¿Qué hago con mi “cura”?

Published by

on

Abrí mi diario y me encontré con una entrada del 11 de diciembre de 2015. Decía:

“Supongo que me resisto. No quiero dejar de ser yo, pero… ¡es que nadie sabe qué es curada! ¿Para qué lo sigo diciendo? ¿Qué no se supone que por eso es cosmopolita Barcelona? Gente de todo el mundo comunicándose de muchas formas distintas… ¿por qué tengo que sacarla de mi vocabulario?”

Sí. Sí me resistía. Hoy lo veo con más claridad: no se trataba de renunciar a quién soy, sino de intentar comunicarme mejor. Cambiar ciertas palabras no es traición. Es traducción. Es como aprender otra jerga, una versión local del idioma que ya hablas.

Lo mismo me pasó en Ciudad de México. Decía muchas palabras norteñas y los chilangos me miraban raro. Esa mirada condescendiente que mezcla desconcierto y prejuicio: “una provinciana más”.

Y luego llegué aquí. A Barcelona. Donde “chingón”, “chingado”, “un chingo” y todos los derivados de “chingar” son follar. No puedo decir “chichis” sin que se imaginen otra cosa —porque aquí, el chichi es la vulva.

Todo mal.

“No seas mamón”. En México lo decimos sin pensar. Pero acá… mamón suena a eso: a mamar. Literal. Y no, no estamos imaginando una mamada cada vez que decimos que alguien es un mamón. Solo estamos siendo mexicanos. Pero no. Aquí distrae. Choca. Saca de contexto.

Y una se cansa de explicar.

“No mames”, eso es exactamente lo que siento cada vez que me doy cuenta de que debo adecuar mi vocabulario. No porque quiera, sino porque si no, el “no seas mamón” hay que explicarlo. Y si un chiste se tiene que explicar… ya valió madre.

Y ni hablemos del “qué perro esto” o “qué cura aquella morra”.
¿Qué perro, el de quién?
¿Cura como en sacerdote?

Y luego está “guay”. No puedo. Me sigue sonando a palabra inflada, como de burbuja de chicle que se va a reventar. Yo digo “curada”.
O decía.

“¿Qué onda con la cura de la morra? Ay te encargo. Hasta aquí mi reporte, Joaquín.”
Y claro, nadie sabe quién es Joaquín.
Chingadamadre.

Recuerdo una vez, en una comida con colegas, que solté un “está bien curada esa serie” y se me quedaron viendo como si hubiera dicho que era milagrosa. Intenté explicarlo, pero terminé diciendo que estaba muy buena. Esa fue la primera vez que me callé la palabra.
Me la tragué con la Estrella Damm.


Me leo y me entiendo.
Me abrazo. Porque sí, sí dolió dejar de usar palabras que me nombraban.

Y aunque no es grave, tampoco es nada. Y a la vez, es todo.
Cuando te vas a otro país y cambias de idioma, sabes que toca reconstruirte. Pero cuando compartes idioma, esperas que todo sea más fácil. Que haya puentes. Y los hay… pero con matices. Con curvas, con baches, con giros inesperados.

Quizá nuestras palabras son como nuestras costumbres: unas se quedan, otras se transforman, y algunas duelen cuando las dejamos ir.
Pero ahí siguen, en el fondo, como acento que no se borra, como país que nunca se va del todo. Aunque cambie lo que digo, sigo siendo la que un día dijo “curada” sin miedo a que le preguntaran si estaba enferma.

Deja un comentario

Previous Post
Next Post

Descubre más desde AHORITA VENGO

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo