Extraño leer en mexicano

Published by

on

Interior de la Librería El Día en Tijuana

Aquí dicen que hablo mexicano.

No siempre, claro. A veces le dicen español latino, latinoamericano o simplemente mi acento. Aunque eso del acento también tiene lo suyo, porque luego la gente espera que hable como en las telenovelas mexicanas y, pues, yo soy del norte.

Pero “lo mexicano” aparece mucho como una etiqueta propia dentro de lo latinoamericano. Luego están los detractores de que no somos latinos sino hispanos, pero ese es un debate que me da un poquito de sueño.

Por ejemplo, aquí nadie dice “vamos a un restaurante de comida mexicana”, sino “vamos a un mexicano”. Y más de una vez escuché que determinada palabra “es mexicana” o que yo “hablo mexicano”.

Hace unos años, en una escapada a una casa rural con amigos —todos catalanes—, terminamos hablando de idiomas y alguien comentó algo que daba a entender que mi español era una especie de dialecto.

¿Dialecto?

Me reí. Pero no porque se me hiciera chistoso. Fue más bien esa risa que te sale mientras piensas: ¿cómo puede ser que no entiendas que tú y yo estamos hablando el mismo idioma? ¿Cómo puede ser que creas que yo no hablo español? ¿No sabes que hay una historia de siglos atrás que terminó, precisamente, en tú y yo teniendo esta conversación en español?

Porque hablamos el mismo idioma. Lo que cambia es la variedad.

Técnicamente, el mío es español mexicano, una variedad geográfica del español, igual que dentro de España existen distintas variedades. Tampoco habla igual alguien de Cádiz que alguien de Madrid o de Canarias. Y mexicano tampoco significa latinoamericano. Una persona mexicana no habla como una argentina, una colombiana, una venezolana o una cubana, aunque desde este lado del Atlántico muchas veces acabemos metidas en el mismo saco.

Yo hablo español. Pero mi español se hizo en Tijuana.

Tiene palabras, construcciones, ritmos, diminutivos, maneras de exagerar, de suavizar, de pedir las cosas y hasta de darle vueltas a una frase que vienen de donde yo vengo. Algunas serán mexicanas, otras norteñas y seguramente algunas muy tijuanenses.

¡Cura loca, pues!

Después de más de una década en Barcelona, otras ya son inevitablemente de aquí.

Pero hasta hace unos días nunca pensé que una cosa era hablar así y otra muy distinta leer así.

El libro que compré porque no quise esperar

Libro de Nora Ephron durante una lectura de verano
El libro que no quise esperar a que llegara de la biblioteca porque lo quería para ese momento exacto: mi verano mediterráneo.

Desde hace unos cinco años casi no compro libros.

Me convertí en usuaria activa de las bibliotecas de Barcelona, que se merecen un texto aparte porque todavía me parecen una de esas cosas que te hacen sentir privilegiada de vivir aquí. Puedo reservar un libro desde el celular, esperar a que llegue a la biblioteca de mi barrio, recogerlo y devolverlo incluso en otra biblioteca de la ciudad.

Perdón, pero a mí eso todavía me emociona.

Así que si compro un libro suele ser por alguna razón concreta: porque soy muy fan de quien lo escribió, porque es de algún colega o amiga a quien quiero apoyar o porque, sencillamente, lo quiero y no quiero esperar.

Eso último me pasó este verano. Quería una lectura muy específica para mi verano mediterráneo y encontré un libro de Nora Ephron que me pareció perfecto. Había una lista de espera larguísima en la biblioteca y, para cuando me tocara, quién sabe si yo seguiría en modo leer bajo una sombrilla con una cañita al lado.

Así que lo compré.

Me gustó tanto, y fue justo la compañía que necesitaba este verano, que terminé recomendándoselo a varias amigas.

Estaba hablando con Lúa y Jess sobre libros y lecturas de verano cuando Lua me dijo:

—Oye, por cierto, tengo tu libro de Vargas Llosa. No lo acabé porque me cuesta el español.

Y yo pensé:

Ahhhhhhh.

Pues así llevo yo años.

Cuando no tienes que traducirte

Bolsa con la palabra Tijuana colgada en una lavandería
Hay cosas que llevas contigo sin darte cuenta. Las palabras también.

Lo curioso es que su comentario llegó justo después de otra conversación.

Unos días antes hablaba con mi amigo Paco, que vive en California. Paco y yo somos de Tijuana, éramos vecinos, y hablábamos de lo cansado que puede llegar a ser traducir pequeñas cosas todo el tiempo.

No del español al inglés o del español al catalán. Traducirte dentro de tu propio idioma.

En algún momento le aventé un “no es manda”.

Paco entendió.

No tuve que explicar qué significaba, buscar otra forma de decirlo ni preguntarme si la expresión se entendería. La aventé y él la cachó. Y él también se dio cuenta de que lo que decía tenía sentido en su cabeza, pero también en su cuerpo: todo él me entendió.

Después de tantos años viviendo fuera desarrollas un mecanismo automático. Sabes qué palabras funcionan aquí y cuáles probablemente van a provocar una cara rara. Aprendes cuándo decir celular y cuándo móvil. Computadora y ordenador. Jugo y zumo. Manejar y conducir. Coger o agarrar. Bueno, yo lo de coger… no, no me sale en el contexto de agarrar.

Algunas palabras las cambias. Otras las conservas porque te gustan demasiado. Algunas aparecen dependiendo de con quién estés hablando. Y hay otras que de plano se guardan en un cajón y solo salen cuando vuelves a tu tierra:

Oila. La morra. El bato. Hazte wey. Ya estuvieras. La cura. El cotorreo. Date. Simón. Arre, Lulú. Curada. Pásate de lanza. Simona la cacariza. Vete a la beis. Aquí mis chicharrones truenan. La carrilla. El raite. Tirar party. El tripeo…

Y un día descubres que dices “vale” sin darte cuenta, pero todavía dices “ahorita” sabiendo perfectamente que llevas catorce años rodeada de gente que sigue sin tener muy claro a qué hora significa eso.

Supongo que mi español también cuenta mi historia. Ya no es exactamente el de la mujer que llegó de Tijuana hace tiempo, pero tampoco dejó de ser mexicano.

Lo que nunca pensé es que esta adaptación también ocurría cuando abría un libro.

Leer también tiene acento

Pequeña biblioteca comunitaria con libros en un parque de Tijuana
No extraño leer sobre México. Extraño leer en mexicano.

Entiendo perfectamente los libros que leo aquí. Por supuesto. No voy por la vida con un diccionario español-mexicano intentando averiguar qué quiso decir la autora. Después de tantos años, muchas palabras que al principio me sonaban ajenas ya forman parte de mi vocabulario cotidiano.

Pero entender no es exactamente lo mismo que reconocer.

Algo en el español de aquel libro le exigía un pequeño esfuerzo. Quizá eran las palabras, las construcciones o el ritmo. Su comentario me hizo pensar en todas esas pequeñas diferencias que mi cabeza dejó de registrar porque se acostumbró a ellas.

Y pensé en lo bonito que sería abrir un libro y encontrarme con alguien que diga “ándale”.

Que se agüite.

Que algo le dé flojera.

Que diga “ni modo”, “qué padre” o “ahorita voy” y nadie tenga que explicar nada.

Pero tampoco quiero un libro lleno de mexicanismos puestos ahí como quien llena una mesa de nopales, sombreros y papel picado para dejar clarísimo dónde estamos.

No extraño leer sobre México. Extraño leer en mexicano. Y no me había dado cuenta.

Ahora lo que me pregunto es: ¿en las bibliotecas de Barcelona habrá alguna sección de literatura latinoamericana? ¿Habrá alguna librería especializada? ¿Encontraré una estantería donde autoras mexicanas y latinoamericanas tengan más espacio? ¿Voy a tener que pedir libros de allá pa poderlos leer?

Porque tampoco busco solamente palabras mexicanas. Quiero que una frase tenga un ritmo que conozco desde siempre. Que aparezca una expresión que llevo años sin escuchar y mi cabeza no tenga que procesarla porque mi cuerpo ya sabe qué significa.

Creo que eso fue lo que sentí hablando con Paco. Descanso.

A veces descansar también es hablar sin traducirte.

Y, por lo visto, leer también.

El idioma también puede ser un lugar

Hay cosas que una sabe que va a extrañar cuando se va a vivir a otro país.

La familia. Los amigos. La comida. Ciertos lugares. Hasta productos absurdamente específicos del supermercado que jamás pensaste que formarían parte de tu identidad hasta que dejan de estar a dos calles de tu casa. Yo voy a Tijuana y siempre me paso por la Dax.

Pero nunca puse el idioma en esa lista. ¿Cómo iba a extrañarlo si llevo años viviendo en español?

Resulta que también puedes extrañar algo sin saber que lo extrañas. Hasta que alguien dice una frase y, de pronto, boom: ahí estaba.

Eso hizo Lúa.

Mi español sigue aquí. Lo traigo conmigo todos los días. Está incluso en el nombre de este blog. Nunca dejé de hablar mexicano.

Lo que dejé, sin darme cuenta, fue de encontrarlo del otro lado.

Así que ahora tengo una misión.

¡A huevo!

Deja un comentario

Descubre más desde AHORITA VENGO

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo