Postal del 08042 de Barcelona

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Nou Barris, Barcelona 2015 | Arlene Bayliss

Es 19 de marzo de 2015.

El 08042 es el código postal de Nou Barris, en Barcelona, un tapiz de historias y culturas entrelazadas. Cuando digo barrio, me refiero a mi colonia, a mi fraccionamiento, porque aquí se llaman barrios y no son precisamente de mala muerte, sino barrios vibrantes, latiendo como corazones en la gran ciudad Condal. Estoy lejos de los turistas, al norte de la ciudad histórica, glamurosa y gótica.

Aquí no llegó la mano de Gaudí ni de Domènech i Montaner, lo que ha llegado es el crecimiento poblacional y la migración, un río de nuevas vidas que fluye bajo la identidad catalana, enriqueciéndose con sus diversos brazos.

El barrio está allá arriba en Barcelona, como si fuera su gorra del norte. Es como un árbol de raíces profundas y ramas extendiéndose hacia la montaña, uno de los nuevos barrios y al mismo tiempo uno de los viejos que fueron fusionados, absorbidos, por eso lo del nou-nueve, aunque actualmente son trece los que conforman el distrito. Un barrio humilde, una manta de retazos tejida en los años cincuenta, sesenta y setenta.

Han pasado muchos años desde aquel entonces. Entrados los años 90 y ya en el 2000, llegó otra oleada de personas, esta vez de diferentes países, principalmente latinoamericanos. Nou Barris se ha convertido en el barrio más ‘latino’ de Barcelona; es el lugar donde la mayoría de la población proviene de estas nacionalidades. Y aquí estoy yo, dándole sabor al caldo. ¡La vida!

Esta mezcla de culturas en Nou Barris, con su fuerte esencia latina, me recuerda a mi propio hogar en México. Veo reflejada mi historia en las calles y en los rostros de la gente. Siempre que detecto un acento latinoamericano, siento un cariñito. Y aquí se sienten muchos.

Justo en el café de enfrente de mi casa, de once a dos, es todo un show: los hombres salen a fumar y a debatir, a todo pulmón, sobre lo que anda mal en el país. ¡Un griterío! Discuten con esa pasión de leones marcando su territorio. Y retumba tanto en la esquina que parece que los tengo en la habitación de al lado. Lo único que los tranquiliza es la hora de comer. 

Mis vecinos del primero son bolivianos, los del segundo franceses, la Rafi es sevillana y nosotros, un catalán y una mexicana, como flores de distintos jardines plantadas en el mismo suelo. Familias de distintas culturas que se integran a una misma cotidianidad, un caleidoscopio de vidas entrecruzadas.

El parque de la Guineueta es nuestro Central Park, un pulmón verde que respira paz y juegos infantiles.

¿Necesitas un estropajo? Los bazares que generalmente son negocios de familias de procedencia china, no fallan, siempre maravillosamente surtidos y baratísimos; aunque sean productos de una noche, te sacan de un apuro, como un mago sacando un conejo de su sombrero.

Una costurera peruana que no te voltea a ver cuando entras, ni cuando le cuentas qué necesitas, pero sus manos trabajan la tela como un artista pinta un lienzo.

Un zapatero ecuatoriano dispuesto a arreglar lo que sea, incluso sin que se lo pidas, como un guardián de los pasos perdidos.

Una rosticería catalana y familiar que, si les llamo por teléfono antes de las tres de la tarde, me guardan un pollo como si reservara un tesoro para bajar y pasar por él, sobre todo los domingos que escasean.

Un café que sirve jugos naturales de naranja y que me prepara el bocata como se lo pida, un remanso de sabor en medio del ajetreo diario.

También tengo una tienda de fotografía que alimenta mi gusto por imprimir fotos, como ventanas a momentos congelados en el tiempo. Un locutorio, una frutería, varios bares que dejan clara su ideología anti o pro españolas y catalanas; cajeros automáticos, zapaterías, calles para caminar y pasear como venas por donde circula la vida del barrio, plazas públicas, un centro cívico con una gran biblioteca y todo, todo lo tengo a menos de quince minutos, un pequeño universo a la distancia de unos cuantos pasos.

En la noche, en la otra esquina, como si de bandas se tratara, se juntan los chicos que no tienen preocupación por levantarse temprano, como estrellas fugaces en el cielo nocturno del barrio. Ahí están, hablando, carcajeándose, mirando fotos y vídeos en su celular, burlándose uno del otro y así todos los días de la semana, con sus altos y sus bajos, como una melodía que se repite noche tras noche.

Luego están los de Nou Barris de Barcelona, los de toda la vida, los catalanes que le dan el sabor tradicional al barrio, como el alma vieja en un cuerpo joven. Sí, hay bares con banderas latinoamericanas, pero son bares al más puro estilo catalán, con sus bocatas, butifarra, cañas, la clara, el tinto de verano; la música es latina pero la comida es regional, un baile de sabores y sonidos.

Enfrente de mi finca, una pareja de ancianos vende desde hace varias décadas vino artesanal, vino en barricas de roble; llevas tu botella o tu bote de plástico y te lo llenan, como quien llena un cofre de tesoros líquidos.

Las chicas del mercado, las de la pescadería, están allí destripando pescado desde hace veinte y treinta años, todas mujeres, guardianas de un arte ancestral.

Cuando hace sol, los ancianos se adueñan de las bancas del parque, igual que las mujeres mayores que se sientan a ver al que pasa, a mirar cómo pasa el día en el barrio, como sabios observando el paso del tiempo.

Aquí, en el 08042, la vida nunca es aburrida. Desde las mañanas llenas de sorpresas hasta las noches que parecen sacadas de una comedia española o mexicana. En este barrio, abrigado bajo su sombrero norteño, he aprendido a moverme al compás de una cultura que cada día me sorprende más, paseando con mi español mexicano entre palabras en catalán y en castellano. Nou Barris, que se ha convertido en mi tercer nuevo hogar en Barcelona, es un lugar donde cada día es una revelación. A veces, todo lo que necesito es tomar un giro diferente al salir de la panadería, en vez de pasar por la zapatería, y de pronto me encuentro en un rincón completamente nuevo y exclamo un: Ah, ya sé dónde estoy. Y así voy por el barrio, descubriéndolo.

Y así, cada pequeño descubrimiento añade otra línea vibrante a mi personal postal del 08042.

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