El 4 de marzo cumplí catorce años viviendo en Barcelona. Catorce. Lo digo y todavía me sorprendo un poquito… o mucho. Me sale un: ¡ay, wey! No porque no lo sepa —obviamente lo sé— sino porque cuando lo dices en voz alta pesa. Catorce años ya no es una temporada. Ya no es una etapa. Es… vida.
Durante muchos años hubo una pregunta que aparecía siempre en las conversaciones: ¿te vas a regresar? La escuchaba con amigos, con familia, incluso aquí cuando alguien descubría que yo era mexicana. ¿Te vas a regresar? ¿Es temporal? ¿Estás estudiando?
Como si vivir en otro país fuera una especie de paréntesis largo. Como si en algún momento la frase tuviera que cerrarse y yo volviera a mi casa para retomar la historia justo donde la dejé.
Cuando la pregunta deja de aparecer: ¿te vas a regresar?

Pero algo curioso ha pasado en los últimos años: ya casi nadie me lo pregunta. No sé exactamente cuándo ocurrió ese cambio. Es como cuando una canción deja de sonar y tardas unos segundos en darte cuenta de que el silencio ya está ahí. Simplemente pasó. Supongo que porque después de catorce años viviendo en Barcelona ya no parece una estancia. Parece una vida.
Hace poco estuve en Tijuana y fue un viaje distinto. Como si todo tuviera un poco más de peso: las conversaciones, los encuentros, hasta los desayunos e incluso los silencios. Todo tuvo mayor carga emocional.
Recuerdo estar manejando por Tijuana uno de esos días. Las calles eran las mismas y al mismo tiempo no. Algunos restaurantes habían cerrado, otros seguían exactamente igual. Había edificios nuevos donde antes había estacionamientos y, de repente, en medio de todo eso, aparecía algo que llevaba ahí toda la vida. Y entonces te pasa algo raro: reconoces todo… pero al mismo tiempo ya no te mueves en la ciudad con la misma naturalidad de antes.
Como si tu memoria siguiera viviendo ahí, pero tu vida ya estuviera en otro lado.
El momento en que entiendes que la distancia es real
Se lo contaba a una amiga de la universidad. Crecimos juntas en Tijuana y es de esas personas cuyo espíritu siempre me ha parecido valiente. Hablábamos de mi viaje, de lo raro cool que se había sentido esta vez volver a Tijuana, y me dijo algo que se me quedó rebotando en la cabeza: “Arlene, es que ahora se siente la distancia”.
Luego añadió algo más: “Antes no era que vivieras allá. Era como si estuvieras allá tirando desmadre, estudiando, haciendo «algo» pero temporal. Ahora no. Ahora ya vives allá”.
Y de pronto sentí un clic entre mi mente y mi corazón.
El tiempo cuando emigras funciona distinto

Cuando te vas a vivir a otro país el tiempo funciona a otro ritmo. Al principio vuelves seguido. Yo durante los primeros años iba casi cada año a Tijuana. Luego hubo un año en el que fui dos veces. Luego uno en el que ya no pude ir. Después otro. Luego llegó la pandemia y pasaron cuatro años sin pisar mi Tijuana. Después volví, pero ya habían pasado tres más.
En el día a día todo parece rápido porque la vida no espera a nadie. Te subes al ritmo de otra ciudad, de otro idioma, de otro trabajo, de otras rutinas. Pero cuando miras hacia atrás en bloques de tiempo te cae el veinte. No es solo que hayan pasado años. Es que son años en los que tú no estabas ahí. Años en los que tú estabas acá.
Vives cosas chingonas…. pero te pierdes otras.
El tren al que te subes

El otro día estuve cotorreando con un compita de Tijuana que ahora vive en Australia y hablábamos de algo curioso: ninguno de los dos se fue porque no tuviera otra opción. No salimos huyendo de nada ni nos fuimos con un plan claro de trabajar unos años y regresar. En realidad teníamos una vida bastante chingona y cómoda en Tijuana. Pero se presentó una oportunidad… y nos subimos al tren.
Te subes porque quieres aventura, porque quieres descubrir, porque tienes curiosidad por lo que hay más allá. Pero una vez que el tren arranca ya no controlas tanto el rumbo. El paisaje está chingón, eso sí. Disfrutas, aprendes, te transformas. Pero a veces también te preguntas en qué momento tomaste ese tren. Y a veces incluso sientes que te perdiste un poco. No porque la decisión haya sido mala, sino porque el viaje te lleva a lugares que no habías imaginado.
Cuando miras el trayecto hacia atrás te das cuenta de algo extraño: ese tren lleva años en marcha… y tú ni cuenta te habías dado. Mientras tanto, la vida seguía pasando en los dos lados del mapa.
Lo que nadie te explica sobre vivir fuera de tu país

Cuando miro estos catorce años viviendo en Barcelona hacia atrás veo muchas cosas. Han sido años divertidos, sí. Pero también han sido años tristes. Extraños. A ratos rarísimos —con depresión incluida— y a ratos profundamente inesperados. Vivir fuera de tu país tiene algo de abrir una puerta y descubrir que detrás hay diez más. Esa sensación de búsqueda y descubrimiento constante me encanta, pero también es bizarra.
Quizá por eso muchas veces en la vida he dicho que sí en caliente cuando aparece una oportunidad. No porque supiera exactamente a dónde me llevaría, sino porque algo en mí siempre ha tenido curiosidad por ver qué hay detrás de la siguiente puerta. Pero vivir fuera no es un viaje. Es otra cosa.
Emigrar cambia todos tus conceptos

La amistad, el trabajo, el éxito, la calidad de vida, incluso lo que significa ser amable o ser grosero. Todo. Cuando te mudas de ciudad ya es un cambio grande, pero cuando te vas a vivir a otro país —y encima a otro continente— es como si alguien moviera el suelo unos centímetros y todo lo que parecía estable empezara a tambalearse.
Entender eso no es solo mental. Es algo que tarda años en acomodarse por dentro. Es ese clic que hice con mi amiga.
Durante mucho tiempo pensé que tenía una carrera construida. Había trabajado, había estudiado, tenía experiencia, tenía currículum. Pensaba que podía llegar a Barcelona y continuar esa trayectoria. Pero la realidad es que llegas… y empiezas de cero. Y eso es un madrazado de los buenos.
Nadie conoce tu trayectoria, nadie conoce tu contexto, nadie conoce tus referencias. Tu currículum aquí es solo un papel. La confianza no viene en el CV: se construye, y además en códigos que no son los tuyos. Y para rematar, no es una cuestión de días, ni de meses… ¡Años!
Intentar explicar tu diferencia cultural

En mi caso hay un detallito extra: me dedico a la comunicación. Y mi comunicación es… en mexicano. ¿Cómo explicas que tu diversidad cultural, tu manera de ver el mundo y tu experiencia pueden ser una riqueza para una empresa? Que tu diferencia no es un problema, sino justamente el valor que traes. Muchas veces quieren que hables perfecto, que entiendas todas sus referencias culturales, que no haya fricciones entre el español de España y el mexicano. Y entonces ahí estoy intentando explicar que mi diferencia no es un defecto… que es precisamente lo interesante. Pero para llegar a esta conclusión pues ya ni te cuento de las crisis de identidad que esto significa.
Con el tiempo también cambió mi manera de vivir Barcelona. Y eso tiene mucho que ver con otra cosa que llegó a mi vida: ser mamá. Porque una cosa es vivir en Barcelona a los treinta, con tu libertad y tus horarios, y otra muy distinta es vivir aquí a los cuarenta con un hijo. La ciudad se vuelve otra. Empiezas a conocer Barcelona desde lugares que quizá nunca habrías pisado: parques, escuelas, cumpleaños infantiles, conversaciones con otras madres en la puerta del cole.
Y hay algo que siempre me provoca una pequeña risa interna. Mi hijo no tiene mi acento. De repente dice “coger” en lugar de “agarrar” y a mí por dentro se me escapa un jeje porque mi cabeza sigue funcionando en mexicano. Pero es que además, es catalán, en su mundo hay que «cagar la piñata». En ese pequeño detalle cotidiano aparece una verdad enorme: la vida ya echó raíces aquí. No soy solo yo viviendo en Barcelona. Ya wey, es que ya tengo tatuada Barcelona.
Y aun así, después de catorce años, hay cosas que no se mueven. Aquí aparece la voz de mi mamá: puedes dar muchas vueltas en la vida, pero tarde o temprano terminas regresando a ti. A tu forma de ver el mundo, a tu humor, a tu manera de sentir lo emocional, a tu vínculo con el lugar del que vienes. Emigrar te cambia muchas cosas, pero no te borra.
Supongo que eso es lo más raro —y también lo más bonito— de cumplir catorce años viviendo en Barcelona. Que aunque a veces esta ciudad me haya sacado canas, también se volvió casa. Y que aunque yo viva aquí, hay una parte de mí que sigue cruzando el Atlántico en automático. ¡Y me parece maravilloso!
Lo que cambia cuando emigras… y lo que no
Porque emigrar tiene algo curioso: no es irte de un lugar para pertenecer a otro. Es aprender a vivir con dos mapas dentro del mismo cuerpo.
Y al final, como digo siempre, perfecto allá no es… pero aquí tampoco. Allá hay unos problemas y aquí hay otros. En los dos lados tengo que lavar ropa, lavar platos, pagar impuestos y trabajar. La vida, al final, sigue siendo vida.
Yo soy más de seguir avanzando. Todavía quiero más. Todavía sigue estando cool.
No sabría responder hoy a la pregunta de si voy a volver algún día a Tijuana. Como tampoco podría decir que aquí me voy a morir.
Cuando me vine, yo veía por nueve meses.
Y mira… ya van catorce años viviendo en Barcelona.


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