La primera vez que escuché que un grupo de amigos se iba a pasar el fin de semana “a una casa rural” pensé que hablaban de un retiro espiritual. Algo con senderismo, silencio, tal vez una chimenea y muchas conversaciones profundas sobre la vida. Lo que no imaginaba era que estaban hablando de una mezcla entre una pijamada colectiva, una carne asada extendida por tres días, con organización alemana y espíritu mexicano.
Porque, a ver, en México ¿quién tiene una casa con diez camas, una cocina con una mesa para comer donde caben 20 personas? Nadie. O bueno, nadie que yo conozca. Pero aquí en España eso tiene nombre y apellido: casa rural.
¿Turismo rural? ¿Eso qué es?

Cuando llegué a España, antes de saber qué era una casa rural, descubrí algo que me sonaba aún más raro: el turismo rural. ¿Turismo en el campo? ¿Vacaciones en un lugar donde no hay luz o agua? ¿Pagar por ir a un pueblo? Pensé que era una cosa muy europea.
No manches, en Tijuana para mí zonas como El Florido o el Mariano Matamoros ya me parecen rurales jejeje, o como mucho un paseo al rancho de alguien en Tecate, donde el baño está afuera de la casa. Ahí nadie habla de “escapadas rurales” donde te emocionas porque hay gallinas.
Así que cuando entendí que aquí hay toda una industria dedicada a eso —al turismo rural—, me explotó un poco el cerebro. Pero lo entendí rápido, y más porque unas amigas trabajan hasta la fecha en una empresa con ese nombre, que es como un booking pero de viviendas rurales en España.
Porque la gente aquí quiere desconectar, ver verde, oír silencio, caminar por senderos, respirar aire fresco y no pensar en la ciudad. Y la mejor forma de hacerlo es escapándose… a una casa rural.
¿Qué es una casa rural?

Una casa rural es, en pocas palabras, una casa de pueblo —antes vivienda, granja, masía o casonón heredado— que ahora se renta entera por fin de semana. Algunas son modernas, otras tienen muebles de abuela, y muchas conservan ese aire de “aquí se vivía hace cien años y ahora vienes tú con tus croquetas congeladas y tus juegos de mesa”.
Claro que en México también hay casas en el campo, ranchos, cabañas o casas de descanso, pero no es tan común que se alquilen así: organizadas, equipadas y pensadas para irte con tres o cuatro familias y pasarte el fin de semana conviviendo como si fuera Navidad. Allá el campo es más de ir al rancho del tío o a la cabaña del amigo, si es que alguien tiene. No hay una red tan armada ni una costumbre tan extendida de hacer turismo rural como la hay aquí.
Cómo se vive una casa rural (según una mexicana)
Y lo más curioso no es la casa, que suelen ser preciosas, sino cómo se vive.
Porque al llegar se despliegan los rituales: las habitaciones se sortean como en una tómbola silenciosa, se arma un grupo de WhatsApp sólo para coordinar las comidas, y se activa ese modo convivencia que yo solo he visto en navidad.
Primero desayunan los niños, corriendo en pijama y pidiendo leche con pajita (el popote). Luego los adultos, con calma, como si no tuvieran prisa. Toneladas y toneladas de café, señores, pues. Y yo, que ya tengo fama, llego con tortillas (no tortitas), guacamole, pico de gallo, totopos y, por supuesto, aguacate. Aguacate hasta en el desayuno, aunque el huevo venga con jamón serrano.
Barbacoa, vermú y otras cosas que no pasan en México

Después viene el rato de no hacer nada. Un lujo.
Se enciende la tele un rato para que los niños se calmen, luego se limita, porque tampoco te vas al cerro a ver tele. Un paseíto alrededor de la casa, que se ensucien los zapatos, que pisen piedras, que agarren bichos, que canten canciones como si fuera campamento escolar.
Y cuando llega la hora de la comida, aparece la barbacoa. Siempre hay alguien que, sin que se lo digas, se pone al fuego y es el sacrificado, el que termina sin pelos en los brazos. Y mientras eso pasa, llega el vermú para unos y un poco de fruta para otros.
Y algo que sí no pasa en México es que —y de eso debería escribir otro texto— nadie botanea nada. Es decir, nadie pica nada de la mesa hasta que no estén todos. Primero se pone todo en la mesa, están todos y entonces empezamos a botanear previo a la comida.
¡No manches! En México a veces ni puedes vaciar el paquete de papitas en el plato porque alguien ya las abrió y empezó a comer directo de la bolsa. O para cuando vacías el segundo plato, el primero ya se acabó. Hay segundas rondas para todo.
Y otra cosa: aquí nadie come hasta que sale toda la carne, aunque se enfríe. Sí, sí, olvídate de comer a un lado del asador mientras va saliendo la carne y te vas haciendo el taco y te lo comes parado, o de comer en rondas, no, no. Que aquí hay una mesa exterior a un lado de la barbacoa para que, cuando está todo, todos se sienten a comer al mismo tiempo. Orden europeo, pues.
Aquí hay más vino, brasas controladas y butifarras que se acompañan con alioli que tortillas, salsas y kilos de limón. Pero se agradece igual. Hay cosas españolas a las que me acostumbré muy rápido y ahora ya no las perdono. Si no, pregúntenle a mi amiga Claudia Orozco que acaba de venir: nunca extrañó ni los tacos ni las flautas. Le entró a todo y como toca, y cuando toca, en tiempo español. Sí señora.
Después del comilongo, aquí hay postre, café, y luego llega ese momento de siesta opcional o de chisme, o de juegos de mesa, o de foto por aquí, o de gritos mesurados para que los niños no se saquen los ojos. Y así hasta que llega la merienda: otra vez picoteo, fruta para los niños, otro rato de juego, hora del baño, la cena… y por favor que se vayan a dormir temprano.
Entonces se sacan los juegos de mesa y se arma el chisme. Y ahí, con una copa en mano, una piensa: esto se parece más a México de lo que esperaba. ¿El arguende también habrá llegado de la conquista?
Obvio, nosotros todo lo hacemos más grande, más vistoso, más desmadroso… pero a estos de la madre patria también les encanta el chisme, eh. Ese cotorreo, aquí fluye.
¿Por qué funciona tanto en España?

Lo que es completamente europeo, eso sí, es la infraestructura.
El hecho de que existan casas enteras pensadas para esto, con camas suficientes, calefacción hasta en los baños, espacio para correr, jardín, parrilla, juegos y hasta alberca en verano. O incluso salas de juego. Un amigo decía que iba con sus amigos siempre a una misma casa porque tiene canchas de pádel. ¡Esquiusmi!
¡Hasta te dejan leña para la chimenea! Es decir: ya estaba todo listo para que llegaran cuatro familias con niños, y sobrevivieran.
Y ahí es donde me da risa. Porque si en México dijéramos “nos vamos el finde a una casa rural con cuatro familias”, lo más probable es que terminemos en el rancho de alguien (si hay suerte), o en el patio de alguien. Porque allá el espacio colectivo no se alquila: se improvisa, se pide prestado, o simplemente se llena lo que haya. Que no estoy diciendo que no exista esto, pero no lo conocemos así como tal.
Pero es que allá, en México, tenemos espacio. No manches, la última vez que fui a Tijuana armé un partyson con piñata y poco faltó para que fuéramos unas 100 personas, y todas en el patio de la casa de mi mamá.
Navidad sin árbol, pero con tortillas y vino
Pero aquí, en este primer mundo organizado, el convivio se planifica, se reserva con meses de antelación, y hasta se paga por transferencia. Y funciona.
Por eso estas casas rurales están llenas los fines de semana, los puentes, en Semana Santa y hasta en verano, aunque no tengan mar. Porque no es solo ir a un lugar bonito: es vivir algo juntos.
Y a mí, que crecí sin casas rurales pero con fiestas familiares que duraban días, donde dormíamos donde hubiera espacio, esto me sabe a hogar. Una fiesta sin fin. Navidad sin árbol ni regalos, pero con tortillas, vino, niños gritando y adultos que, por fin, pueden hablar un rato sin interrupciones.
Llámale finde rural, convivencia organizada o retiro con alioli. Al final, da igual si es en una masía catalana o en el patio de tu mamá: siempre será una excusa para vernos, para juntarnos… y para hacer lo que mejor sabemos hacer: comer y platicar de la vida.
¿Y tú? ¿Has estado en una casa rural? Cuéntamelo en los comentarios o compártelo con alguien que ya esté planeando el siguiente finde con amigos. Capaz que tenemos que exportar este concepto.


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