de la realeza. Y me cambiaba simplemente con la bata abierta, pero… era la rara.

La desnudez no es gran cosa, lo sé en mi cabeza, lo sé como la mujer madura que soy, pero es como usar la palabra «coger» en vez de «agarrar». Hay cosas que simplemente ya vienen de fábrica y, por más años que cumpla viviendo en este país, hay líneas que no se cruzan.

Tengo que reconocer que Barcelona me ayudó mucho a quitarme la vergüenza de mi propio cuerpo, el único que tengo, por cierto. Porque cuando iba a la playa en Tijuana no iba en bikini. Y no hablo de traje de baño completo, sino que iba en shorts y camiseta. Primero porque el clima es distinto y el agua está bien pinche helada, y segundo porque la cultura de la playa es diferente en México que en España.

Yo iba a la playa a pasar el rato, no a tomar el sol. Y tercero, porque nunca he estado completamente satisfecha con mi cuerpo, lo típico de cualquier mujer llena de inseguridades, mientras los hombres con panza de embarazados hasta se rascan el ombligo y nadie los ve feo.

Luego pasa el tiempo, veo mis fotos de más joven y es que tenía, y sigo teniendo, un cuerpazo. Siempre he tenido un cuerpo maravilloso, pero antes solo me fijaba en sus supuestos defectos. Ahora no es que ya no los vea, pero al menos acepto mejor este cuerpo que me acompañará por el resto de mis días. Por eso voy al gimnasio.

El cuerpo libre en la playa (y en la vida)

Y claro, si algo me ha enseñado el gimnasio, además de que mi capacidad para hacer sentadillas es bastante cuestionable, es que la relación con el propio cuerpo es algo que se construye y se transforma con el tiempo. Viendo a las mujeres en el vestuario, relajadas, sin pudor, empecé a preguntarme si esa misma seguridad se reflejaba en otros espacios. Y me di cuenta de algo: esta naturalidad con la desnudez no se quedaba en el vestuario. Estaba en la playa, en las piscinas, en los parques, en la calle en verano con esos shorts donde se sale media nalga. Entonces recordé mi primer choque con el topless en Barcelona.

¡Ah, la playa europea! Donde el topless es más común que la arena y las mujeres de todas las edades toman el sol con una soltura que me hace preguntarme si es una habilidad adquirida o si nacieron sin la vocecita interna que te dice «te están viendo». La primera vez que vi el topless en Barcelona, mi instinto fue mirar sin querer mirar. Y darme cuenta de que la incómoda era yo. Nadie se inmutaba. Como en el vestidor del gimnasio.

Yo con bikini, metiendo la panza y con cara de turista perdida en un universo paralelo donde los pechos son solo pechos y no armas de destrucción masiva. Recuerdo que subí una foto a Facebook de un día en verano presumiendo agua clara y sol resplandeciente, y los comentarios se volcaron al topless: algunos con sorpresa, otros con curiosidad y unos cuantos con ese tono de juicio disfrazado de broma que delata lo mucho que nos falta por normalizar la desnudez femenina.

Y esa no era mi intención, pero, al igual que a mí, a mis amigas y conocidas fue lo primero que les llamó la atención de la playa.

Feminismo y cuerpo: una herencia

Mujer acostada con los hombros descubiertos, reflejando la naturalidad del topless y la comodidad con su cuerpo.
¿Cuánto de nuestra relación con el cuerpo está condicionado por el entorno?

La gente que no cree en el feminismo debería saber que esta libertad, que no es de hace tanto tiempo sino de los años 70, es gracias a mujeres que, en el caso de España, cuando la dictadura de Franco llegó a su fin, se rebelaron contra muchas prohibiciones absurdas. Fue un acto de rebeldía, de libertad, de decir «aquí están mis tetas y no pasa nada».

Las duchas sin puertas: mi revolución personal

Volviendo al gimnasio, en el que voy ahora hay dos vestuarios: el de fitness y el de la piscina. En el de fitness, las regaderas no tienen puerta. Y en el de la piscina sí tienen puerta. Obvio que empecé en ese vestidor. Aunque igual, la toalla se queda fuera… así que expuesta, estaba en algún momento.

Pero ahí estaba, tratando de actuar normal. Mirando sin mirar, intentando ser una más, aunque al principio, con la amiga que voy, poco nos faltó para darnos la espalda. Pero esas puertas me daban espacio para negociar mi desnudez con mi pudor.

Un día nos dimos cuenta de que el vestuario de la piscina estaba más sofocado. En cuanto nos poníamos ropa queríamos salir rápido te empieza a picar todo. Así que nos fuimos al otro vestuario. Las duchas no solo no tienen puerta, sino que las paredes son tan pequeñas que tienes que estar casi pegada a la pared para que tu cuerpo no se vea desde fuera. Y ahí estaba yo, como niña regañada, pegada y mirando la pared.

Obvio que mis ojos poco a poco han ido perdiendo el miedo y han mirado más. Pero en el fondo, lo que miro, lo admiro. Lo que veo es una invitación a soltar telarañas mentales. Claro que soy prudente y aún pudorosa. No levanto la pierna en el banco para encremarme, la verdad es que ni me pongo crema porque yo lo que quiero es ponerme ropa, pero ya soy capaz de bañarme dejando la toalla en un lado, caminar y bañarme, para luego regresar empapada por mi toalla. ¡Señora, pues!

No sé, me satisface. Es como que me asusta pero me gusta. No sé si algún día caminaré como las demás, desnuda y sin pensarlo. Pero al menos ahora camino. Y eso, para mí, ya es una victoria. Y quién sabe… quizás un día hasta levanto la pierna para encremarme. Con estilo, claro.

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