El otro día, en mis clases de catalán, salió un ejercicio sobre los workaholics. El libro los definía, pedía ejemplos, y la maestra lanzó la pregunta: “¿Conocen a alguien así?”. Yo, obediente, levanté mi manita.
Creo que ser workaholic también es cultural. En México yo trabajé muchísimo y pensaba que así tenía que ser: trabajar sin parar para demostrar(me) que era trabajadora, ambiciosa, exitosa. Pero, viéndolo ahora, esa idea del éxito estaba de la chingada. ¡Está!
Mis compañeros —la mayoría latinoamericanos— dijeron lo mismo. En catalán atropellado o más fluido, llegamos a la conclusión de que no es cosa de un solo país: es parte de esta cultura consumista e imperial que encaja perfecto con la idea aspiracional de la clase media… bueno, quizá sea más baja de lo que pensamos.
Ratita de laboratorio con tacones
De regreso a mi casa, caminando, seguí pensando en eso: yo fui workaholic, pero sin ponerle nombre. Creía que no tener tiempo era señal de productividad, que estar ocupada era sinónimo de ser una mujer trabajadora. En realidad, era una ratita de laboratorio con tacones, corriendo sin saber muy bien quién movía el queso.
Cuando fui reportera, prefería comer tarde para salir temprano; trabajaba más para gastar menos… y ganaba poco. Corría para “tener tiempo” de ver a una amiga, hacer compras o simplemente llegar a casa sin sentir que había desperdiciado el día. Mi objetivo secreto era no tener tiempo, porque estar ocupada era importante.
Hacer nada me parecía un pecado. Hoy lo pienso y creo que no sabía ni cómo se hacía eso de no fer res. “No hacer nada” era limpiar, ver la tele, pasar al súper… cualquier cosa que llenara los huecos del silencio.
Años después entendí que el descanso no es flojera: es reparación. Pero claro, a esa versión mía nadie se lo explicó.
Pobres, pero con todo
Me acuerdo de una plática con unas amigas, hace años. Una decía: “El trabajo no nos define, necesitamos un hobby”. Y yo salté: “Pues a mí sí me define, mi trabajo me hace feliz”. Qué joven era. Qué convencida de que mi carrera era mi esencia. Y qué pendeja porque también caí en el error de buscar que un hobby se convirtiera en trabajo, y la cagué.
Con esas mismas amigas, ahora, la conversación cambió: ya no queremos más trabajo, queremos mejores sueldos y más tiempo libre. En España descubrí que el tiempo libre es cultura, casi un derecho. Agosto con todo cerrado, domingos sin centros comerciales, medio país de vacaciones. Al principio me desesperaba; ahora, si alguien intenta cambiarlo, me lanzo con mi pancarta. Porque no es solo costumbre: son derechos ganados a pulso.
Siempre digo que mi nivel de vida económico en España bajó. Allá teníamos más poder adquisitivo, pero menos vida. Aquí tenemos menos dinero, pero no nos falta nada.
En México podía y salía mucho, me compraba mucha ropa y me daba mis lujos. Pero vivía corriendo, sin tiempo y sin descanso, con gastos de adulta y energía de veinteañera. En España, en cambio, cuento los euros en el súper… pero puedo pasar dos horas con un cafè amb llet en una terraza, sin bronca.
Todavía me explota la cabeza esa contradicción: en México el dinero fluye y es tercer mundo; aquí cada euro cuenta y es primer mundo. ¿Por qué los sueldos en España están tan jodidos? Y sí, cuando regreso, hasta me duele dejar propina o pagarle al viene viene.
Y hay otra cosa que me sorprendió: aquí nadie te pregunta en qué trabajas, así de primeras. En España esa pregunta llega después, cuando ya hay confianza. En cambio, en México, es la primera carta de presentación: “¿A qué te dedicas? ¿En qué trabajas?”. Allá el trabajo define quién eres; aquí, apenas puede pasar desapercibido.
Durante mis primeros años en Barcelona, no entendía por qué nadie me preguntaba por mis estudios, mi carrera o mis trabajos anteriores. Ahora lo entiendo. Y me encanta. Qué reto fue, al principio, platicar con alguien sin saber a qué se dedicaba. Pero qué forma tan auténtica de conocer a las personas, sin filtros de éxito ni etiquetas laborales.
Redefinir la riqueza
Aquí aprendí a medir distinto: no solo el dinero, también el tiempo. Pasé de aspirar a una agenda llena a desear una agenda despejada.
Mi lujo es hacer ejercicio a primera hora del día, darme esa hora y media solo para mí. Mi lujo es desayunar mis huevitos con jamón, aguacate, pan integral amb llavors con aceite de oliva, quesito fresco y mi respectivo tallat. Mi lujo es, si quiero, tomarme un café con alguna mamá después de dejar a los niños en la escuela o ir a comprar cualquier cosa por la mañana, como señora jubilada. Y, por supuesto, ir por mi hijo en la tarde, pasar un rato en el parque o ver sus clases de extraescolar sin mirar el celular, porque cuando me busca con la mirada quiero que sepa que lo estoy mirando solo a él.
Antes gastaba en pendejadas para “sentirme exitosa”. Ahora mi riqueza está en que mi hijo me cuente historias que tengo que descifrar entre columpios o sacarle, con paciencia de detective, algún detalle de la escuela mientras cenamos.
Mi lujo ya no es tener un coche nuevo; mi lujo es no tener coche. En casa hay uno, pero me niego a sacar licencia: no quiero. ¡Soy fan del transporte público! El metro es mi spa urbano, el único lugar donde nadie me interrumpe y puedo pensar sin pagar terapia.
Epílogo con risas y sacudida
Antes pensaba que ser exitosa era correr de un lado a otro, vivir llena de citas y compromisos, leer solo no ficción. Ahora me río de esa versión mía: descubrí que también la novela expande la mente y que la vida no necesita manual de productividad.
Crecí con la idea de que la mujer exitosa es la que no tiene tiempo para nada más que trabajar. Mi generación quería demostrar que podía estudiar, trabajar y “poder con todo”. Así nos volvimos esclavas de nuestros logros. Me tragué el discurso capitalista completito.
Por suerte, aquí aprendí a valorar el tiempo. Mi sueño millonario es simple: vivir más, trabajar menos. Y en ese sentido, España me lo regaló como sorpresa de la vida. Porque, como dicen, la siesta española se ríe del sueño americano. ¡Y confirmo!
Los gringos nos vendieron su modelo de éxito y en Latinoamérica lo compramos al por mayor. Nos creímos que ser esclavos del reloj era sinónimo de progreso. Pero la verdadera revolución es otra: tener tiempo para vivir.
Yo, la que antes presumía de no tener tiempo, hoy me siento millonaria con mis cafés largos y mis mañanas lentas.Y como escribió Byung-Chul Han: “El tiempo libre no se puede consumir, solo se puede vivir”. Lo mío, además, incluye un tallat bien servido y cero reuniones antes de las diez.


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