Qué hago con mi mande

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La comunicación cambia dramáticamente de un lugar a otro, casi como si el español se transformara por arte de magia al cruzar el charco, adoptando nuevos tonos, formas y expresiones que reflejan la esencia y cultura de cada región. Este viaje lingüístico me ha llevado a explorar dos mundos distintos: el español de España y el de México. Aunque ambos comparten una rica historia, difieren notablemente en sus formas de cortesía y en expresiones cotidianas, como el uso de «mande». Este contraste fue una parte crucial de mi proceso de adaptación, un proceso que continúa hasta el día de hoy.

El castellano, que se expande y contrae como el acordeón de Ramón Ayala, está lleno de situaciones que, vistas de cerca, parecen sacadas de un libro de chistes, aunque en realidad son anécdotas de la vida cotidiana.

Recuerdo mi llegada a un restaurante en Barcelona, cautivada por el aroma del Mediterráneo, y cómo una petición de «¿Me pasas el aceite?» desencadenó un automático «¿Mande?» de mis labios, revelando mi crianza en un ambiente donde el respeto y la jerarquía son palpables. La reacción no se hizo esperar: la mesa se abrazó de risitas, como si alguien hubiera dicho alguna broma pero la única que no se enteró fui yo. «¡Qué formal!», exclamaron, subrayando el choque cultural y lingüístico que yo estaba comenzando a experimentar.

Una vida de decir «mande», «pérame tantito», “pasa, estás en tu casa”, “después de usted”, y un sinfín de expresiones que descubrí eran mexicanas, que generaban risas, sorpresa, ternura, curiosidad y a veces incomodidad. ¿Se puede ser demasiado amable? En este baile de palabras, el «mande», por ejemplo, es un paso de danza que en España no se usa. En cambio, en mi México lindo, el «mande» es un abrazo verbal, una muestra de que estás ahí, dispuesto a escuchar, a ayudar. Pero aquí, parece más un paso en falso, un recordatorio de que, aunque compartimos el idioma, navegamos por mares diferentes.

Recuerdo las palabras de Octavio Paz, «El lenguaje es la piel del alma», y pienso en cómo nuestras palabras reflejan el alma de nuestras culturas. En México, esa piel es cálida, envolvente, siempre lista para recibirte con un abrazo. En España, es directa, sincera, sin tantos pliegues. Recuerdo que al principio sentía el golpe de esas palabras como si me quitaran la chamarra en pleno invierno, como si me dieran un café frío. Y entiendo por qué, amigos y amigas que vienen a visitarme siempre se quejan del servicio. “Son bien groseros”, me dicen. Esto me hace recordar a un trabajador de la cafetería de la Universidad Autónoma de Barcelona donde estudié el máster:

  • “Dime”.
  • “Hola, buenas tardes”.
  • “Dime”
  • “¿Me puedes dar por favor un bocata de jamón y una Estrella?”

Y se iba. Me dejaba esa sensación de odiar su trabajo porque ni las buenas tardes respondía. Pasaba al final de la barra para recoger mi pedido y de pronto soltaba algo en plan gracioso y yo no entendía nada. ¿Eres simpático o eres un amargado? Y aún me pasa, catalanes que parecen más secos que mis plantas en verano, que de pronto tienen muestras de simpatía o incluso cariño, y me confunden muchísimo.

En México:

  • «Buenas tardes, ¿qué le doy?»
  • «¿Me podría dar un café, por favor?»
  • «Claro que sí. ¿Desea algo más?»

En España:

  • «Un café, por favor.»
  • «Vale.»

Tan directo, tan sin adornos, como un camino recto en medio de un bosque.

Y no hablemos de los saludos. En México, cada encuentro es una fiesta de besos y abrazos, como si cada día fuera una pequeña celebración de estar viva. Aquí, un «hola» suena a veces tan seco como el clic de una puerta que se cierra. Lo mismo para despedirse, en México nos despedimos durante una hora, en cambio en Barcelona dices «adeu» y te das la media vuelta y te vas sin mirar atrás.

Pero aquí me hallo, reflexionando sobre las palabras de Clara Obligado en «Una casa lejos de casa»: «El idioma barroco de los conquistadores, el idioma en el que fuimos dominados. Ese idioma, y su literatura, que es de todos. Nunca pensé que alguien pudiera tener un idioma en propiedad. Nunca pensé que podía ser extranjera en mi propio idioma.»

Porque si bien, hoy estoy más adaptada al castellano de España, la realidad es que soy una mexicana viviendo en Barcelona y cuando fluyo en una conversación, cuando dejo de pensar y ser quien simplemente soy, digo «chamarra» en vez de «chaqueta», digo «espérame poquito» en vez de «un momento», «ahorita vengo» en vez de «un segundo y vuelvo», “luego” en vez de “otro día”. 

Y a veces cansa que pregunten: «¿Chamarra?» Y me pregunto, ¿en serio no se entiende?

Tuve una etapa en la que me enojaba porque pensaba que los locales no se esfuerzan o no quieren hacerlo; por el contrario, quieren que tú te esfuerces y te adaptes, ya no solo es que hables catalán en Cataluña, que no lo discuto aunque los dos podamos hablar en español, sino que hables castellano y no español latino, como le dicen, o mexicano, como es el mío. ¿Barcelona acaso no es cosmopolita por la diversidad cultural? ¿Mi mexicano no aporta a eso? ¿Por qué no es bonito seguir diciendo «claro que sí, señorita»? Vale que hay años luz en un lenguaje que representa el colonialismo y que vivimos en una época de descolonizarnos pero entonces, ¿cómo nos cambiamos de piel?

El tiempo es un mago que transforma todo. Los años me han enseñado a bailar al ritmo de estas diferencias, a cambiar de palabras como quien cambia de zapatos, según el terreno que pise. Porque la comunicación, a fin de cuentas, lo que pretende es que nos entendamos. Y en este aprendizaje, he descubierto que las diferencias entre el español de México y de España trascienden la simple jerga o el vocabulario. Se extienden a la música de las palabras, a los gestos que acompañan una frase, a la cadencia de una conversación. Es un baile complejo de actitudes, gestos y expresiones que son tan parte del idioma como las palabras mismas. 

Para bien o para mal, he decidido abrazar estas diferencias. Digo que el clima de Barcelona está guay en primavera y otoño pero que no mola nada en invierno y verano. Me pregunto, ¿quién me va a entender si digo que la paella del Salamanca está de ‘no seas mamón’? ¿Qué está súper curada atravesar la ciudad en bicicleta? Y, ¿qué cara van a poner mis amigas de Barcelona cuando, al final de un chisme, les diga: ‘así las cosas, Joaquín’?

Con los años, he decidido y menos mal porque ya no me enojo tanto por el servicio, encontrar algo más o menos equilibrado, porque sí, también me ha cambiado la percepción de mi propio castellano. Veo la formalidad de mis compatriotas como un traje que ya no me queda del todo, aunque lo guardo con cariño en mi clóset. Al volver a Tijuana me lo pongo pero me sorprendo encontrando en ellos un reflejo de lo que era, y a la vez, de lo que sigo siendo, solo que ahora mis palabras juegan en distintos campos, mezclando melodías de dos mundos en una sinfonía personal. Y así, entre «vale» y «ahorita», he tejido una manta de retazos lingüísticos que me abriga en este vaivén cultural. 

Así, con cada «¿mande?» que se me escapa, tendiendo puentes con «ahoritas» y cruzándolos con «vales», me encuentro riendo ante las confusiones y celebrando las coincidencias y diferencias. Porque al pronunciar estas palabras, no solo estoy capturando la atención de quien me escucha; me convierto en una invitación viviente a embarcarse en una pequeña pero significativa aventura lingüística. Navegar por estas aguas, aunque a veces presenta sus desafíos, se ha revelado como una fuente inagotable de descubrimientos y aprendizajes. ¡Y eso está cool!

Una respuesta a «Qué hago con mi mande»

  1. Avatar de
    Anónimo

    Que bonito relató. Describes el servilismo de una manera empatía y amorosa.

    Me gusta

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