Una entrada retrospectiva de mi diario, escrita originalmente el 20 de marzo de 2020.
Pues sí, mi vida gira en torno a tres cosas esenciales: internet, una silla cómoda y una mesa. ¿Por qué? Porque me paso el día pegada a la computadora como si estuviéramos casadas. Pero, oye, no todo en la vida es teclear y mirar pantallas. Para sacudirme la modorra y despejar el coco, decidí meterme al yoga; y para echar fuera el estrés y acabar cansada físicamente, me apunté al box.
El boxeo, ese deporte que antes te imaginabas en gimnasios de pelis de los 80, todos oscuros y con ese olor a sudor y humedad, ha cambiado mucho. Ha pasado de esos lugares algo tenebrosos y solo para machos alfas, a ser clases dirigidas en gimnasios donde hay muchas mujeres y hasta huelen bien. Y aunque ahora estén más ‘in’ y sean más cómodos, la esencia del boxeo sigue igual: pura garra y corazón.
Y ahí estaba yo, dándole con ganas al saco como si no hubiera un mañana. Al principio, durante el calentamiento, parecía más un pato en patinaje artístico, intentando copiar los movimientos de Jackie Nava. Pero en esas clases de boxeo, también descubrí cómo se ve al box mexicano. Mis compañeros hacían bromas, decían algo y luego soltaban un: «¡Cuidado, que es mexicana!» Entonces empezaban a hablar de boxeadores y yo ahí, pensando: ¿Qué dicen? ¿De quién hablan? ¡Achis, achis! Y yo solo conozco a Julio César Chávez, al Terrible Morales y al Canelo Álvarez.
Pero me sorprendió y hasta me llenó de orgullo ver cómo perciben el boxeo mexicano. Me quedé pensando si debería darle más power a las clases de boxeo porque, después de todo, soy mexicana. Pero la verdad, no tenía de dónde sacar esa garra legendaria, porque con los primeros quince minutos de clase ya estaba pidiendo esquina. Y eso que lo más duro venía después, cuando tocaba practicar de tú a tú con un compañero, y el final de la clase eran combates. Recuerdo una vez que me pusieron con un chico más delgado que yo. Pensé, «esto va a estar tranquilo». ¡Pero qué va! El tipo quería darme de verdad. No sé si en ese momento despertó mi espíritu de boxeadora, pero por dentro estaba gritando: «¡Bájale dos rayitas, campeón, que esto es un gimnasio!» Y, a la vez, pensaba: «A ver si convenzo a mi novio de que venga a practicar con este y me lo quite de encima».
Pero volviendo a la garra boxeadora, tengo que decir que hay algo especial en ello. Crecemos con la idea de que ser mexicanos es sinónimo de ser chingones. Soy una chingona cuando me va bien pero, es que, cuando me va mal, también lo soy, porque como soy chingona, saldré adelante. Los mexicanos son guerreros, no se rompen, no se rinden, siguen y siguen aunque los golpeen. Los boxeadores mexicanos están ahí, recibiendo la hostia de su vida y no dejan de esperar el momento para dar el golpe, y eso que, además, son los pequeños en el ring.
Mientras le doy al saco en el gimnasio, no puedo evitar pensar en cómo la mentalidad del boxeo se parece a la vida cotidiana. Nosotros, los mexicanos, vivimos como si estuviéramos en un ring: no pensamos demasiado en el futuro, damos todo en cada golpe, vivimos el momento con toda la intensidad. Esa pasión desbordante, esa disposición a correr riesgos sin miedo. Ese “chingue su! En el ring, como en la vida, nos enfrentamos a cada desafío con una mezcla de valentía y a veces, una imprudencia audaz.
Por otro lado, España, que no es ni Suiza ni Alemania, parece tener un enfoque más frío para pensar en el futuro. Aquí la vida se planea pensando a largo plazo. La gente trabaja y vive con la confianza de que el sistema les dará lo que necesitan o se han ganado cuando se retiren. Vamos, que hay un sistema de pensiones que, aunque esté algo tambaleante, funciona y hay jubilados que cobran desde cuatrocientos euros hasta dos mil al mes. Es una mentalidad distinta, una en la que se lucha por la estabilidad y la seguridad, y sí, también por unos derechos que ya se dan por sentados. Aquí la gente piensa: «Es lo que hay, y punto». «Es lo que toca».
Esta diferencia en el enfoque se nota claramente en cómo cada cultura está lidiando con la crisis del coronavirus. Mientras que en México podríamos tender a minimizar los riesgos y seguir adelante con ese espíritu de «ser chingones», “comimos tierra de chiquitos”, en España se inclinan más a la precaución, a seguir las normas establecidas pensando en el bien común y en cómo cada decisión de hoy impactará el mañana. Cuando veo que aquí se respetan, en lo general, las reglas, me vienen a la mente imágenes de cómo en México las burlaríamos. Algo parecido me pasaba en Tijuana comparándola con San Diego, que siempre me pareció tener una vida más estructurada, con horarios para todo. ¡Nosotros vamos por libre! Hasta nacemos donde nos da la chingada gana.
Me doy cuenta de que, al final, todos estamos en el mismo ring, peleando contra el mismo enemigo invisible. Cómo luchamos refleja nuestra cultura, personalidad y esperanzas. Quizás, en estos tiempos inciertos, hay algo que aprender de cada enfoque: la pasión y el coraje del boxeador mexicano, junto con la planificación y la cautela del pensamiento español. Me pregunto si la clave está en encontrar un equilibrio entre vivir el momento con intensidad y planificar pensando en el futuro. Tal vez eso es lo que necesitamos para ganar esta pelea global, un poco de la chingonería mexicana y un poco del temple español, o vamos a llamarle, temple europeo.


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