Podría pensarse que, cuando llevas años viviendo en otro punto del mapa, ya no quedan demasiadas sorpresas. Que ya te la sabes. Que a estas alturas entendiste el territorio, dejaste de tomarles fotos a todas las fuentes y aprendiste que un lugar puede estar “aquí al lado” y requerir dos trenes, un autobús y media mañana.
Sí… pero no.
Eso volví a pensarlo después de visitar Montblanc, un pueblo medieval de Cataluña que está a poco más de una hora de Barcelona y que yo todavía no conocía.
Una aprende a moverse, reconoce los nombres de las carreteras y deja de sentirse recién llegada. La vida se vuelve cotidiana. Pero ser extranjera conserva algo que, a veces, se parece a un superpoder: nunca terminas de conocer por completo el lugar donde vives.
No heredaste el mapa. Nadie te contó desde pequeña qué pueblo visitaban en las excursiones de la escuela, dónde pasaban los domingos en familia o qué fiesta se celebra cada año en una población cuyo nombre apenas acabas de escuchar. Tienes que ir poniéndoles lugar, historia y recuerdos a todos esos nombres, uno por uno.
Y siempre quedan más.
Durante mucho tiempo me costó mirar más allá de Barcelona. También porque Barcelona es inabarcable: entre barrios, exposiciones, fiestas y eventos, puedes hacer algo distinto todos los días sin salir de la ciudad. Así se entiende el centralismo que producen las grandes ciudades. Parece que todo ocurre dentro y que, una vez que sales, se acaba el mapa.
Pero pones un pie fuera y resulta que hay mundo. Muchísimo.
Hay pueblos, montaña, vida rural, ciudades costeras, panes locales, fiestas y tradiciones que nunca viviste y que quizá ni siquiera sabías que existían. Cataluña me tiene enamorada por eso: no puedo acabar con ella.
Y eso me pasó con Montblanc.
No es una población perdida entre las montañas de la que nadie oyó hablar. Es la capital de la Conca de Barberà, tiene uno de los recintos amurallados medievales más conocidos de Cataluña y, además, es el pueblo de Sant Jordi.
Y no, yo no lo conocía.
Llegas, atraviesas una muralla y parece que entraste a unos estudios cinematográficos. Hay torres, portales, calles de piedra y dragones asomándose aquí y allá. Solo falta que alguien grite “acción”.
Pero nadie grita nada.
La gente sale de su casa, compra el pan, abre los comercios y atraviesa el escenario como quien lleva toda la vida viviendo dentro de una película. Porque, claro, para las personas de ahí no es un escenario. Es su pueblo.
Entonces ves un gancho de fierro junto a una puerta y piensas que debe ser antiguo, medieval o, mínimo, parte del decorado. Hasta que alguien te explica que sirve para colgar la bolsa de la basura.
Ah, claro.
Órale.
También tengo la suerte de hacer muchas de estas salidas con gente de aquí. Personas que conocen detalles que yo no sabría ni cómo preguntar y que me explican lo que para ellas es evidente. Y así, mientras yo les devuelvo el asombro por algo que dejaron de mirar hace años, ellas me ayudan a entender qué estoy viendo.
Montblanc, el pueblo donde Sant Jordi mató al dragón

Según la leyenda catalana, fue en Montblanc donde Sant Jordi mató al dragón y rescató a la princesa. La historia se recuerda cada 23 de abril, cuando las calles de toda Cataluña se llenan de libros, rosas y gente buscando unos y otras.
Lo que yo no sabía era que el dragón tenía domicilio conocido.
En Montblanc, la leyenda no aparece como un detalle colocado para los turistas. Está integrada en la forma en que la población se presenta y se reconoce. Hay un dragón, un portal dedicado a Sant Jordi y una Semana Medieval que cada año representa de nuevo la historia.
Me sorprende pensar cómo una población consigue hacer suya una leyenda hasta convertirla en parte de su identidad. Porque Montblanc no solo cuenta que tiene murallas medievales. Cuenta que fue ahí donde Sant Jordi mató al dragón.
Una podrá creerlo o no, pero hay que reconocer que, como carta de presentación, funciona muchísimo mejor que “tenemos un centro histórico muy bonito”.
Sobre todo porque, por estos lados, pueblos medievales no faltan.
Otro día les cuento de Besalú.
Vivir dentro y fuera de las murallas de Montblanc

Lo que más me sorprende de lugares como Montblanc es la sensación de que la vida continuó dentro de las murallas.
Me pasó también en Lugo, cuya muralla me impresionó especialmente porque podía caminar sobre ella y mirar la ciudad antigua de un lado y la moderna del otro. Sentí algo parecido en Ávila y en Girona, la primera ciudad amurallada que conocí en este país.
Entras por una de sus puertas y las torres, las plazas y las calles te permiten imaginar cómo pudo transcurrir la vida ahí dentro hace siglos. Normal que estos lugares terminen convertidos en escenarios de películas y series. Es que realmente parecen eso: escenarios.
La misma Barcelona lo parece a veces.
La fantasía dura hasta que alguien paga un helado con el teléfono o aparece una tienda de recuerdos, pero durante un ratito funciona.
Caminas por una calle que conserva una forma parecida a la que tuvo cientos de años atrás. Encuentras panaderías más antiguas que Tijuana. Miras una ventana y piensas que alguien se asomó desde ahí cuando el mundo era completamente distinto. Atraviesas una puerta que vio pasar a generaciones enteras antes de que existieran los coches, los semáforos, los grupos de WhatsApp y la necesidad de fotografiar cada cosa bonita que encontramos.
Pero dentro de las murallas también existe una vida actual. Solo que parece una vida preparada para ser vista: restaurantes, terrazas, comercios bonitos y tiendas de recuerdos. Las personas siguen viviendo ahí, claro, pero comparten sus calles con quienes llegamos a mirar, tomar fotos y decir “qué bonito” frente a la puerta de su casa.
Después sales de la muralla y empieza otra ciudad.
Aparecen los edificios nuevos, los coches estacionados, el bazar, el Mercadona y, por supuesto, un Decathlon. Todo eso que podría estar en Montblanc o en cualquier otra población y que rara vez fotografiamos.
Dentro está la ciudad que cuenta su historia. Fuera, la que necesita comprar papel de baño, llenar el refrigerador y conseguir unos tenis para el niño.
Supongo que ambas son la ciudad verdadera.
La Edad Media se ve más bonita desde el futuro

Contemplamos estos lugares con los ojos del presente. Ahora las piedras están limpias, las fachadas cuidadas y las calles preparadas para recibirnos. Caminamos despacio, tomamos fotos y decimos que nos encantaría vivir en una casa medieval con vigas de madera.
Pero ¿cómo era realmente la vida dentro de esas murallas?
¿Era agradable? ¿O era oscura, incómoda, fría y bastante apretada? ¿De qué año es el pavimento que estamos pisando?
Porque antes aquello debía ser tierra y lodo. Nadie caminaba con su botellita de agua ni con una bolsita para recoger las heces de su perro. Quizá las murallas que ahora nos parecen románticas se sentían como encierro. Quizá esas callecitas encantadoras olían horrible. Seguramente nadie levantaba la vista para contemplar la belleza de las torres mientras intentaba sobrevivir a una época sin drenaje, antibióticos ni calefacción.
La Edad Media se ve mucho más bonita desde el futuro, claro.
Las ciudades también eligen qué historia conservar

También está la tentación de creer que Montblanc llegó así hasta nosotros, congelada en el tiempo, como si durante siglos nadie hubiera movido una piedra. Pero las ciudades nunca permanecen intactas.
Parte de las murallas de Montblanc quedó oculta entre viviendas y otras construcciones, y mucho después se trabajó para recuperarla. Pasa también en Barcelona y en muchísimas ciudades: lo que vemos sí es antiguo, pero no llegó intacto ni se conservó por casualidad. La ciudad creció, construyó encima, derribó unas cosas y rescató otras.
Eso cambia la idea de estar mirando el pasado “tal cual era”, pero no le quita valor. Al contrario. Permite entender que la identidad de una ciudad no depende solamente de lo que le ocurrió, sino de qué decide hacer después con esa historia.
Pienso en los bailes tradicionales que vi en Montblanc. No les voy a mentir: más de uno me pareció medio raro. Pero, claro, son bailes viejísimos. Si nadie los mantiene, los baila y se los enseña a la siguiente generación, desaparecen.
Eso es precisamente lo bonito.
Algo parecido pienso cuando camino por las Fiestas de Gràcia: una tradición no continúa sola. Alguien decide dedicarle tiempo, transmitirla y volver a ocupar la calle con ella.
En Tijuana, lo viejo tampoco es tan viejo
Quizá todo esto me sorprende tanto porque soy extranjera, porque vengo de Tijuana, una ciudad con una relación muy distinta con su pasado.
En Tijuana, algo de finales del siglo XIX ya es viejísimo. Playas de Tijuana, tal como la conocemos, apenas empezó a desarrollarse a mediados del siglo pasado. Y muchas veces lo antiguo se destruye para construir algo nuevo, como si lo anterior perdiera su valor en cuanto deja de ser útil.
Quizá poco a poco existe más conciencia sobre la importancia de conservar, pero no es lo que históricamente reinó en una ciudad acostumbrada a crecer deprisa, tirar y volver a empezar. Ya escribí sobre algunas de esas diferencias —y similitudes— en Tijuana y Barcelona: un relato de similitudes ocultas.
Por eso me impresiona encontrar lugares donde una muralla no estorba, sino que organiza la ciudad. Donde un baile antiguo no es una rareza que quedó por ahí, sino una tradición que alguien todavía se preocupa por repetir. Donde una leyenda se cuenta tantas veces que termina dándole identidad a toda una población.
Aunque la leyenda incluya un dragón.
Descubrir Cataluña con mirada extranjera

Cuando alguien viene de visita y me da el privilegio —y el poder— de hacerle recomendaciones, siempre digo lo mismo: no te quedes solamente en Barcelona.
Si hay tiempo, recomiendo al menos dos paradas: Girona y Tarragona. Una permite acercarse a la Cataluña medieval; la otra, caminar por la romana. Son lugares que muchas veces no asociamos con la imagen internacional de Barcelona o incluso de España, pero que forman parte de la historia y la identidad de este territorio.
Ahora creo que también debería agregar Montblanc.
El problema es que no me da la vida. No dejo de descubrir poblaciones que se suman a la lista de pendientes y a otra todavía más larga: la de “cuando vengas, te llevo”.
Me pasa como con las ciudades costeras: no tengo una favorita para vivir el verano mediterráneo. Tengo muchas.
Ser extranjera también es esto. Llegar a lugares de los que no sabes casi nada, sin recuerdos de infancia ni ideas preconcebidas. Caminar sin esperar que cumplan con una imagen previa y sorprenderte porque una panadería, un baile o un gancho para colgar la basura te cuentan algo que desconocías.
Es descubrir tu propia ignorancia y, en lugar de sentir vergüenza, disfrutarla. Porque cada cosa que no sabes todavía puede convertirse en una historia, una conversación o un lugar nuevo al cual volver.
Cuando visito estas poblaciones fuera de sus fiestas y de los días llenos de turistas, a veces me siento un poco intrusa. Me gusta mezclarme, pasar desapercibida y observar cómo transcurre la vida cuando, aparentemente, no ocurre nada.
Es como ser chismosa con permiso.
Y quizá eso es lo que me parece tan chingón de vivir fuera: incluso cuando la vida ya se volvió rutina y dejaste de sentirte recién llegada, el territorio todavía puede sorprenderte. Siempre queda un nombre que no ubicas, una tradición que nadie te explicó, una comida que no probaste o una historia que llevaba siglos ocurriendo a una hora de tu casa sin que tú supieras nada.
Después de años viviendo en Barcelona, la extranjería a veces pesa. Pero otras veces te regala unos ojos que todavía saben decir:
Ah.
Wow.
Órale.
¡No mames!
Achis, achis


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