No sé si cada año pasa más rápido o si ha sido 2023 un año que se fue en un parpadeo de ojos. Como dijo el poeta T.S. Eliot, «El tiempo presente y el tiempo pasado están quizá presentes en el tiempo futuro, y el tiempo futuro contenido en el tiempo pasado». Mirando hacia atrás, parece que fue ayer cuando estuve con mi familia en Tijuana después de cuatro años sin visitarlos. Me supo a poco, pero al mismo tiempo ha sido un sabor emocional que siento muy cerca, aunque no, fue hace un año.
Regresé de aquel viaje y en cuanto aterricé en Barcelona, la preocupación de que debía mudarme de piso… otra vez. Y aunque no suelen molestarme las mudanzas, porque las veo como pequeñas oportunidades de nuevos comienzos, esta vez me dolió. Me sacaron; yo no quería salirme, de hecho, bien pudo ser la ley de Murphy, porque fue justamente en ese barrio donde estaba encantada e incluso haciéndome a la idea de establecerme.
Recibí mi cumpleaños en una nueva casa. Un piso adornado con el lujo de un balcón y dos baños, un santuario nunca antes visto en mi vida en España. Pero fue sobre todo un gran cambio porque no cambié de barrio sino de municipio, fue más que un mero desplazamiento geográfico, fue como saltar de un trampolín hacia lo desconocido. Yo, que siempre me sentí urbanita, encontré un pueblo que está a tan solo 10 kilómetros del centro de la ciudad, una burbuja que se ha ido transformando en mi universo particular.
Al cumplir 41 años, la realidad de tener 40 me golpeó con una fuerza tardía. Los 40 no los entendí. Ahora comprendo que no se trata de no aceptar la edad, sino de enfrentar la incredulidad de que la juventud es muy fugaz. «Cuarenta años es la vejez de la juventud, pero cincuenta años es la juventud de la vejez», dicen por ahí. Mi corazón sigue siendo joven, pero ahora baila al ritmo de una madurez que noto.
A veces.
Porque también hay crisis. Viaje con Escalas, mi proyecto personal, estuvo a punto de desvanecerse como un sueño al amanecer. Pero ahora enfrenta el 2024 con un ultimátum: es ahora o nunca. Y en este entramado de finales y comienzos, encontré un renacer en mi blog personal, redescubriendo esa parte de mí que siempre he estado escribiendo, casi sin darse cuenta del deseo latente de ser escritora. Era una exploración inconsciente, plasmando pensamientos y experiencias sin saber que, en realidad, estaba construyendo mi voz como autora. Este año se cierra con la promesa de abrir mis diarios, de revisitar lo que una vez viví y escribí. Es un proceso de escuchar mi voz interior y de dejar fluir las palabras como lava de un volcán, liberando expresiones retenidas. ¡Y eso que soy piscis!
Como ese volcán, las relaciones de amistad y los lazos familiares han erupcionado, transformando el paisaje de mi vida. He aprendido a aceptar que no todas las amistades de toda la vida deben continuar, especialmente cuando ya no hay nada que las una. Si no se construyen nuevos momentos o si, incluso siendo parientes, no existe interés mutuo, es mejor reconocerlo. ¡Qué liberador es aprender a soltar!
El 2023 trajo dolor y pérdidas, momentos en los que el sufrimiento de seres queridos se convierte en un eco en nuestro propio corazón. Aprendí que a veces, simplemente estar ahí es suficiente. Mi círculo se ha reducido, pero se ha vuelto más sincero, más íntimo. Estoy segura de que 2024 traerá nuevas oportunidades, espacio en mi clóset y en mi corazón para dejar entrar lo nuevo.
Ha sido un buen año, uno lleno de aprendizajes y crecimiento. Quizás sea el año con más visitas al parque que ningún otro, y está bien, pues estoy viviendo una nueva etapa. Una etapa que es todo un privilegio. Como tantas cosas en mi vida, encuentro espacio para apreciar, valorar, respetar y sentir, pero, sobre todo, para agradecer.
¡Adiós, 2023! Feliz año para ti, que me lees.


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