Las costumbres no son cadenas

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«La costumbre, esa tiranía de los cuerpos, esa prisión de los corazones y las mentes». – Gustave Flaubert

No sabía que era costumbre, no conscientemente. Pero nunca había vivido una Navidad sin mi familia, fuera de mi casa, en otra ciudad, con desconocidos o amigos. Hasta que la consecuencia de mis decisiones cayó como un bloque del sexto piso, estrellándose contra el suelo de mi realidad.

Me sentí como si hubiera bajado del tren en una estación equivocada. Evité sentirme triste, pero me cuestioné a mí misma sobre esas decisiones, ¿hasta dónde? ¿Qué estoy sintiendo? ¿Estoy extrañando mi casa? ¿No quiero estar aquí? La costumbre, como el arraigo, se vuelven un código de barras, una marca personal que, vayas a dónde vayas, siempre te recuerda tu origen. Pero, ¿es necesario? ¿Y si me quito el código de barras, qué pasa?

Aquellas primeras veces fueron complejas, como si bailara en una fiesta con música que nunca había escuchado, de un estilo que no reconocía. Pasar Navidad con mi pareja o con su familia no fue mal, no fue bien, fue emocionalmente confuso, como un caleidoscopio de sentimientos.

En este contexto de reflexión, Blaise Pascal dijo: «Las costumbres hacen todas las leyes, todas las creencias, todos los actos de la vida». Estas palabras resonaron en mi mente, echando luz sobre cómo mis propias costumbres chocaban y se entrelazaban con las nuevas.

Han pasado los años y fue una vecina de Colombia la que me recordó aquel bloque del sexto piso. Sin pedir permiso, se metió hasta mi cocina con una sencillez que solo se atribuye a lo habitual. «Como es la costumbre», dijo. Un regalo el 25 de diciembre que por muy poco me hace ir a comprar un regalo como consecuencia. Pero una década después de vivir en un país que no es el mío, me vi reflejada en ella. Como un eco de mi pasado que resuena en un presente ajeno.

La primera vez que me encontré en la calidez de una familia ajena, una nueva familia, y repliqué lo que había hecho toda mi vida, entendí mi costumbre. Puedo defenderla y abrazarla, porque cada vez que regreso a casa, la repito. Pero aquella vez, mis regalos fueron como flores en un jardín de cactus: hermosos, pero fuera de lugar. «No era necesario», «No tenías por qué». Incluso, uno de los regalos me fue devuelto: «No uso pendientes».

Quedé perpleja, como una actriz que se olvidó de su diálogo con el teatro lleno, deseando solo escapar a un rincón seguro. Las palabras resonaron en mi corazón como un eco: «No quiero tu regalo, ¿por qué me regalas algo?». Incluso me pareció de mala educación. Pero, pasados los años, puedo ver qué, ¿cuántas veces hemos recibido un regalo que va directamente a la basura? ¿O lo guardamos por toda la eternidad sin usarlo?

El consumo es un apellido de la Navidad y, ¿no es momento de priorizar? No solo a nivel de gastos, donde un aguacate puede costar más que un pequeño lujo diario, sino también en términos de lo que realmente valoramos. La abundancia a menudo eclipsa la esencia, y podríamos replantearnos nuestras tradiciones. Lo veo en mi propia familia, donde un regalo no es suficiente; deben ser dos, tres, cuatro, incluso cinco; sobre todo los padres a los hijos y, regalos caros.

Quizás, en lugar de sumergirnos en la búsqueda del regalo perfecto en un mar de ofertas y promociones, podríamos dedicar tiempo a crear algo con nuestras propias manos, o elegir actividades que forjen recuerdos, en lugar de acumular objetos. La Navidad es más que una oportunidad para consumir; es un momento para reconectar con las personas que decidimos deberían estar presentes en nuestras vidas. Pero lo reconozco, yo también soy presa de los regalos, menos que antes, pero aún lo soy.

Ahora lo entiendo. Hoy, bajo el manto de esta nueva familia, abrazo otras costumbres, una en donde no hay regalos entre todos, cuando los hay es para los más peques. Pero lo curioso es que, gran parte de mí se liberó. No sabía que me sentiría bien; de hecho, me costó años cambiar de costumbres, como si desprendiera capas de una segunda piel.

La Navidad de 2022 fue un regreso triunfal a Tijuana después de cuatro años, un reencuentro con cada una de las líneas de mi código de barras. ¡Todas! Y fui feliz, mucho. Lo necesitaba. Pero por otra parte, veo con otros ojos mis propias costumbres y esta Navidad de 2023 la viví de una forma inédita.

No solo son los regalos, es el espíritu. Decidimos juntos qué queríamos comer, a qué hora, cuándo haríamos el Tió del Nadal, cómo llegaría Santa. Y así, entre el 24 y el 25, lo disfruté muchísimo. Logré un equilibrio entre lo que es costumbre y lo que puedo adecuar a nuestro gusto, a nuestra realidad, a mi nueva realidad. Incluso el 26 de diciembre, celebramos San Esteban con sus canelones, algo que en mi antigua realidad ni siquiera existía.

Gracias a la vecina, me doy cuenta de que aprendí que las costumbres no son cadenas, sino hilos que podemos tejer a nuestro antojo. ¡Se trata de pasarla bien, no de replicar y hacer cumplir compromisos! La vecina al final me dio otro regalo, me mostró que las tradiciones pueden mutar, adaptarse, transformarse en algo nuestro. Me pregunto, ¿será capaz de desenredar esos hilos de la costumbre, tejidos durante años, para crear su propio tapiz de tradiciones en su nuevo país? 

Y así, sin querer, gracias a su costumbre me di cuenta de que soy un poco más libre de las mías. Mirando hacia adelante, abrazo esta libertad, lista para seguir teniendo en el tapiz de mi vida de aquí y de allá. 

¿Cómo han evolucionado tus propias tradiciones navideñas con el tiempo, y qué costumbres te gustaría reinventar o liberarte de ellas en futuras celebraciones?

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