Hace unos días me detuve en una esquina donde nunca me había parado. Diagonal con Bailén. Donde antes solo pasaban coches, ahora hay un nuevo tramo del tranvía, una banqueta para peatones, árboles jóvenes que aún no dan sombra y, al fondo, la Sagrada Familia recortada en el cielo.
Ese encuadre no existía. O no se veía así. Y sin embargo ahí estaba, como si la ciudad lo hubiera preparado para que lo descubriera yo.
Barcelona no deja de transformarse. O quizá cuando recién llegué pensé: ya lo tiene todo. Como buena ciudad europea, con renombre, con postales de Gaudí y tapas en terraza. Pero no, sigue y sigue transformándose, con que te alejes o te metas más en ella, o cruces a otro barrio, o vuelvas a una calle después de meses… y algo cambió.
Una farola ya no está. Un bar cerró. Una calle ahora es solo para bicis. Una plaza que era gris tiene bancos de madera, un huerto urbano y un cartel que dice “espai veïnal”. Y si no cambia la calle, cambia tu forma de mirarla.
De Tijuana a la ciudad de piedra

Cuando llegué a Barcelona era estudiante. Había cruzado el Atlántico con 29 años y una maleta con más ropa de calor que de invierno. Vengo de Tijuana, una ciudad joven, de frontera, que apenas pasa los 130 años.
Allá lo viejo se mide en décadas. Lo que envejece, se deja morir. Aquí, en cambio, lo viejo se restaura, se protege, se convierte en parte del día a día.
Las piedras medievales no son solo patrimonio: son base literal de muchas calles por donde ahora corre el tranvía. Y no es una metáfora bonita. Es literal.
Recuerdo cuando Glòries era una gran rotonda sin alma. Una torre brillante en medio, coches girando, polvo de obra. Un sitio para cruzar rápido. Luego poco a poco se fue haciendo más verde, pero no dejaban de hacerle más cambios y más obras y un parque por aquí y una canchas por allá. De pronto se convirtió en otra gran zona verde de la ciudad. El tranvía por un lado, el centro comercial por otro, y así. Ya es una zona nueva… que no era.
De peatona a ciudadana

También yo he cambiado. De estudiante pasé a residente. De residente, a ciudadana. Ya no solo camino la ciudad: ahora la voto, la discuto, la leo. Me interesa lo que pasa en el ayuntamiento, en los barrios, en los movimientos vecinales.
Porque Barcelona no es solo postal. Es también contradicción, desgaste, posibilidad.
Me tocó el auge de Ada Colau. Su entrada al poder encendió pasiones: gente que la adoraba, gente que la detestaba. Y yo, como extranjera, la observaba con cierta distancia.
Ser de fuera te da el privilegio —a veces también la condena— de no pertenecer del todo a ningún bando.
Recuerdo bien cómo propuestas tan lógicas como ampliar aceras o quitar coches desataron verdaderas guerras culturales. Colau puso sobre la mesa algo incómodo: que la ciudad también pertenece a quienes la habitan, no solo a quienes la explotan.
También viví el referéndum. Octubre de 2017. Urnas clandestinas, colegios abiertos de madrugada, helicópteros, plazas llenas.
Vi a miles pedir independencia mientras respetaban sin falta el calendario escolar que marca agosto como intocable. Pensé: esta ciudad quiere decidirlo todo… menos las vacaciones.
Incluso recuerdo cuando Cataluña se quedó sin president.
Después del 1-O, del 155, de las elecciones, hubo meses de vacío institucional. No se ponían de acuerdo. No investían a nadie. Puigdemont en Bruselas, otros en prisión, y el Parlament atascado.
Y mientras tanto, los buses seguían pasando, las escuelas abrían, las obras no paraban.
Yo pensaba: pero si todo funciona. ¿De verdad hace falta un president para que esto camine?
Más de 10 años y muchas sacudidas
En más de una década vi cómo la izquierda gobernó dos mandatos, cómo volvió el PSC, cómo creció la extrema derecha, cómo los pactos se volvieron cada vez más raros.
Vi barrios que se resistían al turismo llenarse de maletas con ruedas. Vi cómo subían los alquileres. Vi la protesta contra los cruceros, contra los hoteles, contra AirBnB, contra una ciudad que parecía estar en venta. Vi cómo los bares de toda la vida se convirtieron en brunch and coffee. Vi cómo los menús pasaron del catalán/castellano al castellano/ingles.
También vi cómo nacieron las superilles, cómo el espacio público se repensó. Más verde, más sombra, más ciudad para los pies. Y lo vi con ojos de caminante, no de conductora.
Al principio, Europa me parecía más justa. Más progresista. Más organizada. Y sí, lo es. Pero con matices. Aquí también hay pobreza. Médicos agotados. Profesores desbordados. Listas de espera para todo. Y racismo. Distinto al que aprendí a normalizar en México, pero igual de real: más estructurado, más silencioso, más aceptado en la burocracia que en la calle.
Y como allá, el poder también desgasta. También decepciona. También te aleja.
Hace poco salieron a la luz unos mensajes internos del PSOE y vi a mucha gente escandalizada. Indignación colectiva. Gente diciendo que así no se hace política, que cómo podían. Y yo solo pensaba: ¿de verdad les sorprende?
Me sorprende un chingo la fe que todavía hay en los gobiernos. Como si de verdad hicieran lo que dicen. Aquí los políticos son más pulidos, sí. Menos descarados que en México. Pero al final, en el fondo es la misma historia. El gobierno es un negocio y todos pelean su pedazo de pastel.
La política, hoy, en casi cualquier parte del mundo, está de la chingada. A veces solo envidio a los países nórdicos. Y eso porque los veo de lejos. Porque no he vivido ahí. Y seguro que también tienen su cola que les pisen. Y que hace mucho frío como para ir a investigar.
Y sin embargo…
Que no se me malinterprete: no me estoy quejando. Estoy contando.
Porque siempre hay algo que cambia. Y no deja de sorprenderme.
Porque no todo está hecho, ni siquiera en una ciudad europea, moderna, fotografiada hasta el cansancio.
Barcelona invierte, corrige, levanta aceras, crea espacios, conecta barrios. Aunque a veces lo haga lento, aunque no siempre lo haga bien, lo intenta. Y eso, viniendo de donde vengo, se nota. Se notan los autobuses eléctricos, eléctricos con nuevas pantallas, el metro y sus nuevas líneas, la infraestructura en los barrios: todos con su centro cívico, biblioteca, plaza, etc…
Una, que viene de ciudad de baches —de los que se quedan años sin tocar— aprende a ver estas cosas. A valorarlas. Y por eso me encanta la mirada que tengo sobre esta ciudad. Porque aún con sus contradicciones, Barcelona se piensa, se rehace, se cuida. Y yo sigo viéndola con asombro. Con todo y sus baches, que ya no me engañan.


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