No sé cómo le voy a hacer, pero algún día voy a tener una casa cerca de la playa.
No estoy hablando de una mansión con alberca infinita. Hablo de un piso pequeño, una casita desde donde pueda bajar caminando a la playa, volver a comer y regresar por la tarde para terminar el día dando una vuelta por el paseo marítimo.
Quizá el sueño empezó cuando entendí cómo se vive la playa en España. No solo por sus costas, sino por todo lo que sucede alrededor de la playa.
Me pasa cada vez que conozco una costa. Llego a una cala de la Costa Brava y digo: es que la Costa Brava. Bajo a Tarragona, veo esas playas largas en las que cabe todo el mundo y cambio de opinión: no, es que la Costa Dorada. Frente al Cantábrico igual, y vuelvo a empezar. En Almería pienso: qué paraíso, esto entra directamente en mi top. Luego recuerdo Andalucía y lo mismo, la costa de Castellón ojito y ese verano casi permanente de Canarias… no sé ni para qué intento hacer una clasificación.
Y ojo con Galicia, donde el mar se parece más al mío: olas grandes, agua fría y ese carácter de quien no te recibe precisamente con un abrazo.
Resulta que no tengo una playa favorita. Me gustan todas.
Y no solo eso: me gusta la cultura de verano que existe en España. Porque yo también crecí junto al mar, en Tijuana. El Pacífico estaba ahí, enorme, frío, gris y un poco amenazante. Da miedito. La playa formaba parte del paisaje, pero yo no la vivía así.
Yo iba a pasear, a caminar. Iba a la playa con ropa. Nada de bikini, manta ni sombrilla.
Las costumbres de playa en España

Aquí hay gente que llega, se da un bañito, se seca al sol y se va as u casa, sobre todo si tiene la comida esperando.
Pero también están quienes llegan con todo y se instalan. Llegan con la sombrilla, la mesita de camping, las sillas, las toallas, los bocatas, la ensalada de pasta y bolsas y bolsas que hace pensar que quizá no vienen a pasar la mañana, sino a comenzar una nueva vida. Después alguien va al chiringuito por unas cervezas y ya está.
La silla de playa, por cierto, es una institución. Más de una amiga me ha dicho que una vez que empiezas a llevarla ya no hay vuelta atrás. Y no existe un solo modelo: están las ligeras, las que se cargan como mochila, las que llevan una almohadita y las que tienen ruedas para convertirse en carrito y transportar media casa hasta la orilla. La silla no es un objeto. Es una decisión adulta.
Yo todavía no he dado el paso. Pasé de la toalla a una manta gigante que compré en Tenerife, pero sigo sentándome en el suelo y levantándome con dignidad. Eso sí: las veo cómodas, con su respaldo y sus bolsitas a los lados, y empiezo a sospechar que quizá soy yo la que defiende una incomodidad innecesaria.
Con las sombrillas pasa algo parecido. Hay que elegirlas, cargarlas, clavarlas bien y vigilarlas para que no salgan volando y se conviertan en un arma. Hay personas capaces de desarrollar una estrategia militar para decidir cuál y a qué playa ir, a qué hora llegar y dónde colocarse según la dirección del viento.
Y, aun con todo ese despliegue, lo que más noto es la tranquilidad y el ritmo. No suele haber música ni un altavoz compitiendo con otro para ver quién consigue que toda la playa escuche su playlist. La gente platica, duerme, juega a las palas, mira el mar o se toma una cañita.
Y lee. Novelas, crucigramas, sudokus o esos cuadernos en los que tienes que descubrir quién cometió el crimen. Aquí hasta no hacer nada exige concentración. Yo me quedo con un libro.
Todo esto no pasa en la Barceloneta. Ahí el verano tiene otra programación: vendedores, altavoces, despedidas de soltero, turistas color camarón y un desfile de personajes que da para otro texto. Barcelona tiene playa, sí, pero la calma playera de la que hablo suele empezar unos kilómetros más allá, y sospecho que está más al sur que al norte.
La infraestructura que permite vivir la playa

La playa no termina en la arena. Continúa en el chiringuito, el restaurante, el paseo marítimo, el casco histórico, la heladería y, por supuesto, la mesa… la tragadera, diríamos en México.
El verano es la sandía de postre, las ensaladas, la fruta fresquita cuando abres el refrigerador . Y cuando sales a comer, la mesa empieza a llenarse de calamares, mejillones, paella o pescado y una botella de vino blanco mientras afuera el sol sigue pegando como si tuviera algo personal contra el mundo.
Eso sí, antes está fer el vermut: sentarse con unas olivitas y unas patatas mientras llega la hora de comer. Con el tiempo, una se adapta a lo bueno: comer antes de comer ya no me parece un exceso, sino puro sentido común.
Luego viene una pausa. No todo el mundo duerme la siesta —yo no—, pero de que el ritmo baja, baja. Dependiendo del lugar y de qué tan duro esté pegando el calor, alrededor de las cinco o seis vuelve todo el mundo a la vida.
Entonces comienza la segunda ronda. Sales a caminar, a dar el rol, a mirar tiendas o a buscar un helado o más playa, claro. En Cataluña existe una expresión que resume muy bien ese momento: prendre la fresca, salir a tomar el fresco. Cuando el calor por fin medio baja, la vida vuelve a las terrazas, a las calles y a los paseos.
Para que toda esta vida suceda alrededor de la playa hace falta una infraestructura que casi nunca aparece en las fotos bonitas, ya me había pasado en la montaña. Hay regaderas, lavapiés, baños, papeleras, socorristas, banderas y hasta bibliotecas playeras. Parece una tontería hasta que no lo tienes.
Hay algo que me impresiona mucho: la accesibilidad. Las pasarelas no están solo para evitar que atravesemos la arena hirviendo cargando media casa. En algunas playas conducen a espacios con sombra para personas con movilidad reducida. Hay sillas especiales para entrar al agua y personal que ayuda a llegar al mar, bañarse, salir y lavarse antes de irse.
No se trata de acercarse a contemplar la playa. Se trata de poder vivirla.
La casa de verano también se hereda, se alquila y se comparte

Después está otra infraestructura, más privada: la de los apartamentos familiares, las segundas residencias y sus zonas comunitarias con alberca.
Una amiga nos invitó a un apartamento de vacaciones en Costa Brava al que regresa todos los años. Pasa ahí por lo menos dos semanas de agosto. Es uno de esos conjuntos con la piscina pero a dos calles de la playa.
Me gusta la idea de volver cada verano al mismo lugar. Saber qué ventana recibe el sol por la tarde, a qué hora se llena la alberca, dónde se compra el pan y en qué restaurante ya no necesitas ni ver el menú. No es tu casa durante todo el año, pero la repetición termina construyendo una especie de pertenencia.
Otra amiga tiene el piso de su madre en Gavà, que era el piso de sus abuelos, pero también como segunda residencia. Tenía algo de Los Ángeles y un poquito de Beverly Hills versión vintage, aunque eso último quizá lo añadió mi imaginación para elevar el valor de la visita.
Lo bonito era que no parecía creado únicamente para turistas. Había vecinos que se conocían y niños y niñas que bajaban a la piscina sin padres ni madres. Era vacacional y cotidiano al mismo tiempo. El verano sucedía dentro de la vida normal.
Parece que el verano también se hereda. A veces se alquila. Y, cuando tienes suerte y amigas generosos, se comparte.
Y que desde que tengo a mi hijo también entro a las piscinas de algunos de sus amistades del cole. De pronto alguien dice: “Vengan a pasar la tarde”. Gracias a él amplié mi mapa de albercas ajenas, uno de los beneficios menos mencionados de tener hijos y, en verano, un verdadero privilegio.
Por eso sigo fantaseando con mi propia casa junto a la playa. Casi siempre la imagino en Tarragona. Me gustan sus playas amplias, y esos pueblos que todavía tienen una vida que no parece construida para quien está de paso. No voy a decir dónde, pero tengo dos ciudades que me hacen ojitos. Bueno, tres.
Claro que también tendría un piso en la Costa Brava, ¿eh? Yo acepto propiedades en toda la costa española; no soy una mujer cerrada.
Ya sé, ya sé, quizá nunca tenga esa casa. Para comprar una segunda residencia primero tendría que seguir pagando el alquiler de la primera y, además, una hipoteca. Ejem. Ahorita no me arruinen la fantasía con cálculos financieros, como hace mi amiga Nina: le mando un WhatsApp para hablar de una tontería y terminamos conversando sobre seguros de vida y ahorros para el retiro. Le cuento de mi lectura de verano y me sale con sus libros de finanzas personales.
Cuando me imagino ese piso de verano, no pienso en metros cuadrados ni en el valor de la propiedad. Imagino la puerta abierta hacia la terraza, los trajes de baño secándose en el balcón y en un piso donde nunca consigues barrer toda la arena. Pienso en bajar a la playa ligerita porque el mar está ahí, a unas calles, formando parte del barrio y de los días.
Quiero poder salir caminando a las seis y media de la mañana, ver cómo sale el sol y meterme al mar. Meterme y salirme, sin más. Volver a la casa con el pelo mojado, esperar a que los demás despierten y entonces desayunar. ¿Lo han hecho alguna vez?
Quiero una casa a la que llegar al principio del verano y reconocerla por el olor a cerrado. Abrir las ventanas, poner sábanas limpias, llenar el refrigerador y sentir que acaba de empezar otro verano de playa y piscina. La imagino con tres habitaciones, porque quiero una casa en la que las amistades sepan que pueden venir, donde siempre haya una toalla de más y donde salir por un heladito sea una razón suficiente para volver a la calle.

Mientras eso pasa, no crean que voy haciendo turismo de pisos turísticos. Yo soy de hotel con alberca y buffet incluido cerquita de la playa, sí se puede en primera línea. Si puedo ahorrarme limpiar y cocinar mientras el sueño se hace realidad, pues ni me lo pienso.
No sé dónde estará ni cuándo podré comprarla. Pero hay sueños que empiezan mucho antes de tener las llaves. Empiezan cuando visitas un pueblo y miras los anuncios de las inmobiliarias. Cuando ves una persiana azul o verde, un balcón pequeño o una cocina anticuada y, en lugar de pensar en la reforma, te imaginas preparando las tortas del chavo antes de bajar a la playa. Cuando pasas frente a una casa y, por unos segundos, puedes verte viviendo dentro. Cuando vas a la panadería del barrio y dices: sí, aquí compraría el pa de pagès.
Así que seguiré mirando precios como si tuviera el dinero, al banco convencido y las cortinas elegidas. Seguiré probando costas y cambiando de favorita. Y quizá, cualquier verano de estos, deje de volver a Barcelona al terminar las vacaciones. Una nunca sabe.
Quizá me quede ahí, en ese piso con arena en el suelo, esperando a que baje el sol para salir a prendre la fresca.
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