Recuerdo mis 18 o 19 años como un tiempo donde las peleas en casa eran tan comunes como la sal en cada comida; un amargo condimento que marcaba nuestro día a día. Ahora lo comprendo: una crianza basada en el autoritarismo, adornada con frases como «porque lo digo yo», «porque soy tu madre», «esta es mi casa y estas son mis reglas», «si no te gusta, agarra tus cosas y vete». En aquel entonces, me sentía como un vaso que se llenaba cada cierto tiempo, hasta que inevitablemente, ¡explotaba!
Además de aquel autoritarismo, había una narrativa de cuidado basada en una estricta disciplina, pero en realidad era una correa muy corta. Provocó que, como una perrita que no la sacan a pasear, a la primera que ve la puerta abierta, se va y sale desbordada. Así era yo. Todavía estaba en la universidad y tenía que regresar a las 12 de la noche a mi casa. Pocas veces lo hice y eso generó que no tuviera llaves para entrar y salir, y esto llevó a una cadena de comportamientos que solo desencadenó en una relación familiar muy complicada. Un escenario de muchos conflictos, mucha rigidez mezclada con mucha incomprensión y ese jodido autoritarismo que ya venía de otras generaciones.
Un día, estaba tan enojada porque me dejaron fuera de casa, que agarré del suelo una piedra que era tan grande que tenía que tomarla con las dos manos, y sin pensarlo y llevada por un fuego que me estaba quemando por dentro, la aventé al vidrio del coche del esposo de mi mamá. Era la manifestación física de un volcán que finalmente erupcionaba, liberando lava ardiente de emociones reprimidas que se habían cristalizado en el fondo de mi ser.
Recuerdo una discusión particularmente intensa con mi mamá, donde las palabras salían afiladas y venenosas, y una grosería cortó el aire entre nosotras como un cuchillo. Me dio una bofetada que me giró la cara. Volví a repetirle la misma palabra pero con más contundencia. Otra bofetada. Volví a repetir la misma palabra, cuidando que quedara clara cada sílaba. Otra bofetada. No sé cuántas veces me pegó ni cuántas veces repetí la ofensa; no iba a parar, y fue ella quien se dio la media vuelta y se fue. Las bofetadas se transformaron en el zumbido de una brisa lejana; al principio eran huracanes que me sacudían el alma, pero poco a poco se convirtieron en un eco suave, casi como si mi piel se hubiera hecho de piedra, impermeable al dolor y al enojo.
Tristemente, tengo muchas historias similares donde la relación madre e hija parecía más bien una lucha de poder que aumentó a medida que cumplía años, mi mamá se volvió a casar y volvió a ser mamá. Nuestra relación era como navegar en un barco sin timón; momentos de calma engañosa seguidos por olas gigantes de conflictos. Amor y dolor, entrelazados como corrientes marinas contrapuestas, arrastrándonos en un baile caótico que, hasta el día de hoy, sigue buscando su faro de paz.
Mis amistades más cercanas de la secundaria, de la preparatoria, de la universidad, de mis primeros trabajos, e incluso aquellas que conocí cuando ya no vivía en mi casa, saben algo de esa relación tan complicada. Más de una amiga, además de saberlo, lo ha vivido; algo les ha salpicado de aquellos días de explosiones, ya fueran de mi mamá o mías. Y más de una me dejó dormir en su casa en los momentos más difíciles, cuando quieres irte pero no sabes ni cómo ni a dónde. Ahora, en España, cuando me preguntan por mi familia, si vienen a visitarme, si me echan de menos, siempre hay un momento en el que sale un: «Es complicado, hay cosas detrás, bueno, tengo mi historia”.
Recuerdo que hace unos años, me hice una lectura de registros akáshicos, son como una biblioteca de información energética que rasca tu pasado, en donde mi tarea era hacer una serie de preguntas que me inquietaban o preocupaban, y la experta fungía como intermediaria para darme respuestas que venían de las almas de mi pasado. Una de mis preguntas fue: de dónde viene mi ira. Recuerdo que la canalizadora, con los ojos cerrados, poco a poco comenzó a cambiar de semblante y lo primero que dijo fue: viene de tu madre. Desde el vientre. Y comenzó a llorar. Y aunque escéptica, no lo era tanto porque estaba ahí, poniendo atención y buscando respuestas, una parte de mí sentía que algo de verdad había en ello. Mi mamá me contó una serie de historias desgarradoras para cualquier mujer embarazada que además, tenía 20 años. Y me dice: lloro porque hay mucho dolor y ese dolor está desde que tú estabas en su vientre.
Ahora, en terapia, descubro que mi ira, lejos de desvanecerse, encuentra nuevas formas de expresarse. Aunque ya no rompo ventanas, la urgencia de lanzar algo, de liberar esa furia, permanece, cuando una situación me lleva al límite, cuando las palabras no pueden ir a más porque ya las dije todas. Un testimonio vivo de que hay algo que aún no está resuelto.
En la última sesión, donde me encontraba en el océano de mis emociones, la psicóloga dijo algo que quizá nunca había tomado en cuenta. «Cuando hablas de tu pasado, no estás enojada, estás triste».
¿Estoy triste? ¿Detrás de mi ira hay tristeza? ¿Es esa la razón por la que, al expresar mis emociones, mis problemas, mi pasado, las lágrimas emergen sin esfuerzo? ¿No se trata simplemente de ser una persona emocional, sino de la profunda tristeza enterrada en mi corazón?
La puerta de la casa de mi infancia se abrió de par en par, mostrando a mi niña interior. Creo que está triste porque la dejaron sola cuando más deseaba compañía, porque siempre era la última en ser recogida de la guardería, porque la hacían dormir sola a pesar de su miedo, porque le daban miedo sus peluches, la oscuridad, bajar las escaleras sin luz, ir al baño sola. Está triste porque se sintió desplazada y nadie le aseguró lo contrario, o al menos no de una manera que ella pudiera comprender, haciéndola sentir menos importante. Está triste porque quería que la quisieran, que se lo demostraran.
No siento un consuelo, sino un choque con la realidad. No habrá una sanación inmediata, solo el crudo reconocimiento de que el camino hacia adelante es más oscuro y tortuoso de lo que jamás imaginé. No hay jardines aquí, solo un campo de ruinas que debo aprender a atravesar, reconociendo cada pedazo de escombro como parte de mi ser. Pareciera un viaje no hacia la luz, sino a través de la oscuridad, hacia una comprensión más profunda de quién soy en realidad.
Había una vez… un estanque maravilloso. Era una laguna de agua cristalina y pura donde nadaban peces de todos los colores existentes y donde todas las tonalidades del verde se reflejaban permanentemente… Hasta ese estanque mágico y transparente se acercaron a bañarse haciéndose mutua compañía, la tristeza y la furia. Las dos se quitaron sus vestimentas y desnudas las dos entraron al estanque. La furia, apurada (como siempre está la furia), urgida -sin saber por qué- se bañó rápidamente y más rápidamente aún, salió del agua… Pero la furia es ciega, o por lo menos no distingue claramente la realidad, así que, desnuda y apurada, se puso, al salir, la primera ropa que encontró… Y sucedió que esa ropa no era la suya, sino la de la tristeza… Y así vestida de tristeza, la furia se fue. Muy calma, y muy serena, dispuesta como siempre a quedarse en el lugar donde está, la tristeza terminó su baño y sin ningún apuro (o mejor dicho, sin conciencia del paso del tiempo), con pereza y lentamente, salió del estanque. En la orilla se encontró con que su ropa ya no estaba. Como todos sabemos, si hay algo que a la tristeza no le gusta es quedar al desnudo, así que se puso la única ropa que había junto al estanque, la ropa de la furia. Cuentan que desde entonces, muchas veces uno se encuentra con la furia, ciega, cruel, terrible y enfadada, pero si nos damos el tiempo de mirar bien, encontramos que esta furia que vemos es sólo un disfraz, y que detrás del disfraz de la furia, en realidad… está escondida la tristeza.
Cuentos para pensar de Jorge Bucay


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