A menudo me resulta difícil pensar a largo plazo. Esta dificultad se hace evidente cuando me invitan a eventos o reuniones programadas para dentro de un mes o más. Me siento presionada, incierta sobre mis planes futuros y si podré comprometerme. Me pregunto si se trata de una dificultad para comprometerme o simplemente de mis preferencias personales.
Los últimos diez años han sido de constante transformación para mí. Eligiendo diez años como referencia porque marcan mi cambio de residencia, de país, de cultura, e incluso de enfoque laboral. Barcelona, donde inicialmente pensé quedarme solo por nueve meses, se ha convertido en mucho más. Este lugar y todos los cambios que trajo consigo me han llevado a cuestionar casi todo.
Barcelona, a diferencia de mis años anteriores llenos de libertad, independencia y empoderamiento, ha sembrado dudas en mi mente. No transito por la vida con sueños o aspiraciones definidas. Aunque tengo una idea vaga de lo que me hace feliz y de lo que deseo en la vida, la realidad es que nunca pude haber imaginado cómo sería mi vida a los 40 años.
Esta aventura de no saber qué viene después se ha convertido en una parte fundamental de mi vida. He aprendido a fluir con lo inesperado, aceptando, o al menos intentando aceptar, que no se puede tener un mapa detallado del futuro. Barcelona, con sus giros inesperados y sus lecciones diarias, me ha enseñado que la vida rara vez sigue un guion predecible. Bueno, ¡que no hay guión!
Y mirando hacia atrás, me doy cuenta de que este viaje ha sido mucho más que un simple cambio de escenario; ha sido un camino hacia una transformación personal. Cada incertidumbre, cada duda, cada elección hecha al vuelo ha sido parte de un crecimiento más profundo. Aunque no tenga un plan detallado para cada paso, he descubierto la alegría de sorprenderme y la importancia de ser flexible.
Reflexionando sobre mi viaje, entiendo que lo realmente importante no es saber con exactitud dónde estaré en diez años, sino saber hacerle frente, estar lista para enfrentarlo. Así, a medida que me acerco a los 40, celebro no solo lo que he alcanzado, que no se trata de éxitos o logros, sino de experiencias, de una disposición a navegar en las aguas cambiantes de la vida, una habilidad que sin duda Barcelona ha ayudado a pulir en mí.


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