La amistad en la vida adulta

Published by

on

Grupo de amigas en San Francisco, California | La amistad en la edad adulta | Ahorita Vengo BLOG

¿En qué momento dejamos de pensar que la distancia era solo kilómetros? ¿En qué momento empezó a sentirse en el cuerpo y no en el mapa? 

Crecí creyendo que la amistad simplemente pasaba. Que era química. Coincidencia. Suerte. Las amigas de la escuela, del grupo del trabajo. Con los y las que conecté y ya. No me detuve a pensar. A veces algunas amistades se disuelven solas, pero las que se iban quedando, pensé que, pues… era así. 

Pero ahora sí lo pienso. 

Varias primarias. Dos preparatorias. La universidad partida en dos tiempos. Dos ciudades antes de cruzar el charco. Y luego cruzar el charco y de pronto estar más quieta. Quieta siendo adulta, viviendo el día a día. Ese día a día que te consume y ni cuenta te das. 

Y cuando te mueves… ¿aprendes a adaptarte o aprendes a no agarrarte fuerte? ¿O te agarras a lo que sea por no estar navegando sola por la vida? 

Me integro, leo el ambiente y quizá sí tengo normalizado que hay gente que entra y sale, que no todo lo que entra se tiene que quedar para siempre. Que cada etapa tiene sus personas. Y no pasa nada.

¿O sí pasa?

Porque durante años creí aceptar que no todas las relaciones estaban hechas para quedarse. Pero si soy honesta… no quería que se fueran. Sí me esfuerzo. Le echo ganas a las relaciones. Sí, soy de las que intenta unir, hacer de puente, sostener grupos. Soy selectiva sí, pero una vez que siento la vibra y me gusta, lo doy todo. Y quizá ahí la cago poquito porque pongo toda la carne al asador. Y porque mi valor como amiga no está en lo que doy, sino en lo que soy. (Pinchi terapia, sí sirve) 

Pero si algo me está enseñando la maternidad es que, si el vínculo más básico, el más “asegurado”, tampoco se sostiene solo… ¿por qué pensé que la amistad sí? Si tienes un hijo tienes que aprender a escuchar, a regularte, a no imponer, a reparar… ¿por qué asumí que entre amistades todo fluye sin esfuerzo?

No sé. Es medio raro hablar de “trabajar” la amistad. Pero cuando no se cuida… se siente. Yo ya lo siento y sí noto que estoy en otra etapa. Y no, no es solo la distancia.

A veces es duro darse cuenta que expones tu vulnerabilidad, y que no siempre del otro lado saben qué hacer con ella. Como cuando tuve un amigo que me caía tan bien pero tan bien, que cuando trabajé en una florería le llevé un arreglo de flores y yo creo que pensó que le estaba tirando la onda porque fue darle un cariñito en forma de flores y recibir un portazo, nunca más lo volví a ver. A golpes entendemos que hay amistades que ya tienen ciclos. 

Dicen que crecer incomoda. Que poner límites no siempre es bonito. Quizá ahí empezó mi idea equivocada de la amistad como algo natural. Algo que simplemente sucede. Hasta que dejó de suceder. Porque se empieza a poner raro. Y mi cuerpo habla, pero no siempre lo sé escuchar. Algo pica. El corazón se acelera. Me sudan las manos. Me siento rara. Me abrí pero no sentí paz, sentí incomprensión. Me sentí exagerada, intensa, dudando incluso de mí misma. 

Mudanzas, cambios de etapa y cómo eso redefine nuestras amistades

Si los cambios de etapa redefinen nuestras amistades. La migración las redefine todavía más. Es un filtro en mayúsculas.

Los primeros años viviendo en Barcelona, sentí el peso de la responsabilidad: los vínculos dependían de mí, porque era yo quien había decidido irme. Si no escribo, no escriben. Si no llamo, no llaman. Si no busco y procuro, no pasa nada.

Y eso fue un filtro.

Cuando cambias de ciudad, de escuela o de país, tus relaciones se tambalean. Algunas amistades sobreviven a miles de kilómetros. Otras se diluyen estando en la misma ciudad. Ahí entendí algo: lo que sostiene una amistad en la vida adulta no es la cercanía física. Es el cuidado. Los cariñitos. El “oye, pensé en ti”. El “¿cómo estás?”. El “¿qué pedo?”. El audio de 12 minutos.  

Tal vez hay amistades que no estaban hechas para toda la vida, pero sí para una etapa concreta. Y eso no las vuelve menos importantes. Pero obvio duele perderlas.   

Perder amigas en la vida adulta: límites, ego y responsabilidad afectiva

Las amistades en la edad adulta | Ahorita Vengo Blog
Mi grupo de amigos y amigas de la Universidad <3

Perder amigas en la vida adulta puede ser muy raro, muy triste pero sobre todo muy incómodo porque ya no le puedes echar la culpa a que éramos morras, a ser inmaduras… ya wey, llega una edad que ya no te puedes hacer pendeja. Al menos a mí me lleva a noches desvelándome dándole vueltas a qué hice mal, qué pude hacer mejor, por qué me sentí así, y sobre todo: qué hago con todo esto. Sobrepienso mucho las relaciones. 

Incomodidades que se repiten. Tonos que cambian. Silencios que pesan. Comentarios que te sacan de onda y que no sabes cómo responder en el momento. A veces no es que te hablen mal. Es esa sensación de estar en un lugar que ya no es el tuyo. La broma que no te hizo reír, el comentario que se sintió raro… Y cuando decides poner un límite, cuando decides hablarlo porque crees que si algo puedes hacer en una amistad sincera es exponer un sentimiento aunque sea incómodo, aparece lo que no siempre sabemos sostener: la reacción del otro.

Un “lo siento” con un “pero”.
Un “entiendo” pero que gira el foco hacia ti.
Un “perdón, pero es que tu comentario me pareció agresivo pasivo”.
Un “yo no soy responsable de tus miedos”.
Un “te lo digo porque”, seguido de una lluvia de consejos cuando lo único que querías era que alguien se quedara en silencio contigo. O que, aunque no te entienda, te haga sentir escuchada, comprendida o mínimamente abrazada. 

Y entonces algo se rompe. 

Porque no es solo lo que dicen. Es lo que implican. Es esa sensación de que tu emoción quedó invalidada. De que lo que sentiste fue exagerado. De que el problema no es lo que pasó, sino cómo lo viviste. Y ahí, en la amistad, después de esas situaciones viene el poder de la decisión, ¿qué haces después de eso? 

Que alguien pueda decir: “no lo vivo igual, pero veo que a ti te duele”. Que alguien pueda sostener tu vulnerabilidad sin corregirla, sin explicártela, sin minimizarla, sin terminar regañandome. Porque al final, más que tener razón, lo que buscamos en una amistad adulta es sentirnos comprendidas.Y cuando esa comprensión no aparece, el cuerpo lo sabe antes que la cabeza. No sabes ponerle nombre, pero sabes que ahí ya no te sientes segura.

También he estado del otro lado.

Del lado en el que alguien puso su vulnerabilidad en la mesa y lo vi como una oportunidad para responder, para ponerme a la defensiva, para poner encima mi necesidad, mi herida. Y eso también hiere. Y luego ya no sabes cómo arreglar el desmadre. 

Y me doy cuenta de que cuando esto pasa, en cualquiera de los dos lados, siempre hay tres cosas: lo que se dice, lo que la otra entiende y lo que emocionalmente hay detrás. Cuando esas capas no se alinean, el madrazo es inevitable.

La responsabilidad afectiva no es una moda. Es escuchar más que responder. Es sostener conversaciones incómodas sin cerrar la puerta a la primera. Es aceptar que a veces también la cagamos. Y yo ya tengo tiempo en mis terapias, invirtiendo en mis emociones y buscando genuidad. Pero incluso haciendo todo eso, a veces la amistad no sobrevive.Y claro, también meto las cuatro patas con reacciones emocionales. Pero todo eso es normal si las dos partes están ahí porque quieren, no porque se ofenden o porque no les quede de otra. 

Las amistades que sobreviven a la distancia

Creo que ahora entiendo mejor por qué mi mamá dejó de ver a algunas amigas que yo conocí cuando era niña. Durante años pensé que había pasado algo grande. Hoy creo que fue la vida. Etapas. Energía. Prioridades.

Perder amistades duele un chingo. Y sí, todavía traigo atravesadas algunas pérdidas. Que vivir lejos me cambió, a huevo que me cambió. Y que con cada crisis existencial vienen nuevas necesidades.

Hay dinámicas que ya dejé. Otras que intento trabajar. Y otras que no quiero repetir nunca más. Porque es cierto, las amistades verdaderas se cuentan con los dedos de una mano… Y cuando no hay reciprocidad, comprensión, esfuerzo, a mí la neta ya me perdiste. Me desarmas y no tengo nada que decir. Las amistades unidireccionales no son amistades. 

Yo no me imagino mi vida sin mis amigas. Se me cae el mundo. Pero ahora entiendo que la amistad en la vida adulta no es algo que simplemente pasa. Es algo que se elige. Y se cuida. Y que la distancia no es geográfica. Y que estoy aprendiendo a decidir quedarme y a cuidar a quienes quiero que se queden conmigo sin importar en qué parte del mundo están. 

Deja un comentario

Descubre más desde AHORITA VENGO

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo